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Carlos Tello Díaz, el historiador
E

n un viaje a Ginebra, como incipiente reportera, conocí a Manuel M. Tello, Secretario de Relaciones Exteriores de México. Muy atento, como un buen abuelito, me preguntaba: “¿Anda usted sola, criatura?” También Luis Padilla Nervo, quien fue presidente de la Asamblea General de Naciones Unidas inquiría: “¿Niña, quiere acompañarme a cenar?” Supongo que les preocupaba esa corresponsal novata que aleteaba en un hotel de Ginebra como pájaro atarantado. La verdad, nunca dejaron de “echarme un ojito” y preguntar cuando me veían en el lobby: “¿Ya comió?”

En la Ciudad de México, Carlos Tello Díaz, de 64 años, hijo de Manuel Tello Macías y Catalina Díaz Casasús, quien fuera descendiente de don Porfirio, nunca dejó de visitar a mi madre, Paula Amor, hasta el día de su muerte, el 23 de marzo de 2001, y siempre se lo agradecí. A mi madre le encantaba la historia y alguna vez coincidíamos a la hora de la comida. Siempre me gustó verlo platicar con ella, contentísima de verlo. Carlos, delgado y alerta, me llamó la atención como también hizo Javier Tello Díaz, analista político a quien veíamos Mamá y yo en la tv, pero yo preferí a Carlos, doctor en historia por la École des Hautes Etudes en Sciences Sociales, maestro y licenciado en filosofía y letras por la Universidad de Oxford, fellow en Cambridge y Harvard, y profesor invitado en La Sorbona.

Carlos escribió el libro En la selva: Crónica de un viaje por la Lacandona. Durante varios meses, participó en una expedición en la búsqueda de las ruinas de Tzendales, ciudad maya descubierta a principios del siglo XX que luego desapareció y que, a la fecha, nadie ha podido hallar. Encontrar a Carlos en casa de Mamá a la hora de comer era un gusto, un estímulo, y ella le agradecía mucho su conversación, y yo me unía a ella con curiosidad.

–Carlos, ¿cómo te haces amigo de los amigos de tu abuela, Catalina Díaz Casasús?

–Suena medio raro ¿no?. Fíjate que conocí bien a los papás de mi abuela, Christian, a Horacio Casasús y a Marlene, mi bisabuela. Yo pasaba mucho tiempo con ellos, me encantaba que me platicaran, y ese gusto por estar con gente más grande lo continué con mi abuela. A Paulette Amor, tu mamá, y a Julián Fernández Castelló, por ejemplo, yo los invitaba a mi casa, y ellos también me invitaban.

–¿Dónde estudiaste la prepa, Carlos?

–En Inglaterra, estudié filosofía y letras en Oxford; luego, me fui a Roma a trabajar en la delegación de México ante la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés). No me quería regresar a México todavía, y mi papá era amigo de Eduardo Pesqueira, secretario de Agricultura, y de José Ramón López Portillo, embajador de México ante la FAO. Conocí a Ítalo Calvino, en Roma.

–El gran novelista de la época, ¿no?

–Sí, desde luego. Calvino me habló mucho de Oaxaca. Murió poco después. Mi papá fue secretario de Programación y Presupuesto con López Portillo, era muy cercano a él. Fue el primero en ocupar ese cargo creado por el presidente. Mi tío Manuel Tello Macías fue secretario de Relaciones Exteriores en 1994, último año del sexenio de Salinas de Gortari.

–En Ginebra, tu abuelo Manuel Tello, me decía: “Véngase, criatura, a cenar conmigo”. También estaba Padilla Nero, quien se preocupó por una joven preguntona y despistada encontrada en el lobby del hotel. Mi inexperiencia saltaba a la vista y fueron muy protectores conmigo.

–Acababa de ser la reunión de Punta del Este, en la que Cuba fue expulsada de la OEA con el voto en contra de México.

–¿Por qué la corrieron?

