Editorial
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Trump: demoledor de la economía
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ntes de los devastadores incendios que arrasaron los barrios de Eaton y Palisades el año pasado, la zona metropolitana de Los Ángeles padecía un déficit de 70 mil trabajadores de la construcción calificados. Ahora, la carencia de carpinteros, electricistas, soldadores y otros obreros especializados se estima en 100 mil personas, que la megaurbe californiana intenta formar por medio de programas de educación técnica. Pese a la urgencia de contar con trabajadores en una de las áreas más prósperas y dinámicas de Estados Unidos, los esfuerzos de las autoridades locales enfrentan la escasez de candidatos, la deserción escolar y los recortes presupuestales del trumpismo: la administración federal republicana frenó la entrega de 2 millones de dólares al Colegio Técnico-Comercial de Los Ángeles porque, a su juicio, éste promovía valores como la diversidad, equidad, inclusión y justicia ambiental.

Una ciudad tan rica como la angelina no debería tener problemas en cubrir los aportes federales retirados, pero el caso del programa de formación de técnicos constructores provee un ejemplo perfecto de la manera en que el radicalismo ideológico y las taras mentales del presidente Donald Trump y su equipo sabotean la economía estadunidense. En el mismo ámbito de la construcción, la cacería antimigrante ha dejado a las empresas sin posibilidades de cubrir el medio millón de vacantes disponibles ante el auge de los centros de datos, plantas de energía y otra infraestructura tecnológica requerida para el desarrollo de la inteligencia artificial (IA). Paradójicamente, Trump considera el dominio de la IA crucial en la competencia contra China, hasta el punto en que ha prohibido cualquier regulación para dejar que las grandes corporaciones hagan lo que quieran, sin reparar en costos energéticos trasladados a los hogares, daños ambientales ni transgresiones éticas.

En el cuarto trimestre de 2025, la economía estadunidense tuvo un crecimiento de únicamente 0.5 por ciento a tasa anual, una tercera parte de lo estimado previamente por el Departamento de Comercio, así como una desaceleración estrepitosa con respecto al 4.4 por ciento registrado en el tercer trimestre. La causa principal de esta caída fue el cierre de 43 días del gobierno federal –el más largo en la historia de ese país– suscitado por el empecinamiento de la Casa Blanca en eliminar subsidios de salud y recortar hasta una quinta parte del gasto gubernamental en todos los rubros, excepto el aparato militar y represivo, para el que pidió un incremento de 65 por ciento sobre un presupuesto ya totalmente hipertrofiado.

El incremento del déficit derivado del gasto bélico y de los recortes de impuestos a los más ricos (los cuales profundizaron la “generosidad” fiscal que el mandatario ya había implementado para sí mismo y sus colegas millonarios en su primer periodo presidencial) es responsable de una pérdida de confianza en el que por décadas ha sido visto como el mercado de deuda más seguro del mundo. En consecuencia, sólo en el primer semestre de 2025, el dólar perdió 11 por ciento de su valor, su peor devaluación en medio siglo, y se calcula que para finales de este año habrá perdido 10 por ciento adicional.

Para colmo, la ofensiva ilegal contra Irán, emprendida por Trump a instancias de Tel Aviv, provocó un aumento de casi 40 por ciento en los precios de la gasolina, uno de los indicadores más sensibles para las familias en un país con una dependencia absoluta del automóvil privado. Lejos de buscar un alivio para las personas de a pie, el magnate ya anunció su intención de incrementar en 50 por ciento el gasto militar actual de un millón de millones de dólares anuales, lo que dejaría al gobierno sin dinero para cualquier otra labor que la guerra. Él mismo lo expresó la semana pasada al afirmar que el gobierno federal no puede financiar la salud ni las guarderías y que los estados tendrían que hacerse cargo de ello.

Al magnate todavía le quedan tres años en la Oficina Oval, pero a su país le tomará décadas –y no es seguro que lo consiga– levantarse de la catástrofe económica inducida por su irresponsabilidad.