slovenia acude mañana a las urnas para elegir un nuevo Parlamento que, a su vez, deberá nombrar nuevo primer ministro. Son unas elecciones más importantes de lo que sugiere la ausencia de titulares sobre las mismas. El actual gobierno de centro-izquierda es, junto al Estado español, el último baluarte de la socialdemocracia en Europa, y tiene difícil repetir mayoría. Aunque no es imposible. El centro-izquierda puede así perder una de las dos plazas que le quedan en el Consejo de Europa, aislando más si cabe al español Pedro Sánchez. No sólo eso. Liderando las encuestas –aunque perdiendo terreno– se encuentra Janez Janša, ex primer ministro, pupilo del húngaro Viktor Orbán y primero en felicitar a Donald Trump tras las elecciones que no ganó en 2020.
La campaña ha sido sacudida esta semana por las revelaciones de una investigación según la cual la empresa de inteligencia israelí Black Cube, formada por ex agentes del Mossad, se habría citado con el propio Janša, tras lo cual, durante la campaña, han visto la luz unas conversaciones comprometedoras para figuras más o menos vinculadas al gobierno actual. En ellas, se ve a los afectados sugiriendo formas de influir en figuras del Ejecutivo. Algunos de los afectados denunciaron haber sido grabados en secreto tras reunirse con personas que aseguraban ser inversores extranjeros. El primer ministro, Robert Golob, acusó directamente a “servicios extranjeros” de interferencia electoral.
También el domingo habrá colegios electorales abiertos en Italia, en un referéndum sobre la reforma judicial propuesta por la primera ministra de extrema derecha Giorgia Meloni. Su objetivo, más allá de la separación de las carreras de jueces y fiscales, es debilitar el poderoso Consejo Superior de la Magistratura, contrapoder a la derecha desde los tiempos de Berlusconi. Con las encuestas muy reñidas, la dirigente italiana se juega buena parte de su capital político en esta cita. Si pierde, verá sus alas recortadas. Si gana, tiene vía libre para su siguiente objetivo, más ambicioso: una reforma electoral que dé un plus de 70 diputados al ganador.
Italia nos viene bien porque es un país en el que la voluntad de incidir de Rusia resulta bastante rastreable, sobre todo a través de la figura del vicepresidente Matteo Salvini, cuyo partido, La Liga, renovó en 2022 un acuerdo con la formación rusa de Putin. Por cierto, Salvini es un firme defensor de reconocer Jerusalén como capital de Israel. Hay mucha literatura y todavía más propaganda en torno a las injerencias de Rusia, a la que se acusa de todos los males del continente; pero en este caso, la fotografía de Salvini con una camiseta de Putin en plena Plaza Roja de Moscú no deja lugar a muchas dudas. Tampoco hay duda de los escarceos rusos –siendo generosos– de Hazte Oír, plataforma ultracatólica de la que despegó la extrema derecha española de Vox; de las relaciones históricas de Rusia con la familia Le Pen, en Francia; o de los nexos con buena parte de la AfD alemana, de la misma corriente política.
Una AfD a la que por cierto, la administración Trump dio todo su apoyo durante la campaña electoral de 2025, en una injerencia electoral tan clarificadora como indecorosa. Poco después, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional dio vía libre a Washington para “ayudar a Europa a corregir su trayectoria”. Previamente, los paseos europeos de Steve Bannon ya habían dado mucho de qué hablar.
Hasta aquí este breve repaso de dos elementos que el lector avispado habrá identificado hace rato. Primero: existe en Europa una confluencia de intereses entre Washington, Moscú y Tel Aviv. No se da en otros lugares del planeta –véase Cuba–, pero el viejo continente es escenario de un alineamiento que busca debilitar la Unión Europea. Segundo: el vehículo con el que tratan de lograrlo son las diversas formaciones de extrema derecha repartidas por todo el territorio.
No vayan a pensar que venimos a estas páginas a llorar y hacernos las víctimas, justo ahora que el rey español ha descubierto, a su torpe y soberbia manera, que la colonización tuvo, por lo visto, algunos deslices. Para injerencia salvaje, aquella de hace 500 años.
Pero el repaso actual es pertinente para intentar entender el momento en el que se encuentra Europa. Y para comprender que el esfuerzo les está saliendo razonablemente bien, gracias a la inestimable ayuda de los dirigentes conservadores que dominan el terreno de juego en Bruselas. Este es un hoy un continente frágil y acomplejado en el que cualquiera se atreve a meter mano, como lo muestran las sucesivas contiendas electorales o las timoratas reacciones iniciales a los ataques contra Irán.
Sin embargo, no hay que confundir el análisis crudo con el derrotismo. A la izquierda le ha ido mejor de lo esperado en las municipales francesas, en Italia Meloni puede llevarse un batacazo y en Eslovenia no está cerrada la puerta a la redición del actual gobierno. Hay demasiado trabajo acumulado como para caer en la desesperanza. Mejor guardar el pesimismo para tiempos de mayor bonanza.











