Opinión
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Daniel Cosío Villegas y la bancarrota del liberalismo
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esulta una operación normal que, al entrar en crisis, una corriente ideológica realice una revisión de su pasado, en búsqueda de encontrar referentes útiles para su presente. En este caso, hablamos del liberalismo realmente existente, ese que abrió la puerta, con su preferencia por el dominio expoliador del mercado y la neutralización de la voluntad popular, a las formas autoritarias y fascistas contemporáneas. Sin embargo, dicha revisión, en el caso específico de México, no deja buenos dividendos.

Me refiero con todo esto al reciente homenaje realizado a Daniel Cosío Villegas. El insigne constructor de instituciones fue evocado a partir de un rico anecdotario, desde quien nos recordó su deseo fervoroso por ir a Francia, o su distancia con Echeverría, hasta una supuesta “militancia” en 1968. Sin embargo, de lo dicho ahí, nada sugiere que Cosío entregue pistas para comprender el México actual. Es más, en dicho cónclave se aclaró que la pieza La sucesión presidencial no fue producto de un programa de investigación articulado, sino que se trató de un intento de responder al desplante que le hizo Echeverría. Ni siquiera se refirió en aquel encuentro a la noción de “estilo personal de gobernar”, argucia supuestamente explicativa, saturada de subjetivismo.

En este sentido, resulta curioso evocar la crítica marxista al trabajo de Cosío, que con todas los dilemas de esa corriente, mostró los puntos ciegos del liberal con sorprendente facilidad. Cosío tuvo una relación distante con el conjunto de la izquierda socialista, pese a que su ayudante de investigación fue por algún tiempo Mario Gill, un autodidacta periodista comunista (dato conveniente omitido por su biógrafo). Más allá de la intervención de un cierre de conferencias radiofónicas sobre el marxismo ocurrido en los años 30, el vínculo fue negativo: por ejemplo, a Cosío le gustaba decir, con la soberbia de quien maneja los hilos de cierta política intelectual, que para hacer la historia de la Revolución mexicana se podía prescindir de la explicación de los marxistas, como consta en sus memorias.

En la acera contraria, desde distintos miradores, los marxistas sí atendieron la obra de Cosío y la mostraron en sus debilidades. El joven José Revueltas detectó rápidamente las limitaciones de la interpretación contenida en La crisis de México, ensayo que calificó basado en anécdotas y “harto de superficialidades”. La explicación de aquel texto arrancaba “de la ligera e improvisada afirmación” de la inexistencia de una ideología, tanto del Porfiriato como de la propia Revolución. Para Revueltas, el autor se dejaba “seducir por las apariencias y sucumbe perezosamente ante ellas”. No había en aquella supuesta explicación de la crisis de la Revolución una evaluación de la actuación de los grupos sociales, de las clases, de sus formas de expresión política, de la ubicación de las contradicciones. Para los ojos del joven escritor, apenas se enumeraban hechos deleznables, pero desconectados los unos de los otros.

Otro capítulo de este derrotero lo encontramos en la época de mayor sectarismo del PCM durante la década de 1950, en donde el comunista argentino Rodolfo Ghioldi reseñó la compilación Extremos de América. Para Ghioldi, los ensayos mostraban la incomprensión por parte de Cosío del significado real del problema agrario y, por tanto, del devenir mismo de la Revolución mexicana. Como es natural, era adversario de la manera en que en ese libro se trataba a la Unión Soviética al considerarla una forma de imperialismo. El punto más estridente para el argentino era constatar el guiño que el intelectual mexicano hace respecto a que México bien podría dejarse subordinar por Estados Unidos, pues así, aunque perdiera su soberanía, ganaría en beneficio material. Efectivamente, en las páginas de aquella compilación Cosío escribió que si Estados Unidos abandonara algunas actitudes, los liberales mexicanos se sumarían a su cruzada para combatir “al imperialismo ruso”. Que la lumbrera del liberalismo mexicano esperara algo positivo de la potencia imperial, en el clímax macartista, es de por sí significativo.

Pasado algún tiempo Punto crítico, expresión política animada por ex militantes del movimiento de 1968, dedicó una pequeña página a examinar La sucesión presidencial, a cuyo autor nombraron como “profeta desairado”. Observaban la ausencia de algún tipo de método investigativo y que, ante ello, se colocaba como eje central de la explicación un conjunto de intrigas y relaciones personales o de parentesco. Concluyeron que “Cosío Villegas apuntalaba el statu quo” al deshistorizar la función del presidencialismo. Todo ello, decían, “pretende obligar al lector a concluir que el poder presidencial es omnipoderoso y eterno”. Herencia de aquella incapacidad es que se ha creído que para entender “al poder” (es decir, una relación social), es suficiente hacer biografías de presidentes.

Por todo ello, no sorprende que aquellos que se autoproyectaron como poseedores de un “temple” liberal, hoy sean los aliados –hasta la genuflexión– del poder imperial, con su maquinaria de guerra desbocada y sus actitudes fascistizantes a flor de piel. En esa sintonía, los podemos ver cómo contribuyentes (desde espacios auspiciados por el poder financiero) hostigando al pueblo cubano. Su crisis es inocultable y denota que lo que aparentaba ser un pasado intelectual luminoso, en realidad no era algo más que el control de instituciones y políticas culturales, hoy en crisis.