n la tradición de los movimientos revolucionarios se diferenciaban las guerras entre Estados de las guerras contra las clases y pueblos oprimidos. Esa fue la posición de quienes se negaron a apoyar el esfuerzo de guerra que demandaban las burguesías durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) entre las Potencias Centrales (imperios austrohúngaro, alemán y otomano) frente los Aliados (Francia, Rusia, Italia, Reino Unido, Estados Unidos y otras naciones occidentales).
Lenin y Trotsky se quedaron solos junto a un puñado de internacionalistas (se dijo que todos entraban en dos taxis), mientras el grueso del movimiento socialista agrupado en la II Internacional derrapó en el apoyo a los créditos para la guerra. Frente a esta traición, porque esa corriente había asegurado que jamás apoyaría la guerra, el movimiento se fragmentó y se debilitó enormemente. Sólo el activismo de los obreros y campesinos rusos, y luego de otros países, consiguió poner las cosas en su lugar.
Para ello, empero, debieron morir más de 20 millones de personas, amontonadas en pestilentes trincheras bajo el mando de oficiales despiadados y crueles. La rebelión de los trabajadores forzados a ir a la guerra, fue clave tanto en el triunfo de la revolución rusa como en el extenso movimiento que atravesó el continente europeo exigiendo la paz inmediata.
Los bolcheviques fueron el epicentro del rechazo a la guerra desde la defensa del movimiento obrero y campesino. Una vez en el poder, firmaron la paz (Brest-Litovsk), impopular porque Rusia perdía territorios, pero necesaria para poner fin a la masacre y cumplir las promesas de quienes llegaron al Palacio de Invierno con los lemas “Paz, tierra y pan”.
En la segunda guerra desatada en 1939, no se siguieron los mismos patrones ya que desde la revolución rusa la III Internacional promovía la “defensa de la patria soviética” frente a la agresión nazi, o ante cualquier enemigo exterior o interior. La defensa de la URSS fue sinónimo de la defensa de un Estado que asesinó a millones de campesinos y cientos de miles de obreros comunistas. Con los parámetros actuales, deberíamos decir que fue un Estado genocida.
Este profundo viraje tuvo duraderas con encías para los movimientos revolucionarios, hasta el día de hoy. Una de ellas es la dificultad para diferenciar entre pueblos y gobiernos o Estados. La defensa de los pueblos es un principio básico para cualquier persona que crea ser de izquierdas, pero ahora esas categorías están metidas en una suerte de revoltijo que todo lo confunde.
Siempre defendimos al pueblo vietnamita agredido por el imperialismo yanqui, con el mismo énfasis que apoyamos al pueblo cubano o al ucranio agredidos por sendas potencias imperiales. A partir de aquí, las izquierdas y el pensamiento crítico oficialista afinaron argumentos diciendo que no es lo mismo Estados Unidos que Rusia o China, asegurando que éstas no son imperialistas o, por lo menos, no son igualmente enemigas como los yanquis.
Podemos decir que las “revoluciones triunfantes” limaron las aristas más filosas del pensamiento crítico hasta volverlo irreconocible por su afán estatista. Las oleadas de movilización popular se vienen estrellando contra los Estados y gobiernos progresistas, como lo demuestran las impresionantes revueltas en Chile, Ecuador y Colombia desde 2019. La energía colectiva de los pueblos está siendo neutralizada por los gobiernos y los partidos que trabajan para fortalecer a sus Estados-nación.
El daño producido por el viraje del poder soviético hacia la defensa del Estado, es tan profundo y duradero que el imaginario rebelde popular ya no puede imaginar un horizonte más allá de las instituciones que los oprimen. En este punto, las revoluciones posteriores a la rusa no pudieron modificar su actitud hacia el Estado, y cuando triunfaban repetían más o menos los mismos argumentos que los bolcheviques.
Alguien podrá objetar, si no resulta necesario defender gobiernos y Estados que se dicen revolucionarios. Entiendo que se trata de un debate necesario pero casi marginal en la realidad actual. Mi opinión es que no existen ni pueden existir estados revolucionarios, porque son aparatos creados para el control y la opresión de las poblaciones, con sus fuerzas armadas y policiales, su aparato de justicia y sus mecanismos de “educación” de la población.
Ser revolucionario, como ya mencionó el capitán Marcos, es ser un profesional de la captura del poder estatal. “Un revolucionario se plantea fundamentalmente transformar las cosas desde arriba, no desde abajo, al revés del rebelde social”. Duro de aceptar. Pero, acaso, ¿no es la lógica de la rebeldía social la que vienen practicando los pueblos originarios, negros y campesinos en este continente, al organizarse abajo, transformando su mundo sin pensar en la toma del Estado?
Como siempre, no hay nada como aprender con los pueblos, caminando sus pasos y dejando que la vida colectiva haga su trabajo al transmutar el dolor en esperanza.











