Opinión
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Tatiana Coll y Cuba
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atiana Coll ha vivido muchas vidas en una sola. Con 18 años, participó intensamente en el movimiento estudiantil-popular de 1968, en el que selló un compromiso personal para siempre con las luchas emancipadoras. Cortó caña en Cuba en la famosa zafra de los 10 millones de toneladas en 1970, marchó el 10 de junio de 1971 y sobrevivió de milagro.

Fue secretaria particular de Arnaldo Orfila en Siglo XXI Editores y acompañó la formación de los Cordones Industriales en el gobierno de Salvador Allende en Chile. Ha sido militante revolucionaria, periodista, investigadora, maestra y sindicalista en la UPN, socióloga de la educación, doctora y asesora de la CNTE.

Se acercó a la izquierda desde que nació. Está en su ADN. Su padre, el arquitecto Óscar Coll, fue exiliado español, capitán de Brigada de Ingenieros en el Quinto Regimiento; entusiasta de la corriente de la Bauhaus, con tenacidad peleó en la decisiva batalla del Ebro. Pasó una temporada en el infierno del campo de concentración de Argelès-sur-Mer, de donde salió casi sin dientes, hasta que logró embarcarse en el buque La Salle y navegar hasta República Dominicana, para luego viajar a La Habana y a México.

Por el lado de su madre, su abuela Margarita Spengler se incorporó al brazo armado del Partido Social-Revolucionario de Rusia y ejecutó un atentado contra un funcionario del zar, lo que le valió el exilio en París. Su abuelo, Vladimir Lebedeff fue dirigente de la II Internacional en los Balcanes.

Recién entrada a la Facultad de Filosofía de la UNAM, Tatiana participó en el mitin para celebrar el 26 de julio el Asalto al Cuartel Moncada. Ya desde antes, traía bien dentro la pasión por la revolución cubana, que la ha inspirado en su inclaudicable travesía por otro mundo. Se la transmitió su padre, que viajó a un congreso de arquitectos en la isla en 1962 y regresó convencido de que allí se estaba cumpliendo el sueño no realizado en España.

En la UNAM se incorporó a la Liga Comunista Espartaco (LCE). Reprimido el movimiento, cada domingo iba a Lecumberri a visitar a los presos, en lo que fue un curso intensivo de formación política. Se inició en el periodismo, participando en la confección, junto a Mercedes Perelló y Plutarco García, de Lucha popular. “Recuerdo –platica– que en la Liga tenías que leerte como 20 veces los cinco artículos permanentes del presidente Mao”. Pero ni la propaganda china ni el maoísmo la convencieron, así que estudió marxismo a fondo. Igual, todavía como parte de esta corriente, participó en la lucha campesina de Monte de Chila, en Puebla.

En junio de 1970, se integró a la Brigada Latinoamericana para la Zafra de los 10 millones en Cuba. Cuenta: “El impacto de esa experiencia me dura hasta hoy. Fue una verdadera conmoción. En Cuba todo fue significativo. Entendí lo que es el imperialismo de carne y hueso, encarnado. Lo sentí, más allá de las definiciones”.

En la isla entró en contacto con la izquierda continental y conoció militantes de los más distintos países. Se relacionó con el Departamento América, del Partido Comunista de Cuba, dirigido por el comandante Manuel Piñeiro. Se unió con Agostinho Fiordelisio, militante de ALN de Brasil, y papá de sus hijas, Tatiana y Mariana.

En la Antilla mayor, la reclutaron para realizar trabajo internacional. Así que, al regresar a México, su vida se bifurcó. Por un lado, realizaba sus actividades políticas usuales y trabajaba como secretaria particular de Arnaldo Orfila. Por otra, sin que fuera público, era parte de la red de apoyo a los movimientos de liberación nacional latinoamericanos. Aquí se organizaban reuniones de dirigentes revolucionarios que asistían a encuentros clandestinos o estaban en tránsito hacia la isla, y se les conseguían casas de seguridad, rutas de traslado, carros, documentos de identidad y pasaportes. Hasta que la represión complicó las cosas y, en septiembre de 1971, en una reunión con Orfila y compañeros de Cuba, le dijeron “váyanse a Chile”.

Tatiana acompañó en ese país los procesos de educación popular y autorganización obrera hasta que, a punto de dar a luz, Salvador Allende fue depuesto por un criminal golpe de Estado. Refugiada en la embajada de Argentina, se le rompió la fuente y tuvo que trasladarse a una clínica, vigilada por carabineros. Recuerda: “en la noche llega un médico viejito y me dice: ‘soy de la Democracia Cristiana. Aquí nadie la quiere atender. Soy médico, no puedo dejarla así. La voy a atender’”. Poco después del parto, logró escapar de la clínica con su bebé y regresar a la embajada.

Lejos de disminuir con el paso del tiempo, la llama de ese compromiso inicial se ha avivado con el paso de los años. Tatiana ha sido reportera en Juventud Rebelde y Por Esto!, y articulista en La Jornada. Participó en la formación del PSUM y del PRS. Hizo un doctorado en sociología en la UNAM y es autora de importantes libros sobre educación y movimientos sociales. El más reciente de ellos es Entre Quetzalcóatl y el Che. Laurette Séjourné: una vida a contracorriente en el México del siglo XX, obra clave que tiene como telón de fondo la guerra de las ideas en el continente.

Luego, con el naufragio de la izquierda partidaria, su militancia se decantó en solidaridad con las luchas de El Salvador y Guatemala, y, más tarde, con el movimiento zapatista. Y, tras la caída del campo socialista, su compromiso fundamental se centró en la revolución cubana, procurando rescatar la esencia de los principios centrales del cambio que representa la isla para la humanidad.

Hoy, cuando una agresiva enfermedad ha minado su salud, mantiene su voluntad de seguir adelante contra viento y marea. Como si fueran partes de guerra, envía a compañeros y amigos detallados informes de su batalla contra el mal. Con Cuba en su corazón, encara cada reto con la misma indoblegable voluntad con la que ha hecho frente a cada uno de los desafíos que ha sorteado a lo largo de sus 76 años. Tatiana es –como la definió Jorge Enrique González– historia viva.

X: @lhan55