espués de la infame traición de Chinameca, el 10 de abril de 1919, el pensamiento y acción generados por el zapatismo siguen presentes en el corazón y el espíritu de lucha del pueblo. Porque a más de 100 años, no sólo lo recordamos, sino que invocamos la presencia de Emiliano Zapata para legitimar y fortalecer las luchas sociales, así como los campesinos invocan la lluvia para hacer germinar sus semillas.
Al día siguiente del asesinato del Caudillo del Sur, con gran júbilo la prensa nacional e internacional celebraban como un gran triunfo del gobierno y el “heroísmo” del general Pablo González Garza y falseaban la cobarde traición al general Zapata, afirmando que murió en combate. El diario Excélsior, en su edición del 11 de abril, publicó en primera plana: “Murió Emiliano Zapata, el zapatismo ha muerto…” The New York Times celebró el nefando crimen afirmando: “Eliminado Zapata; se pacificará México”.
Guajardo y sus jefes pensaron que al fin se había cumplido la tarea que Victoriano Huerta y después Francisco I. Madero habían encomendado a Juvencio Robles y Teodoro Jiménez Riverol de que, “para acabar con el mal de raíz”, había que “exterminar la semilla zapatista”.
Mientras Pablo González era felicitado y premiado por Carranza y ascendido Guajardo gracias a la flaca gloria de su traición, en las montañas de Morelos y los territorios zapatistas se fraguaba la resurrección histórica y política de quien para los campesinos y los indígenas es el apóstol del agrarismo.
No lograron Juvencio Robles y sus hordas de asesinos, arrasando y quemando los pueblos, ni Guajardo con su cobarde traición exterminar la semilla zapatista, semilla que desde el 10 de abril de 1919, comenzó a diseminarse en todo Morelos, en todo el país y fuera de nuestras fronteras.
A lo largo de nueve años de terca y heroica lucha, primero contra la dictadura porfirista, luego contra Madero, Huerta y Carranza, los zapatistas experimentaron diversas formas de acción; además de la lucha armada, pusieron en práctica formas de gobierno comunitario, fortalecieron el municipio, recuperaron la tierra en muchos pueblos de Morelos y Guerrero; mantuvieron la agricultura campesina y la economía rural, dictaron leyes e impartieron justicia en pueblos y ciudades.
Lo que podemos destacar de la prolongada guerra campesina del zapatismo es su profunda raigambre popular, indígena y campesina. Zapata, los jefes revolucionarios y sus soldados, eran hombres de los pueblos, en su gran mayoría campesinos y peones, acostumbrados a las formas comunitarias de organización social y económica y con un gran amor a la tierra. Por ello, los principios y valores que se resumen en el Plan de Ayala, como democracia, libertad, justicia, respeto a la ley, honestidad, congruencia y respeto a la palabra empeñada, cayeron en tierra fértil y se convirtieron en las semillas revolucionarias de las luchas por la transformación.
En un manifiesto zapatista, aparentemente sin fecha, rescatado por don Isidro Fabela, los hombres del sur resumen su ideología, su pensamiento hacia la nación y su radical postura frente al carrancismo de la siguiente manera:
“El zapatismo es la revolución del indio, no pelea por la presidencia […]
El zapatismo no ha buscado apoyo en el extranjero […]
El zapatismo no viene a resucitar la odiosa leva […]
El zapatismo no viene a robar caballos […]
El zapatismo no prostituye al pueblo con limosnas […]”
Al final, el manifiesto hacía un llamamiento al pueblo a la lucha y advertía, “Carrancistas: podrán ustedes arrancar de las paredes estos papeles, pero no podrán borrar nunca las razones que están escritas en el corazón de los mexicanos”.
Estas ideas-fuerza, enraizadas en el profundo sentimiento popular era imposible borrarlas de la historia. Por eso, a más de un siglo de la masacre de Chinameca, los principios universales de “libertad, justicia y ley” del zapatismo están más vigentes que nunca.
El 15 de abril de 1919, cuando ya había sido sepultado el general Zapata, los generales que formaban parte de su Estado Mayor publicaron un manifiesto al pueblo mexicano, del que recogemos uno de sus más bellos párrafos:
“El general Zapata, al morir, nos ha dejado su herencia. Una herencia de abnegación, de espíritu de sacrificio, de amor acendrado a la colectividad, de indiferencia ante el peligro, de fe firmísima ante las dificultades y los obstáculos, de constancia y valor indomable para la lucha, de alta nobleza y de supremo desdén para todo lo que sea interés personal, ambición o egoísmo […]”
Hoy, los campesinos, los indígenas, los trabajadores y los mexicanos rendimos homenaje al hombre que con gran rectitud y congruencia nos legó principios y valores, como la lealtad al pueblo y a la palabra empeñada, tan indispensables para la actual transformación.
El grito ¡Zapata vive, la lucha sigue! Es la voz que invoca al espíritu zapatista, es la voz que invoca a la acción. No se equivocó el corridista que un último verso aseguró:
Arroyito revoltoso // ¿qué te dijo aquel clavel? // –Dice que no ha muerto el Jefe // que Zapata ha de volver…
Y el jefe Zapata volvió.
*Autor de Zapata en el corazón del pueblo: artículos, ponencias y testimonios sobre zapatismo y movimiento campesino en México y América Latina











