ajo un régimen de voto obligatorio, se realizaron ayer las elecciones para seleccionar al próximo presidente o presidenta de Perú de entre una lista de 35 aspirantes que atomizaron el sufragio hasta el punto de hacer inevitable una segunda vuelta. De acuerdo con las encuestas a boca de urna, la cuatro veces candidata Keiko Fujimori –hija del fallecido dictador Alberto Fujimori, convicto por homicidio, secuestro y peculado– quedaría en primer lugar, con poco más de 16 por ciento de los votos, en tanto que otros dos aspirantes –uno, de izquierda, y otro de ultraderecha– se encontraban en situación de empate técnico, por lo que aún no se sabe cuál de ellos pasará a los comicios definitivos.
La cita con las urnas se cumplió en una circunstancia en la que el sentimiento predominante fue el desencanto ante una clase política insustancial e impopular, incapaz en todas sus expresiones de presentar al electorado proyectos y propuestas, y centrada más bien en la conservación y expansión de cotos de poder. Así se explica el hecho de que, según sondeos previos a la jornada de ayer, las preferencias estaban encabezadas por el voto en blanco, con 11 por ciento.
La sucesión de ocho presidentes en 10 años –dos de ellos renunciaron al cargo y otros cuatro fueron destituidos por el Legislativo– muestra hasta qué punto ha perdido relevancia el cargo presidencial. En Perú el poder real es efímero y depende de pactos de circunstancia entre una diversidad de pequeñas bancadas que se reparten entre ellas prebendas y cargos, acuerdan negocios corruptos al amparo del Estado e impiden la aplicación de un proyecto nacional, sea cual sea su signo, capaz de sacar al país de la parálisis en que se encuentra.
El mismo Congreso unicameral que impide cualquier avance político estableció la conformación de un Senado, al que aspiran a saltar los hoy diputados, llevándose consigo la facultad de destitución del jefe de Estado y otras atribuciones. De esta forma, lo novedoso de estos comicios es la conformación de una Cámara legislativa que será garantía de continuidad del pasmo y la descomposición.
En comicios pasados, la peligrosidad de Keiko Fujimori fue motivo de alarma y razón suficiente para conformar coaliciones heterogéneas sin más propósito que impedir la llegada al palacio de gobierno de la heredera del fujimorismo. En esta ocasión, ese temor no parece ser tan acentuado como el hartazgo ante una democracia que cumple con los rituales, pero que carece de contenidos políticos, y una economía que crece en régimen de piloto automático, pero que no resuelve la miseria ancestral ni las profundas y lacerantes desigualdades sociales de la nación.
Resulta desolador, finalmente, constatar la involución sufrida en una década por tres de los países andinos: Ecuador, donde se pasó de la Revolución Ciudadana a un régimen autoritario, represor y corrupto; Bolivia, donde el proyecto de país del Movimiento al Socialismo acabó desfondado por su descomposición interna, y Perú, sumido en una insustancialidad política no muy distante de la ingobernabilidad.












