l estrafalario presidente de Estados Unidos parece fatigado, pero no cesa. Hay un espanto generalizado frente al insensato sin control que puede asesinar a diestra y siniestra con la fuerza militar más letal que haya existido, deleitándose mientras mata. Trump está cada vez más desequilibrado, y nada ni nadie puede detenerlo. Es una tragedia de alcance planetario que la historia registrará como uno de los momentos más oscuros de la historia humana. Trump sabe y se ufana de su poder cuasi absoluto. “Sí, hay una cosa (que puede detenerme). Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es la única cosa que me puede parar… No necesito el derecho internacional”, dijo impertérrito. Quién no recuerda esa jactancia desquiciada de los primeros días del año. Lo insólito no es la insolencia inenarrable, sino que efectivamente no haya quien pueda detenerlo; no existe en Estados Unidos poder ni recurso contra la proscripción de la ley.
Trump inauguró en el campo internacional la geopolítica absoluta, es decir, con la ley proscrita. No necesita el derecho internacional y lo demuestra cada día. Cañones para quien alce las cejas. No es que Estados Unidos se haya apegado en el pasado al derecho internacional. Pero, como dijo en enero Mark Carney en Davos, con cara de póquer: “… el poder del sistema (global) no proviene de su verdad, sino de la voluntad de todos de actuar como si fuera verdad… Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximían cuando les convenía…”; había esas (cuasi)reglas.
Ese orden chafa, basado en reglas (impuestas por Estados Unidos), fue abatido por Trump. No quedó ni rastro. Cada día gobierna una ocurrencia trumpiana distinta, siempre a favor de Estados Unidos, pero también a favor de Trump, de su familia y de su camarilla. Porque el espíritu de mercader que puede despojar a los demás como en despoblado, Trump lo pone por delante sí o sí. Son las nuevas reglas.
La geopolítica absoluta con la ley proscrita discurre mediante dos poderes: el poder blando, como los aranceles locos, y el poder duro de las armas. Uno u otro bajo la ley dictada por Trump, cada vez. Los aranceles son ilegales, según el fallo de la Corte Suprema, pero no importa, Trump ha hecho caso omiso de ese fallo. Insultó a los jueces y la Oficina de Aduanas bloqueó la decisión, alegando que era imposible devolver los 166 mil millones de dólares que se embolsó el gobierno de Trump.
Mucho más graves, las decisiones del poder duro. Trump desata guerras al margen del Consejo de Seguridad de la ONU y al margen de su propio Congreso. El exterminio que tiene lugar en Palestina, el asesinato masivo de seres humanos, la carnicería en la antigua Persia, acompañado de Netanyahu, su matón de cabecera, dejará inmensas cicatrices para el siglo XXI y más allá. Trump ya ha declarado la muerte de Irán. El mundo está cambiando para siempre. Los pueblos masacrados no olvidarán a los asesinos. Estados Unidos tendrá que vivir con las pistolas en las manos día y noche, pero no se salvará de la justicia ni, irremediablemente, de la venganza.
No olvidemos al New Start, último pacto nuclear entre Estados Unidos y Rusia. Limitaba los arsenales estratégicos de ambos y expiró el 5 de febrero de 2026, sin ser renovado, por decisión del carnicero. Por lo pronto, Trump respeta únicamente a los países con armas nucleares.
El mundo está cambiando. Será la actuación de todos, con su muy desigual fuerza, la que irá dando forma al nuevo mundo. La configuración del poder en Estados Unidos en los próximos años parece a merced del trumpismo. Trump y su camarilla ya han mostrado que harán todas las chapuzas necesarias para retener el poder. Trump anhela ser dictador. Alcanzará su sueño, salvo que la evolución de su demencia lo evite; puede ser desplazado por otro tumpista como JD Vance o Marco Rubio. La posibilidad de un cambio de la ruta trumpista depende en todo caso de un suceso extraordinario: un levantamiento enérgico de la población. No es imposible.
En tanto, especialmente el Sur global no puede esperar a que las cosas cambien de rumbo en Estados Unidos. Es preciso avanzar, tan lento o tan aprisa como las circunstancias lo permitan. Es la propuesta que ha hecho México en la última reunión de la CELAC en Bogotá, el pasado fin de semana, por medio del canciller Juan Ramón de la Fuente: América Latina y África deben unir destinos de cara al mundo en descomposición. Diría que es menester contar con Asia. Se trata de un camino que deben emprender las fuerzas progresistas de esos continentes, como lo propone la Primera Conferencia Internacional Antifascista por la Soberanía de los Pueblos, que se celebrará en Porto Alegre del 26 al 29 de marzo. Unir con ese objetivo a las izquierdas del mundo. Asistirán al acto miles de representantes de unos 70 países.
Los debates se centrarán en el fortalecimiento de los movimientos sociales, ecofeministas y sindicales, así como en la solidaridad internacional en la lucha contra el fascismo, pero también en las posibilidades y los límites de la acción institucional. Es hora de dar los primeros pasos para prefigurar ese mundo diferente.











