n mal perdedor puede ser la persona más peligrosa y vengativa. Su incapacidad para salir adelante en cualquiera de sus metas lo puede volver propenso a recuperar terreno y ganarlo con todos los medios a su alcance. Debido a la característica de mal perdedor que distingue a Donald Trump, no ha sorprendido a nadie el alcance de su agenda vengativa. Pero, su gesto al expresar el gusto que le causó la muerte de Robert Mueller, a quien legisladores, comentaristas políticos y la sociedad estadunidense en su conjunto consideraban un funcionario respetable y fuera de serie, habla de una más de las características del presidente de Estados Unidos: la mezquindad.
Donald Trump no es capaz de distinguir a un adversario político o una persona que piensa diferente; para él todos son sus enemigos acérrimos y como tal los trata. Si eso ya es grave, lo es mucho más por ser huésped de la Casa Blanca. Así lo ha demostrado no sólo en el plano interno, sino también en el internacional, donde trata de imponer caprichosamente su política.
Los aliados históricos de Estados Unidos se han convertido en enemigos. Los ha insultado cuando han discrepado de su atrabiliaria manera de resolver conflictos con algunos de ellos. Primero regañó a la Unión Europea por no replicar las normas de gobierno que él ha impuesto en Estados Unidos, y recientemente reprendió a la OTAN por no acceder a su petición de intervenir en el estrecho de Ormuz.
Un reciente artículo de la revista The Economist da cuenta de algunas de las frecuentes e irracionales apuestas en las que Trump ha embarcado a su país. Salir airoso de ellas dependerá, en parte, del poder que tenga sobre su partido. Pero, el incumplimiento de algunas de sus promesas, como evitar más guerras y combatir la inflación y la carestía, pudiera revertir ese apoyo.
Por lo pronto, 13 soldados estadunidenses han perdido la vida en una guerra por la que él optó sin mediar objetivo ni estrategia clara. Derivado de esa guerra, el aumento en el precio de los energéticos y su errática política arancelaria, la inflación persiste y amenaza con iniciar un ciclo que agravará aún más la precaria situación de millones de personas.
Por todo ello, sorprende que 75 por ciento de los republicanos aún lo apoyen. Sin embargo, criticando su aventurerismo, algunos ya han empezado a saltar del barco, entre ellos connotados líderes de su partido y comentaristas políticos afines a su causa.
Ante la probabilidad de que la guerra con Irán se extienda, no sería extraño que decidiera atacar a Cuba, que con sus limitados recursos militares sería una presa a la mano para que el maestro de la distracción demostrara a su rebaño su grandeza. Es difícil que Trump salga airoso de su aventura en Irán, por tanto, habrá que tener cuidado, ya que es un mal perdedor, concluye The Economist.











