ustificaciones de un monotask empedernido
Perdone usted caballero, mi mente no recibe más de dos datos a la vez, y el segundo a medias.
Disculpe señora, oí pero no escuché la información que amablemente me proporciona, tenía que atender otra llamada en mi conciencia.
Dispense por favor, señor sacristán, que me distraiga de su perorata de parte del señor cura, pero es que hay una calandria cantando tan bonito aquí en el huerto que no registro bien los demás sonidos. La voz humana no le llega a la de la calandria, al menos hablada como usted ahora. No es algo personal, no lo tome a mal.
Señor cobrador de impuestos, solicito su indulgencia y la del robot que lo representa, traigo entre ceja y ceja una cantata de Bach que me bloquea de otras redes y de cualquier sitio, servidor o página que no sincronice con el recitativo. El único sistema numérico que entiendo está en El arte de la fuga, y aún con ese batallo mucho.
Oiga usted del banco, suelte mi cartera vencida que me desconcentro de algo mucho más importante, la posibilidad de un poema que podría, al fin, salirme bien. Si no, no duermo.
El vendedor de seguros que asegura que me conviene financiar mi decadencia. Con la pena, joven, pero no me interesa.
El de la funeraria me persigue en un centro comercial con un prospecto atractivo para planear a futuro el definitivo fin de mi futuro, y yo de eso no entiendo.
Pasajeros y olvidables
Lo encontró tirado en el piso. Venía caminando entre la calle y el arroyo. Lo recogió, le dio un par de vueltas para sacudirlo y apreciarlo. Era poca cosa, pero lo leyó y puso a salvo en su bolsillo, arrugándolo como ticket de compra, sin siquiera doblarlo. Un poema. Mmm. Habiendo tantos. Hasta en la sopa. Al fondo de la papelera. Tirados como éste. Pintados en los baños. Pegados a los postes. En la camisetas de ciertos personajes en la calle. Pasajeros y olvidables. Existen los versos afortunados, memorizables, irresistible lugar común. Tantos más, multitud de ellos, hibernan en esos cofres toscos que llamamos libros, donde se guardan del polvo, la luz solar y nuestra vista. ¿Merecen vivir? ¿Tanto o más que los gladiadores en Roma, que saludaban al César porque iban a morir?
La mano, ¿lo escribió a propósito o lo hizo sin querer, como los niños aferrados todavía a la inocencia? ¿Necesitaba el mundo un poema más? El mundo, ¿necesita poemas? La mayoría de las personas viven y mueren sin conocer uno solo, o sin darse cuenta de si se les atraviesa alguno. A simple vista no se aprecian diferencias significativas entre quienes conocen poemas y quienes no. Felices o tristes por igual, comen, duermen, sueñan, gozan o se aburren, recorren la gama de sensaciones y estados de ánimo básicos de la especie humana y los innumerables atavismos de la herencia animal.
Así que para qué lo levantó, un mugre poema que ni rima bien, tropieza aquí y allá, y a fin de cuentas no se entiende con claridad, como que no hace sentido y se subleva contra la razón. Precisamente por eso pudo ser.
Visita al lugar donde el redil se guarda
Crecen alas a los cipreses en la calzada abrupta que une el huerto con la casa del señor de estas personas.
Todos mis respetos a sus creencias. Al sutil velo de sus vírgenes expuestas. A su salvador ensangrentado que nadie fue capaz de salvar.
Puedo quitarme el sombrero, pero arrodillarme no, a menos que sea absolutamente necesario.
Sahumado por las buenas dejo intactas la flama del cirio y la cara lisa del agua en la pila bautismal.
Contemplo retablos donde los santos me hablan. Descifro los altorrelieves angelicales con la rudimentaria herramienta de mi formación universitaria.
Me desdoblo, pero no tengo de qué confesarme. Comulgo de memoria y entono los salmos con una mano en la cintura y otra en el pescuezo del organista.
En los arcoíris que proyectan los vitrales hundo el dedo entre la masa de sus emplomados y las lucecitas de cielo y santo que alucinan sobre lo ya evangelizado.
Cúpulas y sótanos. Criptas y campanarios. Por el atrio rondo las tumbas de grandes patrones y niños no bautizados.
A un costado del edificio eclesial, solitaria, la vasta y desnuda capilla de los indios. Un nopal inmenso y cuatro cactos le espinan los pies al diablo.












