Opinión
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Crecer en la incertidumbre
E

l consenso en la última Convención Bancaria fue de una claridad casi quirúrgica: México necesita crecer. No es una aspiración retórica, es una urgencia aritmética. Sin embargo, la hoja de ruta para alcanzar ese objetivo se ha vuelto un laberinto de variables internas y presiones externas que desafían la lógica económica tradicional. Para crecer se requiere inversión, tanto pública como privada. Pero la inversión no surge en el vacío; la pública exige finanzas sanas y una liberación del gasto irreductible, mientras que la privada demanda, por encima de todo, certidumbre jurídica y una reducción sustancial en la aversión al riesgo.

Históricamente, nuestra memoria económica está marcada por las crisis sexenales. Durante décadas, el ciclo de desplome del PIB y su posterior recuperación lógica definieron el ritmo del país. Una vez superado ese trauma en este siglo, la realidad que emergió es mucho más incómoda: el magro crecimiento nacional no es un problema de etiquetas ideológicas, sino de estructura profunda. Estamos ante un país anclado en la informalidad, con una dependencia sistémica de las remesas y una fragilidad laboral crónica. A esto se suma un bono demográfico que ha comenzado su fase de inversión y un entorno de inseguridad que actúa como un impuesto regresivo a la competitividad.

En este escenario de vulnerabilidad estructural, el factor externo ha dado un vuelco dramático. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reconfigurado el tablero de riesgos. Para el inversionista global, las dudas ya no son sólo sobre el mercado local, sino sobre la viabilidad del T-MEC y la estabilidad de la integración con América del Norte. México se encuentra en una paradoja: nuestras ventajas logísticas y de manufactura son estructuralmente sólidas y racionalmente imbatibles, pero hoy se topan de frente con una lógica política que ignora los fundamentos económicos.

El problema actual no es de racionalidad de mercado, sino de colisión política. La agenda de Washington ha vuelto a poner a América Latina bajo un escrutinio absoluto, convirtiendo la relación bilateral en el punching bag predilecto de cara a los ciclos electorales. Esta dinámica ha transformado la vecindad con Estados Unidos de una ventaja competitiva previsible en un factor de tensión constante. El pragmatismo que dominó los últimos 40 años ha sido sustituido por una política de influencia hemisférica mucho más agresiva.

Bajo esta nueva óptica, México está obligado a jugar en dos pistas simultáneas. La primera es la interna, donde el ataque a las causas del bajo crecimiento debe ser frontal. Esto implica reformar la estructura para reducir la informalidad y fortalecer el estado de derecho, otorgando la confianza necesaria para que el capital de largo plazo se asiente. Sin orden interno, no hay narrativa exterior que alcance para convencer a los mercados.

La segunda pista es la diplomática y geoestratégica. Estados Unidos, tras años de relativa ausencia en el diseño de políticas para la región, ha regresado para impulsar sus intereses con mano firme. Lo hemos visto con el endurecimiento de posturas hacia Venezuela y Cuba, y más recientemente con las señales enviadas hacia la administración de Petro en Colombia. Si bien México posee una dimensión económica y demográfica distinta, no debemos caer en la complacencia. La historia reciente nos muestra que las reglas se están redefiniendo globalmente; lo que antes era impensable –como un ataque directo a los intereses de potencias regionales en Medio Oriente– hoy forma parte del menú de opciones tácticas en Washington.

El reto para México es, por tanto, monumental. Necesitamos crecer en un entorno donde el proteccionismo estadunidense y la inestabilidad institucional interna tiran en direcciones opuestas. La certidumbre jurídica no puede ser un concepto abstracto, sino una garantía operativa. Si México no logra blindar sus ventajas estructurales frente al ruido político del norte y, al mismo tiempo, sanar sus heridas estructurales domésticas, el riesgo de “pasar de largo” se convertirá en una realidad permanente para los capitales globales.

En conclusión, el crecimiento no vendrá por inercia ni por la simple vecindad geográfica. La interrogante sobre cómo crecer en este entorno de redefinición de reglas sigue abierta, y la respuesta exigirá una pericia técnica y política que México no ha tenido que desplegar en décadas.