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Somos lo que olvidamos

E

n alguna de sus novelas, cuyo título ahora mismo no recuerdo, Margaret Atwood aseguraba que somos preponderantemente lo que olvidamos. Eso que no sabemos de nosotros mismos y que, para colmo de males, no sabemos que no sabemos, ejerce un poder espectacular sobre lo que nos constituye. La neurología nos ha enseñado que olvidar es tan importante como recordar. Si esto fuera cierto, y parece que lo es, ¿será posible en sentido estricto hacer un recuento de lo que olvidamos?

En 1975, Joe Brainard publicó su muy celebrado I Remember, traducido como Me acuerdo por Julia Osuna Aguilar para la editorial Sexto Piso, una larga lista de evocaciones personales que, a través de objetos y sucesos nimios, reconstruye una autobiografía sin aparente centro. Del recuerdo de su primer cigarrillo, marca Kent, que fumó en una colina de Oklahoma con un tal Ron Padgett, a la imagen ostensiblemente imborrable de Frank O’Hara bajando por la Segunda Avenida una fría tarde de inicios de primavera, la prolija memoria de Brainard conjura un mundo hecho de gestos mínimos, entre los que resaltan aquellos que acechan la experiencia queer. Inspirado por este ejercicio memorístico, Georges Perec coleccionó a su vez 480 recuerdos numerados en Je me souviens, publicado en 1978. Y lo mismo hizo años más tarde Margo Glantz en Yo también me acuerdo.

Pero, ¿y si de verdad somos preponderantemente lo que olvidamos? En 2025, la autora argentina Fernanda García Lao publicó con Kriller71 Ediciones (No) me acuerdo, un libro en el que cada fragmento señala la ausencia de un recuerdo: “No me acuerdo del momento exacto en que tuve tetas ni qué pensé al menstruar”, asegura. Precedidos por un epígrafe de Mary Ruefle, “Nunca tuve mucha idea de quién soy/ y en ese sentido tuve suerte”, los olvidos de García Lao configuran una noción dispersa del yo, pero muy precisa del cuerpo. En una de esas señala: “No me acuerdo con la memoria. Lo que sé, me ha sucedido en el cuerpo”.

Y es precisamente hacia la médula del cuerpo que nos encauza la artista mexicana Lorena Wolffer en Archivo oscuro/Dark Archive, una publicación bilingüe de La Duplicadora, en el que confronta aquello que, habiendo acontecido, no se recuerda. La evidencia, en este caso fotografías y videos, confirma que algo sucedió, pero la memoria, evadida u ocluida, huye, acaso con desesperación. Las palabras de Wolffer a un costado de las imágenes disponen el rastro de ese oscurecimiento. Están, por ejemplo, las fotografías en blanco y negro (la receta de un siquiatra, un salón de clase, una calle de Barcelona) en las que se intuye o confirma su participación, pero que Wolffer no recuerda en absoluto. Y las otras fotografías, en rojo y negro, que sólo recuerda oblicuamente: la foto en que abraza a su madre y de la que sólo rememora la camisa que llevaba puesta.

La desmemoria aquí no se contenta con señalar la naturaleza porosa del recuerdo, su carácter siempre inacabado e imperfecto, esa manera suya de despedazarse en fragmentos para conformar, con suerte, un todo de difícil captura. La desmemoria de Wolffer hace más. Luego de anunciar que sus primeros recuerdos empiezan tarde ya, alrededor de los 10 años, también asegura que “casi todos están relacionados con el sexo, abusos y violencias”. En Recuperación, la sección dominada por fotografías de ciudades o de personajes famosos, las letras en rojo y en mayúsculas anuncian la violencia de género que subyace, invisible pero insidiosa, estructurando no sólo el paisaje, sino también la mirada: acoso sexual por parte de funcionario cultural, drogada con yumbina por escultor, violación por parte de pintor mexicano, acoso por parte de un familiar. Las frases, sólo aparentemente objetivas y frías, estremecen y, luego de unos segundos, desatan procesos de memoria compartida. Los cuerpos no normativos saben y sabemos.

El libro es así tremendamente íntimo, pero no ensimismado. En juego está la experiencia de un yo nunca desasido del sistema patriarcal que condena a tantos a la experiencia de la violencia en primera persona. Los materiales de su archivo oscuro nos competen en reclamos de justicia y procesos de revelación. En la sección intitulada Back up, Wolffer declara que, en 2010, finalmente pudo “decir en voz alta que mi heterosexualidad había sido una ficción performática, minuciosamente manufacturada durante tres décadas”. También dice: “Las primeras veces que logré suprimir la seducción como primer lenguaje sentí una mezcla de miedo y alivio”. La tipografía, comúnmente conocida como fuente de contorno, abre un hueco en cada letra, agrandándola. En ese hueco cabe lo que olvidamos, y también, acaso, cabe la verdad.