La crianza del toro de lidia exige una rigurosa selección genética en la que predomine la bravura, sostiene experimentada veterinaria
a tipificación en el grado de las caídas –prosigue la MVZ Guadalupe Martín del Campo– está un tanto estandarizada por aquellos que realizan investigación y la mayoría coincide en clasificarla en 6 grados, del más leve al más grave, lo que sí es claro y ha sido una constante en varias publicaciones científicas, es que la mayoría se dan en la muleta.
“Las causas han sido descritas desde las simples que atribuyen el problema a razones físicas como traumatismos del transporte o fraudes como el dopaje que pueda mermar la fuerza del animal, etcétera; fisiológicas por alteración o procesos metabólicos debidos al estrés, debilidad muscular por largas estancias en corrales y chiqueros, etcétera; y las complejas, que consideran el origen genético del síndrome, así como por cuestiones de desbalance nutricional aunado a un mal o nulo acondicionamiento físico durante la fase de remate de un encierro.
“En los pasados años ha cobrado preponderancia el aspecto nutricional y el acondicionamiento físico para combatir las caídas y, aunado a eso, observar un rendimiento en el ruedo exaltando lo que llamamos bravura. Una similitud un tanto profana: el toro de lidia es un atleta de alto rendimiento pero, a diferencia de otras especies que también pueden caer en esta similitud (caballos utilizados para el deporte o caninos en la misma situación), en el toreo no hay varias lidias o competencias, sino que todo se juega a una sola ocasión que dura minutos escasos. “Por tanto, no basta dar los kilos en la báscula como un bovino de carne que va al abasto y en el que se procura acumule músculo y grasa, sino que debe ser un toro apto con condición física y metabolismo acondicionado para rendir al más alto nivel; mientras un bovino para carne es preciso que camine lo menos posible, el toro de lidia debe ser capaz de movilizarse y acometer con bravura sin inmutarse.
“Nos centraremos ahora en lo que vemos en las plazas como aficionados. No cabe duda que los esfuerzos por parte de investigadores, veterinarios de campo, nutriólogos, ganaderos escrupulosos y demás personas involucradas en la crianza del toro bravo para contrarrestar la presentación y frecuencia de esta condición tan lamentable, son loables, aunque aún queda camino por andar.
“Sin duda, quienes asistimos a una plaza llevamos la intención de vivir las emociones que solamente encontramos en este arte. Además, admiramos al toro de lidia, lo consideramos un ser imponente, bello, mítico, que representa fuerza, dignidad, virilidad y cualquier otro atributo que usted considere y se me escapa en este momento, sin embargo, el ver que en el desarrollo de la lidia claudica, declina, y el torero se vuelve una clase de ‘enfermero’ para lograr sacar un muletazo y mantener al toro de pie, es por lo menos una escena desesperante, decepcionante, indigna y patética…y lógicamente esto es absolutamente contrario a la emoción profunda de la sensación de peligro latente en medio de la plasticidad más sublime que nos hace vibrar los sentidos y el espíritu durante una corrida.
“Finalmente, todos los esfuerzos y estrategias para evitar la condición que aquí hemos tratado, van a exigir por delante una rigurosa selección genética en la que predomine la bravura; el tener el esmero y cuidado en los aspectos comentados desde que nace el becerro hasta su fin en un ruedo deberán ir encaminados a que se manifieste sin lugar a dudas el propósito para el que fue criado: ¡ser bravo!”, remata Guadalupe Martín del Campo.











