Opinión
Ver día anteriorSábado 21 de marzo de 2026Ediciones anteriores
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E

l pasado fin de semana dio inicio lo que pudiera definirse (aludiendo al lugar común de rockeros y poperos de distinto cuño) como la gira del adiós del ejemplar Cuarteto Latinoamericano después de 44 años de intensa y sostenida labor, sí en los escenarios, pero también en otros rubros no menos importantes de la actividad musical. No me detendré aquí en glosar esa carrera; es más que conocida entre quienes los hemos seguido en estas cuatro décadas y media, y no terminaría nunca. Mejor, me concentro en su exitoso concierto del 14 de marzo en el Anfiteatro Simón Bolívar, que recibió a una audiencia numerosa y entregada.

El programa resultó doblemente atractivo, por su variedad intrínseca y porque fue un muy buen logrado escaparate panorámico del repertorio del CL a lo largo de los años. La obra inicial fue uno de los cuartetos de Luigi Boccherini, perteneciente a un momento de la historia del género en el que los compositores concebían todavía un interesante modelo aún embrionario que significaba plantear un ensamble aún no del todo equilibrado, con el primer violín funcionando como un primus inter pares. El grupo transitó inteligentemente por este camino, sugiriendo a la vez la textura de un ensamble más igualitario; esa presencia clara pero nunca exagerada del violín protagonista fue manejada de manera especialmente notable en el tercer movimiento de Boccherini.

Después, una expresiva versión del intenso Adagio de Samuel Barber, con algunas diferencias con la versión más reciente que les había escuchado en Bellas Artes hace unos años. Sí, ahí estuvo el experto ensamble de los amplios arcos melódicos superpuestos que caracterizan la obra, expresados con una textura muy homogénea y compacta; sin embargo, en el contexto de la expresión urgentemente romántica de esta conmovedor Adagio percibí un interesante enfoque al que podría calificar de crepuscular, más que adecuado a la ocasión.

Como contraste extremo, y a la vez como reafirmación del compromiso del Cuarteto Latinoamericano con la música de nuestro continente, una ejecución rítmicamente disciplinada y de una dinámica sostenida de La calaca, movimiento del emblemático Altar de muertos de Gabriela Ortiz. A destacar, la inteligencia del grupo para, a la vez, combinar y diferenciar los estados de ánimo diversos de las partes más abstractas de esta calavera sonora frente a las secciones en las que aflora con potencia singular una melodía de origen tradicional wixárika que años después sería incorporada por la compositora en su partitura orquestal Kauyumari.

Esto conectó de manera ideal con la ejecución, a la vez fogosa y sensual, del estupendo arreglo que César Olguín hizo al Libertango de Ástor Piazzolla, una de las numerosas obras que fueron escritas especialmente para el CL. Este concierto-muestrario concluyó con la ejecución del más conocido de los cuartetos de Antonin Dvořák, el Americano. Sí, además de ser una obra de lo que suelo llamar “nacionalismo prestado y mixto”, es un cuarteto cabalmente romántico. Acierto singular del grupo, mantener la expresividad de la obra en un rango más cercano, por ejemplo, a Johannes Brahms (a quien Dvořák debe mucho), sin llegar a las intensidades de otros niveles de romanticismo como, por ejemplo, la que habita los cuartetos de Jean Sibelius. Fuera de programa, el grupo interpretó Echú, del costarricense Alejandro Cardona, con la necesaria mezcla de rigor rítmico y atención a los fogosos perfiles afrolatinos; y las Variaciones Paganini de Javier Montiel, violista del cuarteto, pieza que además de fresca y divertida es muy didáctica, y representa la primera obra escrita con dedicatoria para el CL, allá por la prehistoria: 1982.

En los meses siguientes, los últimos, el Latinoamericano tiene conciertos en los Estados Unidos, Canadá, Quito, Guadalajara, Monterrey, Bellas Artes, Tetetlán y una última presentación con la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata. Hay que ir, hay que estar, hay que escuchar, porque ciertamente vamos a extrañar mucho a este grupo que ha dejado una huella irrepetible en el ámbito de nuestra música y nuestra cultura.

De lo que no que no me cabe duda es que, ahí donde otros proyectos se diluyen y desaparecen sin pena ni gloria, el Cuarteto Latinoamericano se disolverá no en un gemido sino en un destello.