urante su participación en un foro entre Latinoamérica y África celebrado en Bogotá, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, tuvo duras palabras contra el injerencismo de las potencias y la indolencia de Naciones Unidas ante los conflictos que tienen lugar en el mundo. El mandatario denunció que “nos quieren colonizar otra vez” y exhortó a no permitir que “alguien entre en los asuntos y en la integridad territorial de nuestros países”, en alusión al secuestro del presidente Nicolás Maduro el 3 de enero pasado y el tutelaje impuesto a Venezuela por Washington, así como a la agresión israelí-estadunidense contra Irán. También alertó acerca de los planes para apoderarse de los minerales críticos de la región y criticó las mentiras que sirven para justificar la destrucción y las guerras.
Por su parte, el canciller Juan Ramón De la Fuente subrayó que el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum continuará prestando “toda la ayuda humanitaria que nos sea posible al pueblo cubano”. En este espíritu de “tiempos de solidaridad” también se acompañarán los esfuerzos de Haití para reconstruir sus instituciones. El titular de Relaciones Exteriores recordó que América Latina, el Caribe y África representan a más de 2 mil millones de personas con un potencial significativo para impulsar mecanismos de cooperación basados en la solidaridad y el respeto mutuo con el fin de avanzar hacia un desarrollo más justo e incluyente en un escenario internacional marcado por conflictos armados, tensiones geopolíticas, crisis climática, inseguridad alimentaria y desigualdades persistentes.
El discurso del líder histórico de la izquierda partidista brasileña, el cual estuvo en consonancia con su agenda de meses recientes, constituye un fuerte llamado de atención de la necesidad de profundizar, e incluso de crear donde han estado ausentes, los vínculos Sur-Sur que permitan a las naciones en vías de desarrollo enfrentar sus problemáticas internas y resistir las presiones imperialistas. En este sentido, el encuentro con África cobra particular relevancia por la historia compartida de colonialismo europeo y estadunidense, pues la descolonización es un proceso inacabado y bajo amenaza permanente de sufrir reveses tanto por la fuerza como por el entreguismo de dirigentes brutales con sus pueblos y serviles con Washington. El caso de Venezuela y el asedio homicida contra Cuba ilustran la aplicación descarnada del poder imperial, mientras la Argentina de Milei, el Ecuador de Noboa, el Chile de Kast, la Costa Rica de Chaves y otros gobiernos igualmente impresentables ejemplifican la destrucción de las soberanías con complicidad interna.
Sin duda alguna, la resistencia cubana para mantener la independencia duramente conquistada en 1959 ha sido por casi siete décadas el mayor faro de esperanza para los pueblos que anhelan la libertad, al mismo tiempo que el sufrimiento impuesto a su pueblo por los sucesivos ocupantes de la Casa Blanca se presenta como advertencia del precio a pagar por plantarle cara al imperio. Por ello, hoy más que nunca es necesario que México y Brasil, las dos grandes economías latinoamericanas que no abrazan el trumpismo, redoblen su solidaridad con Cuba tanto por altruismo como por el entendimiento de que en la isla se juega el destino del Sur.











