La documentalista independiente Shula Erenberg y el sociólogo José Miguel Candia relatan las vivencias que los impulsaron a huir en 1976 de la represión en su país
Lunes 23 de marzo de 2026, p. 9
Seis meses después del golpe de Estado en Argentina, Shula Erenberg llegó a México. Huyó de la represión del régimen de facto del general Jorge Rafael Videla, que le desapareció a seis miembros de su familia, entre ellos a su compañero Víctor y a su suegro. Venía con su pequeña hija, Natalia, quien entonces tenía apenas un año de edad y “aprendió a caminar en México”.
A 50 años de distancia, rememora cómo salió de su patria y su arribo a México, donde rehizo su vida: es madre, abuela, esposa y documentalista independiente.
El 24 de marzo de 1976 los militares –con la intervención de Estados Unidos– dieron un golpe de Estado en contra del gobierno de la presidenta constitucional María Estela Martínez (viuda de Juan Domingo Perón). Fueron siete años de represión, persecución, detenciones, desapariciones forzadas y torturas hacia los opositores. Se ha logrado documentar la desaparición de 30 mil personas y, tras el regreso de la democracia en aquel país y el empuje de las organizaciones de derechos humanos y de las víctimas, al menos mil militares enfrentan juicios.
La familia de Shula Erenberg fue desaparecida por los militares. Primero se llevaron a su suegro, en junio de 1976. “Lo secuestraron y nunca más supimos de él. Ahí nos dimos cuenta de que nos estaban buscando a nosotros; quedamos clandestinos y tuvimos que salir de la casa”, cuenta.
La supervivencia la orilló a huir con su pequeña “a donde fuera”. Su suegra, Laura Bonaparte –quien después fue una de las figuras del colectivo Madres de la Plaza de Mayo–, se encontraba entonces en México. Víctor, el padre de su hija, decidió permanecer en Argentina para seguir con la búsqueda de su padre.
“Tenía 22 años cuando llegué”
Shula y la pequeña Natalia salieron vía terrestre rumbo a Uruguay. Pudieron tomar un vuelo, primero a Brasil, y posteriormente a territorio mexicano. “Tenía 22 años cuando llegué a México, el 13 de septiembre de 1976”, recuerda.
Siempre se prometió que regresaría a su patria, pero los años de dictadura se extendieron (1976-1983). “Hicimos un intento, fuimos a Argentina cuando fue la democracia, con Raúl Alfonsín, pero nada, a los pocos años nos regresamos a casa: México”, expresa.
Cinco décadas después reflexiona y tiene claro que el golpe militar en Argentina no fue casual, sino que se trató de una estrategia en prácticamente todo el hemisferio, donde se instauraron dictaduras impulsadas por Estados Unidos, aunque México, dice, fue una excepción.
“En Argentina hubo un golpe militar para poder facilitar un proyecto económico y eso mismo pasó en el resto del continente”, define.
Tuvo que esperar siete años para conocer la fecha exacta en que Víctor fue desaparecido (el 14 de mayo de 1977). Lo supo en 1984, con la instauración de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, con el gobierno de Alfonsín.
Si bien destaca los avances en gobiernos como los de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, Erenberg afirma que sigue a la espera de un proceso de justicia total. Además de su suegro y Víctor, el régimen dictatorial desapareció a sus cuñadas Aída e Irene, y a sus esposos Adrián y Mario.
“Recién el año pasado mi hija y yo pudimos testimoniar, nada más. Eso no quiere decir que el juicio empezó. Me parece terrible que aún no se haga justicia, que no se pueda saber dónde están esos seis seres queridos o qué pasó con ellos”, reprocha.
Hoy lamenta que Javier Milei haya triunfado por la vía electoral como presidente de su país, por el golpe que significa para los movimientos progresistas: “Está diciendo que es mentira lo de los 30 mil desaparecidos y quiere liberar a los militares que están en la cárcel. Eso sería un retroceso terrible”.
“Se sigue reclamando que digan dónde están”
Otra víctima de la dictadura argentina es el sociólogo José Miguel Candia, quien entonces formaba parte de las Juventudes Peronistas, y hoy es ciudadano mexicano tras exiliarse en nuestro país.
Afirma que aquel hecho “tuvo la misma dimensión que el golpe de Augusto Pinochet contra el presidente Salvador Allende, en Chile, el 11 de septiembre de 1973”.
Durante los primeros meses de la dictadura fue capturado, pero logró sobrevivir. Ante los riesgos, optó por exiliarse en México, en 1976.
“La dictadura que se instauró el 24 de marzo de 1976 puso en marcha una maquinaria de muerte cuyo principal mecanismo aplicado de manera masiva era la detención y secuestro de los opositores más activos, interrogatorios mediante tortura y después desaparición de esas personas. Ese fue el legado tremendo.
“Cincuenta años después vemos con horror cómo dejó secuelas esa dictadura. Hasta la fecha, la sociedad argentina sigue reclamando por los desaparecidos, que digan dónde están y el nunca más. Son consignas que mantiene el movimiento de los derechos humanos en Argentina”, señala.
Afirma que México fue “una nueva casa” para él y para muchos de sus connacionales que huyeron de la dictadura, y les brindó la oportunidad de reintegrarse tras perderlo prácticamente todo.
Crítico de los movimientos de izquierda actuales, afirma que se deben redefinir contenidos y estrategias ante “el nuevo oscurantismo” que azota a la región y al mundo.
“Hay que ponerle contenido a las cosas, como el llamado Escudo de las Américas, que tiene que ver con esa foto horrible en la que aparece Donald Trump sentado en una mesa, y está rodeado de lambiscones, genuflexos, claudicantes: 12 mandatarios latinoamericanos que dieron su visto bueno para crear un mecanismo de defensa supuestamente de lucha contra el narco. Por suerte no estaba Brasil, Colombia ni México. Algo ha pasado en nuestra región y el mundo para que se llegue a esta situación”, advierte.











