Domingo 12 de abril de 2026, p. a12
Sor Juana Inés de la Cruz es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más importantes de la cultura mexicana. Más allá de su incursión en las letras, su aparición en los diseños de los billetes de 200 y 100 pesos inmortaliza, y traslada al imaginario colectivo, la imagen de una mujer que trasgredió el machismo y la misoginia de la Iglesia católica.
Originaria del municipio mexiquense de Nepantla, estado de México, se desarrolló como poeta y dramaturga. Además, fue cocinera y administradora del convento de San Jerónimo, en la capital del país. Su muerte, el 17 de abril de 1695, representó el fin de los Siglos de Oro de la literatura en español.
Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana, su nombre anterior al hábito, es reconocida por su talento y la calidad de su obra. En vida fue aplaudida por sus contemporáneos y tachada por quienes celaban la maestría de su pluma. Sin embargo, a pesar de su éxito, hoy día se conoce muy poco acerca de la mujer oculta tras el velo.
No obstante, Sor Juana se encargó de dejar plasmados algunos de sus pensamientos y sentires en sus textos menos reconocidos por el público en general: sus misivas. A sabiendas de esto, la editorial independiente Inefable recopiló tres de ellas con el título de El jardín de la razón: Cartas fundamentales.
Los textos compilados en este libro se podrían dividir en dos ejes temáticos. El primero, de Protección personal, que incluye la Autodefensa espiritual –escrita por la monja a su confesor, el jesuita Antonio Núñez– y la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. La segunda categoría, de Tratados teológicos, acoge la Carta atenoagórica, en la que reflexiona acerca de las finezas de Dios y Cristo.
Poco escribió Sor Juana por deseo propio, por lo que la mayor parte de su poesía, sacra y profana, así como sus comedias, fueron encargos de los virreyes, de las altas esferas de la Iglesia y de amistades. Pero sí hay una obra lírica, el Primero sueño, dotado de 975 versos, en que demuestra sus necesidades: el deseo de poseer el conocimiento total, ese al que sólo la divinidad tiene acceso.
“Demás, que yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos; de tal manera, que no me acuerdo de haber escrito por mi gusto sino es un papelillo que llaman El sueño”, explica la monja en la Carta atenagórica, en la que defiende lo que ella considera su derecho, el de escribir y estudiar.
Sor Juana fue asediada por algunos de los intelectuales de su época, quienes desaprobaban que fuera libre pensadora y, sobre todo, maestra en el dominio del lenguaje. Uno de sus principales adversarios fue su confesor, a quien la poeta envía una misiva en la que destaca el uso de la ironía para fulminarlo.
Al inicio le explica que es de su conocimiento que ella es “la única reprensible en las conversaciones de Vuestra Reverencia”. Sabe bien que no es de su agrado; sin embargo, por el cariño y el respeto que le tiene, había decidido ignorar todos los señalamientos que llegaban a ella. No obstante, al percatarse de que Antonio Núñez no dejaba de hablar a sus espaldas, le envía una carta en la que señala: “parece que le irrita mi paciencia,y así determiné responder”.
A lo largo del escrito, Sor Juana afila su navaja, algo que parece disfrutar, mientras enlista los éxitos y aplausos que ha merecido por sus creaciones literarias. Es el talento de la poeta lo que parece indignar a su confesor, y ella lo sabe: “La materia, pues, de este enojo de Vuestra Reverencia (muy amado Padre y señor mío) no ha sido otra que la de estos negros versos de que el cielo tan contra la voluntad de Vuestra Reverencia me dotó”.
Continúa, pero ya no sólo hace referencia a los señalamientos de Antonio Núñez, sino que recapitula las cosas que ha sufrido por parte de mujeres y hombres, quienes ven a mal su quehacer. Menciona incluso que fue obligada a descomponer su caligrafía. “(...) hasta el hacer esta forma de letra algo razonable me costó una prolija y pesada persecución no por más de por que dicen que parecía letra de hombre y no era decente, con que me obligaron a malearla adrede”.
Le reclama y demuestra, con el ejemplo de muchas mujeres doctas que la precedieron, que ella tiene la capacidad suficiente, y seguramente superior, para dedicarse al arte de las letras. Además, exige respuestas por parte del sacerdote, ¿a qué debe tanto odio de su parte?
Sor Juana apunta con el filo de su pluma hacia el ego de Núñez, quien la señala por leer, escribir y estudiar; sin embargo, él también lo realiza, por lo que lo interroga: “Y Vuestra Reverencia cargado de tantas letras, ¿no piensa salvarse?”
Aquella no fue la única vez que Sor Juana tuvo que defenderse de un varón, años antes de su muerte se vio inmiscuida en un escándalo ocasionado por el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, quien la incitó a escribir un texto en el que hablara acerca de las finezas de Cristo. El religioso le solicitó además que debatiera los señalamientos del sacerdote Antonio de Vieyra, quien trató el mismo tema tiempo atrás.
En el documento, en el que la monja jerónima dejó testigo en constantes ocasiones de fue redactado a petición de Fernández, teoriza sobre un tema que estaba prohibido a las mujeres. Tras recibir la misiva, el obispo la publicó, sin el permiso de Juana Inés, con un prólogo escrito bajo el seudónimo de Filotea de la Cruz. En ese pequeño apartado, fechado el 25 de noviembre de 1690, critica a la escritora y la invita a dejar las letras, a fin de retomar por completo su vida en el claustro. El volumen generó opiniones divididas, algunos defendieron a la poeta; mientras que otros, en su mayoría religiosos, satanizaron su atrevimiento.
Meses después, el primero de marzo de 1691, Sor Juana envía una nueva carta, dirigida a la presunta monja poblana, en la que defiende sus posturas. Nuevamente recupera la historia de diversas mujeres y santas que fueron teólogas y poetas, reconocidas por la Iglesia. Además, cuestiona el papel de los hombres, quienes “con solo serlo, piensan que son sabios”. Pero, sobre todo, reivindica su capacidad y derecho, concedidos por Dios, al saber y las letras.
Ya hacia el final de su prólogo a El jardín de la razón: Cartas fundamentales, Margo Glantz, apunta algo esencial: “Sor Juana sabe bien que no son realmente sus versos los que están en entredicho, como pretende el obispo de Santa Cruz en su Carta de Sor Filotea, sino su incursión en el campo minado y patriarcal de la teología”.
Sor Juana Inés de la Cruz es una figura imprescindible no sólo para las letras mexicanas, sino de la tradición literaria universal. Su pensamiento crítico, su pasión por el conocimiento y su defensa de la libertad intelectual le valen un lugar primordial en el imaginario colectivo de este país.
Autora: Sor Juana Inés de la Cruz
Editorial: Inefable
205 páginas