–Por la embestida diplomática de Estados Unidos para aislar a la revolución cubana; entonces, mi abuelo voló a Ginebra y de ahí a Londres, porque acababa de nacer yo y quería conocer a su primer nieto, en Cambridge, donde nací. Tengo pasaporte inglés. La verdad descubrí muy buenos amigos, y me siento un poquito en casa.

–¿Por qué escribiste de Porfirio Díaz?

–Escribí por primera vez sobre Porfirio Díaz cuando hice un libro titulado El exilio: Un relato de familia, sobre todo porque quería escribir sobre Tlacotalpan. Díaz tuvo a sus dos hijos que sobrevivieron en Tlacotalpan. Murieron siete hijos que tuvo con Delfina, su esposa, que era su sobrina carnal, la hija de su hermana. Murieron siete, sí, bueno, en aquella época era común, creo que es hasta cabalístico. Porfirio conoció a Delfina, su futura esposa, porque la rechazó su papá al no reconocerla, y entonces su madre, la hermana de Porfirio, pues vivió con su hijita en la casa materna. En la carta en la que le pide matrimonio Díaz a Delfina, que existe en los archivos del Centro de Estudios de Historia de México Carso (antes Condumex), le dice que si no acepta, “entonces te adoptaré –así literal–, te adoptaré judicialmente como hija y me abstendré de casarme mientras tú vivas para poder dedicarte todo el amor de un verdadero padre”.

–Es un chantaje, ¿o no?

–Pues sí, le dice que sí no acepta ser su esposa, le propone ser su hija adoptiva.

–Es feo hacer eso, ¿no?

–Pues sí, pero fue una relación de mucho amor. La correspondencia está en la Universidad Nacional Autónoma de México, en el archivo del que era secretario particular de Porfirio Díaz, Rafael Chauzal. Creo que Porfirio Díaz, cuando se casó con Carmelita, no quería conservar la correspondencia amorosa con su antigua relación, pero tampoco destruirla, y entonces se la dio a su secretario particular. Hay cartas en las que le dice: “Un abrazo de quien te ama como un loco”, expresiones que no te imaginas en labios de Díaz. A Carmelita le llevaba 34 años; fue un matrimonio político, arreglado, pero fue también un matrimonio muy exitoso.

–¿Y te cayó bien Maximiliano?

–Si me fuerzas a decir sí o no, diría que sí, que sí me cayó bien. Me dio lástima también.

–A mí también me cae bien, a diferencia de Benito Juárez, aunque reconozco su gran valor, pero me gustó mucho que Maximiliano les pidiera a quienes lo iban a fusilar: “soldados, disparen al corazón”.

–Como personaje histórico, es mucho más interesante Benito Juárez, es fascinante. Ralph Roeder escribió la mejor biografía de Juárez, pero se enfocó en la Reforma y la intervención, no trata de explicar el misterio de Juárez, el misterio de alguien que tiene ese origen. Juárez nació en la Sierra Norte.

–Pero también era una fichita.

–Cómo es posible que alguien que naciera en un pueblito que todavía hoy es diminuto, San Pablo Guelatao, en la Sierra Norte, sin hablar español, un buen día se va a pie a Oaxaca y se convierte eventualmente en el personaje que fue. Es un personaje, además educado por un sacerdote, porque él era niño de misa. Estuvo en el seminario, y gracias a eso aprendió a leer y a escribir. En aquella época sólo ocho de cada 100 mexicanos sabían leer y escribir. Sobre todo los que ingresaban a los seminarios conciliares eran los que aprendían.

–Carlos, de filosofía y letras, ¿por qué cambiaste a historia? Ahora te dedicas totalmente a hacer investigación histórica.

–Antes de hacer El exilio, que es un libro de historia familiar, escribí un testimonio sobre la campaña de alfabetización en Nicaragua, donde viví durante algún tiempo.

–¿Por qué te fuiste a Nicaragua?

–Me entusiasmé con la revolución. Me fui dos meses en el verano porque había una campaña de alfabetización. Estaba

–¿Y era fácil enseñar?

