Opinión
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Nosotros ya no somos los mismos

Pearl Harbor // Franklin D Roosevelt y la ruptura con Japón// Bomba de estupidez en la Casa Blanca

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▲ Hace unos días, en la Oficina Oval de la Casa Blanca, el presidente Donald Trump recibió a Sanae Takaichi, primera ministra de Japón. En un momento de la conversación, el magnate le dijo, en tono burlón y sarcástico: “Una cosa es que no quieres revelar demasiado. Ya sabes, cuando entramos, entramos con mucha fuerza y no se lo dijimos a nadie porque queríamos el factor sorpresa… pero, ¿quién sabe más sobre ataques sorpresa que Japón¿ ¿Por qué no me dijeron sobre Pearl Harbor?”Foto Afp
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AYDAY! ¡MAYDAY! ¡MAYDAY!

Palabra de raíz francesa que ha llegado a convertirse en una llamada universal de auxilio, emitida por cualquier ser humano, desde donde quiera que se encuentre y que requiera intervención con urgencia, para sí o para otras personas, a fin de salvar su existencia o bienes que representen un inapreciable valor personal.

Pues resulta que a eso de las 8:47 de la mañana del 7 de diciembre de 1941, ese lugarcito Pearl Harbor, catalogado dentro de los magacines dedicados a vender (como si fueran de su propiedad) sol, arena, música, bailes y alegría, se transformó de un momento a otro. Esa pequeña ciudad, festiva y jacarandosa, en la que el idioma principal era la risa, ahora era presa de la confusión, del contagioso terror pánico, y lo más angustiante de todo: sin saber lo que estaba sucediendo. La gente corría hacia un lado o al otro, entraba a una iglesia o a un hotel, de los cuales salía tanta gente como la que pretendía protegerse. Nadie, ni en las peores pesadillas, había vivido un bombardeo. Ahora estaba en el centro de uno y sin saber por qué.

Un día posterior a ese negro momento (8/12/41), el presidente Franklin D. Roosevelt, en un discurso ante el Congreso, solicitó que se aprobara el rompimiento de relaciones y se declarara la guerra a Japón. El triste registro de víctimas inocentes y de daños causados al arsenal naval de un país, con el que existían relaciones no cordiales, pero sí de respeto a la convivencia pacífica (la cual debe prevalecer por encima de las diferencias de cualquier naturaleza), resultaba inusitado. Las tétricas estadísticas sobre las víctimas de Pearl Harbor no pueden ser del todo confiables, pero se insiste en hablar de 2 mil 403 muertos y mil 178 heridos del lado de los estadunidenses. En cuanto se refiere a los pertrechos militares, evidentemente, los daños afectaron mucho más al ejército estadunidense, pero por razones de una estrategia militar japonesa que no tomó en cuenta ni la totalidad ni la ubicación de otras fuerzas enemigas, los daños que se esperaba pudieron ser de gravedad extrema, es decir, la pérdida absoluta de los efectivos de la armada, o su obligada abstención en la que los ahora optimistas llaman “la última guerra mundial”.

Termino estos renglones con otra bomba de estupidez, de incivilidad, de absoluta incomprensión de quién es él y qué representa. Me niego a calificarlo con las características que afectan a muchas personas que padecen sus enfermedades y no hacen daño a sus congéneres. Unos cuantos renglones por si alguien no leyó su más reciente desaguisado: hace unos días, en la Oficina Oval de la Casa Blanca, Trump recibió a la excelentísima Sanae Takaichi, primera ministra de Japón. Con la patanería que le es innata al desquiciado, en un momento de la conversación, le dijo con un tono burlón y sarcástico:

“Una cosa es que no quieres revelar demasiado. Ya sabes, cuando entramos, entramos con mucha fuerza, y no se lo dijimos a nadie porque queríamos el factor sorpresa… pero, ¿quién sabe más sobre ataques sorpresa que Japón? … ¿Por qué no me dijeron sobre Pearl Harbor?”

Con gran dignidad, la primera ministra pasó por alto la falta de cordura y trato de gentes, como sabiendo que frente a ella no había un hombre a la altura del cargo que ambos representan.