Opinión
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La Segunda Declaración de La Habana hoy
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rente a más de un millón de personas congregadas en la Plaza de la Revolución, el 4 de febrero de 1962 el comandante Fidel Castro Ruz presentó la Segunda Declaración de La Habana, documento trascendental de la Revolución Cubana que, con la sentencia: “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”, y la idea central de que la revolución es posible en otros países de Latinoamérica, inspiró en las siguientes décadas la acción de miles de jóvenes insatisfechos con la vida que les ofrecía el mundo capitalista.

Esta declaración fue la respuesta al embate imperialista que buscaba aislar a Cuba en el ámbito internacional, pues a partir de la VIII Reunión de consulta de ministros de relaciones exteriores de la Organización de Estados Americanos (OEA), reunida en Punta del Este a finales de enero de 1962, se decidió expulsar a Cuba de la OEA e impulsar la ruptura de relaciones de los países con la naciente revolución. La respuesta de Fidel, redactor de la Segunda Declaración, fue la afirmación del carácter socialista de la revolución, señalando que, en la reunión de Punta del Este, Uruguay: “Cuba habló por el socialismo y Estados Unidos por el capitalismo”, y además sentenció que en otros países de América Latina también era posible desarrollar una revolución con ese carácter.

De esta forma Fidel daba la enseñanza de que, ante la agresión imperialista, la respuesta era la ofensiva. Tal lección la retrató didáctica al hablar de su experiencia con una picúa, pez barracuda que lo persiguió mientras nadaba, y que cuanto más se replegaba Fidel, más se envalentonaba el pez, y sólo hasta que decidió dar la vuelta y enfrentar a la alimaña, ésta salió en desbandada. Pero ¿qué implica hoy la ofensiva? La afirmación del carácter socialista de la Revolución Cubana, reconociendo que la solidaridad con Cuba no es solamente una causa humanitaria, sino también la defensa del proyecto de sociedad antagónica al capitalismo.

El carácter socialista de la Revolución Cubana, públicamente afirmado en el mitin del 16 de abril de 1961, pero previamente anunciado en la condena de “la explotación del hombre por el hombre” en la Primera Declaración de La Habana el 2 de septiembre de 1960, fue el motivo que llevó al imperialismo a desatar el virulento ataque contra el pueblo de Cuba. La afirmación del socialismo llevó al imperialismo a ejercer el embargo económico y comercial contra Cuba, la invasión militar en Bahía de Cochinos, las acciones terroristas y los cientos de atentados contra Fidel Castro; y es lo que hoy lleva a la orden ejecutiva de Donald Trump para restringir el suministro de petróleo a Cuba.

Aunque los propagandistas del capital cuestionan la posibilidad de una revolución socialista hoy, ésta sigue siendo tan posible como en 1962, pues como se explica en la Segunda Declaración de La Habana, la revolución es producto de condiciones objetivas de la época de crisis del imperialismo, y aún hoy vivimos “el choque del mundo que nace y el mundo que muere”. Con la agresión contra Cuba el imperialismo busca blindarse de que nuevas revoluciones surjan una vez que se abra la caja de Pandora que es la guerra de dimensión global que está por venir. En el pasado y hoy, lo que buscan los monopolios al agredir a Cuba es “disipar el miedo que los atormenta y el fantasma de la revolución”.

En el contexto del creciente antagonismo entre las economías de Estados Unidos y China, y sus respectivas alianzas imperialistas, la pervivencia de la Revolución Cubana implica dos problemas para el imperialismo rumbo a su futura conflagración mundial. Por una parte, para el imperialismo en general, Cuba significa el ejemplo latente de que la alternativa a la guerra y barbarie imperialista es el socialismo. Por otra parte, para los intereses de los monopolios estadunidenses en particular, la pervivencia de Cuba implica un obstáculo para la alineación omnímoda de los países de la región, a la alianza con Estados Unidos en su confrontación contra China, que es el camino que dicta la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

Sin embargo, el imperialismo olvida que también son vigentes las líneas de la Segunda Declaración que afirman que las revoluciones no se exportan, y que Cuba da el ejemplo de que “la revolución es posible, que los pueblos pueden hacerla”. Esta lección dada al mundo es ya irreversible, pero el pacífico pueblo de Martí aún puede dar otra lección al mundo en su confrontación con el imperialismo, cumpliendo la advertencia que el poeta chileno Pablo Neruda escribió para los monopolios estadunidenses en su Canto General: “No entres a Cuba, que del fulgor marino/ de los cañaverales sudorosos,/ hay una sola oscura mirada que te espera,/ un solo grito hasta morir o matar”.

Ante el recrudecimiento de la agresión contra Cuba se requiere la hermandan de los trabajadores del mundo. La solidaridad de los pueblos del mundo con el pueblo de Cuba y su revolución, debe implicar ahora el impulso de acciones para romper el cerco energético impuesto contra Cuba. En el caso del pueblo de México, la afirmación de la soberanía nacional, para que no se permita el amedrentamiento de otros gobiernos y se restablezca el comercio de petróleo mexicano para el pueblo cubano.

Exigir el envío de petróleo a Cuba es un paso con el que el pueblo trabajador de México afirma su independencia de las decisiones del imperialismo, tanto el que tiene asiento en Estados Unidos como el que anida en nuestra propia nación. Es el primer paso para afirmar la vigencia de la sentencia final de la Segunda Revolución de La Habana, que la humanidad ha dicho ¡basta! Y ha echado a andar, y que su marcha no se detendrá.

* Historiador de la ENAH