Opinión
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Universidades mexicanas y guerra
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recisamente en este momento de crisis político militar a escala mundial, tiene sentido el tema de la transformación de la universidad. Porque ha sido en momentos de crisis y conflicto cuando se han dado cambios significativos en la constitución y sentido de la universidad. La Nacional, por ejemplo, nace en el momento mismo (1910) de una violenta etapa revolucionaria local y de guerra mundial. Y su ley orgánica cambia cuatro veces: en 1914, autoritaria, con Victoriano Huerta; en 1929, con Portes Gil, parcialmente autónoma; en 1933, el cardenismo otorga autonomía plena, y en 1945, Ávila Camacho significa el retorno conservador. Con el 68 surgen nuevas universidades (la UAM, como extensión modernizada de la Nacional) y hay cambios en la UNAM y en otras instituciones. Dos huelgas en la UNAM, en 1986-87 y en 1999-2000 retoman sus respectivos momentos. En la primera, las protestas por la deuda y la rebelión contra el PRI. En la segunda, el profundo cambio que trajo la rebelión zapatista y las protestas antineoliberales. De ellas surgen las preparatorias y la UACM con autonomía plena en Ciudad de México.

La despiadada violencia de Israel y Estados Unidos contra los pueblos de Gaza, Irán, Líbano, Venezuela y, si se materializan, las amenazas contra Cuba y el mismo México pueden hacer surgir reacciones poderosas en nuestras ciudades. Y en ese momento se volvería visible y cobraría importancia el estado de inmovilidad y derechización lamentable en que el proyecto universitario de sustancia panista ha colocado desde 2021 a la universidad autónoma. Desde esa perspectiva de intensa movilización, sería más visible el sustrato de molestia profunda por una derechización oficializada que no ha sido capaz de resolver cuestiones tan puntuales e importantes como el tema de las mujeres, la violencia incluso dentro de las instituciones, la precarización de una masa de académicos, la relación entre formación y empleo, la falta de ampliación de la universidad, la creciente reducción del papel como importante actor social que debe jugar la educación pública y la crisis de conducción de las instituciones. Ésta tiende a simplemente conservar el orden sin una clara orientación social y con eso es insuficiente para garantizar estabilidad y dar un horizonte de discusión y cambios capaz de inspirar a la acción a los actores centrales: estudiantes, académicas y académicos, y administrativos.

El enfoque actual garantiza que funcionarios se enfrenten a una contradicción que les resulta insalvable. Porque los más perceptivos caen en la cuenta de que para mejorar y generar urgentes cambios institucionales, no bastan sólo sus iniciativas, sino que deben generar una amplia participación de fuerzas sociales traducidas en grupos, corrientes, ideologías de transformación y planteamientos de cambios concretos. Pero todo esto es prácticamente imposible si al mismo tiempo los directivos deben colocar como prioritario preservar el orden y defender una normatividad conservadora. Contener, desalentar o incluso reprimir los movimientos provoca entonces protestas, y si no son resueltas, un paulatino desmoronamiento, el abandono silencioso de la institución, individual. Sin irse físicamente, las y los académicos realmente ya no están, los estudiantes se apartan y la real institucionalidad se desvanece. En Xochimilco, por ejemplo, repetidamente las y los representantes estudiantiles se quejan de maltrato e incluso, en ocasiones, de que en el mismo Consejo la autoridad no les permite hablar. Y, coincidencia, se habla en redes de “un par de representantes estudiantiles que renunciaron” a su cargo en el Consejo. Al mismo tiempo, la nueva rectora de Xochimilco ahora ya no sólo nombra al coordinador de un importante programa académico (Tronco Interdivisional, con 80 profesores y 2 mil estudiantes), sino que ha decidido intervenir directamente, fijando la agenda y encabezando reuniones. Con ello, dificulta una discusión más amplia sobre los cambios y adicionales prioridades académicas del programa.

Obviamente, la relación que aquí identificamos entre conflictos sociales y cambio en la educación no implica que es necesario esperar a que estalle una confrontación de fondo para que se cree el impulso necesario para hacer transformaciones profundas. Eso sería tanto como desconocer la fuerza social que genera el contacto con el trabajo en el conocimiento. Basta con comenzar desde ahora, a partir de todo lo que conocemos sobre nuestra respectiva universidad, a analizar qué cambios sería necesario introducir en su ley orgánica. Y en la UAM-X, además, reinstalar a Miguel Ángel Hinojosa, víctima de la tesis del autoritarismo como herramienta predilecta para la mejoría de la institución.

*UAM-X

Adiós, Enrique Ávila, amigo, maestro de la CNTE e historiador de la educación, quien enriqueció con la fuerza que da el conocimiento del pasado las luchas de hoy por transformar la educación mexicana.