Incertidumbre
ablar de las ocurrencias de Donald Trump parece algo trivial, monótono y repetitivo. Es evidente que día con día tendrá una nueva tanto o más disparatada que las del día anterior y al día siguiente la negará para inventar una nueva. No se sabe bien a bien cuándo cumplirá con lo dicho o cuando lo negará. Si eso sucediera con cualquier otro dirigente tal vez no habría mayor consecuencia. El problema es que el protagonista de este juego infantil es ni más ni menos que el presidente del país más poderoso del planeta, con capacidad de cambiar el rumbo del mundo en cuestión de segundos. Esa capacidad le ha valido para realizar acuerdos y deshacerlos según sus humos, para destruir la cotidianidad de la vida de millones de seres y desnaturalizar las relaciones humanas.
La incertidumbre entre los estadunidenses sobre lo quesucederá, ya no en el futuro inme-diato, sino al día siguiente, parece algo que pocas veces ha sucedido a una sociedad cuya seguridad está, o estaba, basada en una serie de normas jurídicas, éticas y morales que le daban certeza a su vida diaria. Esas normas han sido violentadas una a una por la decisión de una persona que no parece estar en sus cabales y cuyo ego es lo único que define su proceder.
A pesar de que las encuestas de opinión demuestren que la popularidad del presidente está en picada, su círculo más cercano es incapaz de emitir una opinión que al menos matice un poco sus yerros y dislates. Escuchar a sus secretarios y a quienes pertenecen a su círculo inmediato apoyar y reiterar las falsedades que su jefe insiste en repetir es desconsolador y, en ocasiones, hilarante. Pareciera que son incapaces de escuchar, ya no digamos entender, las opiniones de quienes, avalados por su calidad ética y moral, tienen una vasta experiencia y conocimientos en la administración pública. Demuestran su servilismo sin límites y su ignorancia supina. En el colmo de la sumisión, el secretario del tesoro ha aplaudido la más reciente ocurrencia de su jefe en su intención de plasmar su firma y su cara en billetes y monedas con motivo del 250 aniversario de la independencia. Desde que en 1861 Abraham Lincoln firmó el decreto para que fuera la firma del tesorero en funciones la que apareciera en los billetes, ningún presidente había osado tal atrevimiento, así como tampoco poner su nombre en un puñado de edificios e instituciones como lo ha hecho Trump.
Hay quienes piensan que los pocos que en su partido se han atrevido a enmendarle la plana pudieran abrir la puerta a un cambio en el rumbo que tan equivocadamente ha emprendido Donald Trump. Es una gran incógnita.











