Opinión
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Enrique Ávila, elogio a los escueleros
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el magonismo de comienzos del siglo XX a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en nuestros días, el magisterio plebeyo ha desempeñado un papel clave en la transformación de la educación y del país. Sus integrantes han impulsado lo mismo la escuela racionalista, que la educación socialista o una pedagogía alternativa emancipadora.

En la historia de México, el normalismo radical ha sido actor central en la promoción de la reforma agraria, el combate al fanatismo religioso, la insurgencia obrera y sindical, los movimientos armados y la promoción de la democracia popular. A lo largo de los años, sus integrantes han nutrido las filas del anarcosindicalismo, el comunismo, el cardenismo, los proyectos de liberación nacional, el pobrismo y el arcoíris de la izquierda socialista.

Históricamente, los maestros son los intelectuales orgánicos de las comunidades rurales y los sectores subalternos. Y, dentro del gremio, algunos de ellos son, también, intelectuales de los escueleros (término coloquial con el que se nombra, en ocasiones despectivamente, a los maestros de banquillo). Enrique Ávila Carrillo fue uno de ésos.

Durante toda su vida docente, fue una referencia del magisterio clasista del país. Lo fue como docente, historiador, erudito de las pugnas de la gleba, sindicalista democrático, conferencista y como revolucionario.

Enrique estudió para profesor de educación básica porque era una forma fácil de tener ingresos. Se ingresaba a la Normal después de terminar la secundaria y a los tres años se comenzaba a dar clases. Pero, muy pronto, le agarró el gusto a la enseñanza. Ya no lo soltaría. Igual, se siguió estudiando historia en la Escuela Normal Superior de México.

Comenzó a trabajar en las aulas en 1964, con la sombra de la derrota del Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM), de Othón Salazar, en las escuelas capitalinas. Apoyó el movimiento médico de 1965. Un año después, participó en Morelia, en la Marcha de la Libertad, para exigir la libertad de Efrén Capiz y Rafael Aguilar Talamantes. Y, en 1967, se solidarizó activamente con la causa vietnamita.

Sobre sus pininos en proyectos revolucionarios, Enrique explicó en una entrevista: “simpatizaba, participaba –aunque nunca supe si era adherente o militante–, en la Liga Comunista Espartaco (LCE). En la Normal Superior había varios militantes de esa organización. Uno de ellos, el maestro Carlos Andaluz Negrete, escribió después varios libros conmigo. Nuestra política era contraria a la que impulsaba el MRM”.

Durante el movimiento estudiantil-popular de 1968, resultó elegido como uno de los tres delegados de la Superior al Consejo Nacional de Huelga. Lo detuvieron el 2 de octubre en Tlaltelolco, lo trasladaron al Campo Militar 1 y estuvo preso durante tres meses en Lecumberri. El 10 de enero de 1969, la Superior levantó el paro. Fue la última escuela en hacerlo.

Enrique se incorporó a la Liga Obrero Marxista (LOM), de orientación trotskista. En 1975, cuando Rafel Torres, cabeza de una corriente disidente, fue expulsado de la organización, un núcleo, mayoritariamente magisterial, del que Ávila formó parte, salió con él, y dio vida a un colectivo que finalmente se sumó al PRT, nacido en septiembre de 1976. Enrique formó parte de su comité regional del Distrito Federal.

La fracción magisterial de esta expresión política organizó la Corriente Sindical Independiente y Democrática (Cosid), para buscar la democratización del SNTE. La Cosid y Ávila fueron fundadores de la CNTE en diciembre de 1979. Ávila fue una figura nodal en la Primavera magisterial de 1989. Como parte de esa oleada de lucha, sus compañeros lo eligieron secretario de Educación Superior de la comisión ejecutiva de la sección X.

Según Teodoro Palomino, con quien tuvo diferencias relevantes sobre el rumbo que debía seguir la Coordinadora, “Enrique fue siempre un compañero moderado con quien se podían discutir las discrepancias políticas y actuar en unidad. Fue un militante trotskista consecuente y disciplinado a los acuerdos mayoritarios, querido por sus alumnos, que siempre le reconocieron preparación académica y responsabilidad laboral. Era respetuoso con quienes teníamos otra formación político-ideológica, como los maoístas o los libertarios. En la cercanía de la actividad política, era divertido y bromista”. Era, además, un gran conversador.

Cuando en 1992 la dirección histórica del PRT se fracturó, Ávila se sumó a la tendencia Democracia Radical, que más tarde se disolvió en el Frente Zapatista. Alrededor de Profes en la Sexta, permaneció en el entorno zapatista.

Enrique fue escritor prolífico e incansable. Es autor de más de 30 libros. Convencido de que un país no avanza si se le amputa su pasado, se convirtió en un original y riguroso divulgador de la historia del país y las luchas populares (incluyendo las del SNTE). “Divulgar –decía– significa devolverle al vulgo (a nosotros) lo que se investiga. La Academia no lo hace porque sus integrantes entran al circuito de obtener puntos y publicar artículos en revistas que nadie lee, pero donde hacen carrera”.

Por su voz, hablaron muchos más. Donde unos usan el yo, otros recurren al nosotros. Ávila pertenece a los segundos. En sus innumerables charlas, clases, conferencias y entrevistas sobre hechos históricos, políticos o sindicales, evitó usualmente referirse sí mismo y prefirió hacerlo como narrador de un colectivo.

Julio Muñoz, su compañero en el PRT, lo recuerda como “militante marxista revolucionario consecuente. Nunca se arrepintió. Nunca renegó. No se dejó deslumbrar por el poder. Jamás dio su brazo a torcer. Siempre estuvo del lado de los trabajadores. Fue un ser humano íntegro, sencillo, nunca arrogante. No se le subió el poder.” A sus palabras, añado: fue un destacadísimo intelectual del magisterio plebeyo.

Twitter: @lhan55