–Enseñé a niños, sobre todo. Estuve en una ranchería que se llamaba El Granadillo, en el municipio de San Rafael del Norte, donde se casó Sandino, y que luego se volvió bastión de la contra, en la provincia de Jinotega. A la ranchería llegabas a pie, no había camino; o sea, llegabas en camión de Managua a Jinotega y luego había otro camión que te acercaba a El Granadillo, que no tenía luz, teléfono, nada. Nos bañábamos en el río, ahí lavábamos nuestra ropa. Llegué a dormir a casa de un señor que luego fue secretario de Relaciones de los sandinistas y alcalde de Managua, porque allí se estaba quedando la cineasta Berta Navarro, ex esposa de Paul Leduc, muy buena directora de cine. Estaba lleno de guerrilleros de todos los países de América Latina, que después de haber fracasado en su país, llegaban a celebrar la victoria sandinista en Nicaragua.

–Siempre me he preguntado por qué los “niños bien” terminan metidos en Chiapas, en Nicaragua, en un medio a al que no pertenecen. ¿Por qué participaste en el movimiento zapatista?

–La última vez que estuve en la selva Lacandona fue en 2010. Viajaba con un amigo que fue mayor insurgente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), un tseltal de la selva que se fue antes del levantamiento. La última reseña general de cómo estaba la cosa la tuve hace ya 16 años. Me dijo dónde estaban todos los mayores del EZLN; salvo Moisés, todos ya se habían salido. Yo estaba en Chiapas, porque íbamos en busca de las ruinas de una ciudad maya que descubrió un etnólogo de Harvard, Alfred Tousser, en 1904, y que desde entonces nadie ha vuelto a ver. Nosotros mismos no llegamos. Pensé que hablaban de unas ruinas cerca de una comunidad que se llama La Candelaria, en el corazón de la reserva de la biosfera Montes Azules. Creí que esas eran las ruinas de Tzendales, y fui con este amigo y con un camarógrafo, y no las encontramos. Nos encerraron como cinco días en una casita de esas de tablones de madera; no nos pusieron tranca, pero nos dijeron que no podíamos salir más que para ir al baño. La comunidad se llama La Candelaria, y coincidió nuestro viaje con las Fiestas de la Candelaria. Creo que metieron quién sabe cuántos tambos de aguardiente. Todo mundo estaba borracho y cada vez se ponía más pesado el ambiente; o sea, ya al final, nos daban de golpes, y entonces nos escapamos literalmente a pie. A las cuatro de la mañana salimos de la selva y luego me enteré de que al lado de la comunidad donde estábamos había una pista clandestina donde aterrizaba un bimotor de Colombia con cocaína. Esa fue la razón que inspiró tanto rechazo hacia nosotros, ¿no? Esa fue la última vez que estuve en la selva Lacandona, en febrero de 2010, en Chiapas.

El excelente escritor Carlos Tello Díaz ha colaborado como articulista para Proceso y para el periódico Reforma. Paralelamente fue brigadista en las montañas de Nicaragua y dirigió una expedición al río Amazonas, donde contactó a los miembros del pueblo yanomami. En su libro 2 de julio: La crónica minuto a minuto del día más importante de nuestra historia contemporánea, publicado por Planeta, Tello afirmó que Andrés Manuel López Obrador había aceptado la derrota durante las elecciones federales en México de 2006. Esta declaración tuvo críticas del PRD que Carlos Tello expuso en su libro con documentos y testimonios inéditos que “presenta con su rigor habitual, la crónica puntual de la elección presidencial del 2 de julio”.

–Elena, nos vimos en París, en una muestra fotográfica de Juan Rulfo, ¿te acuerdas? En la Maison de L’Amérique Latine. Luego yo fui a Varsovia y vi una muestra de Stanislaw Poiatowski en el Palacio Real y te traje material para tu novela El amante polaco.

Carlos Tello Díaz fue amigo de mi madre, quien lo invitaba a comer en Coyoacán. Sus libros El exilio, un relato familiar, y En la selva son un viaje valiente y exacto a través de la historia de México: Porfirio Díaz, su tatarabuelo, así como Maximiliano, la selva Lacandona y otros países de América Latina y Europa; es un hombre que llega adonde la historia lo llama.