atuey llega huyendo desde Santo Domingo, donde las masacres ordenadas por Nicolás de Ovando en 1503 en su pueblo, Xaragua, son la señal de salida. Llega a Cuba con 400 seguidores desplazados en canoas por el espanto que han visto sus ojos. No sabemos su nombre, aunque le llamemos Hatuey, porque ése es el nombre que se le da a los “salvajes” que vivieron en cuevas durante cientos de siglos, antes de los ciboneyes, antes de los taínos: guanahatabeyes. Sabemos, en cambio, el de su lugarteniente, Caguax, y de su mujer, una guerrera y dirigente inderrotable: Anacaona. A ellos se les une una jefa de la isla de Cuba, Guarina. Aunque él era taíno, para los españoles era un indio salvaje, es decir, indómito. Sus palabras cuando ya lo tenían amarrado a una pira para quemarlo vivo siguen la ruta del relato que se cuenta a los hijos, a los nietos y a todos los latinoamericanos:
–Arrepiéntete para que vayas al cielo –lo exhorta el cura franciscano Juan de Tasín.
–¿Hay más cristianos en el cielo? –pregunta célebremente Hatuey.
–Sí, muchos.
–Entonces no quiero ir. No quiero estar con ellos. Son la gente más cruel que he conocido.
Años más tarde, Bartolomé de Las Casas contará una asamblea en la que Hatuey le reveló a sus combatientes el motivo de que los invasores fueran tan crueles: “Así como nosotros tenemos dioses, éstos son capaces de todo por esas piedras brillantes. A este oro le podemos danzar y rogar, pero no escucha. Ya lo hemos intentado. Esta piedra no tiene oídos. No vale la pena esconder el oro porque ellos vendrán tras él, matarán a sus padres y madres, hermanos y hermanas y a sus vecinos, por él. Así se lo comieran, vendrían para sacárselo de las tripas. Lo mejor es aventarlo al mar”.
En agosto de 1511 Hatuey y su ejército se internan en la Sierra Maestra. Diego Velázquez va arrasando pueblos en su camino y torturando personas para que le digan dónde están los campamentos de los indígenas. Los indígenas van tirando oro a los ríos, a las lagunas, al mar. Hatuey es apresado. El 2 de febrero de 1511 es puesto en la hoguera y se niega, delante de todos, a ir al cielo. Su gente seguirá durante años. Caguax arrasará con Bayamo, el pueblo en el que le dieron muerte a su amigo y dirigente. Guarina y Anacaona dirigirán ataques nocturnos contra los españoles. Todos mueren resistiendo. Pero 10 años después todavía seguían peleando los herederos de Hatuey.
Casiguaya, mujer de Guamá, el jefe de los guerrilleros indígenas que controlaron las montañas durante una década, es puesta en la horca en 1521. Ahora es el cura Pedro Trujillo quien la exhorta a optar por irse al cielo, en vez de al infierno. Ella pide que la bauticen junto a su hija. Le llevan a la bebé. Casiguaya la estrangula al mismo tiempo que brinca de una silla para ahocarse a sí misma. Un poco antes grita: “¡Ni la hija ni la mujer de Guamá serán nunca esclavas!”.
La pregunta de la resistencia es siempre por el afuera. Los que resisten viven enfrentados a él. Las pausas, respiros, y treguas que hacen los que resisten nunca significarán que obedezcan o se rindan. En ese adentro que forja la propia resistencia se está dispuesto a sufrir, al dolor, la derrota y la muerte. Los que vienen de afuera se combaten con otro afuera más grande, que envuelve las penurias y los dolores: el que viene de la imaginación. Es un futuro que ellos no verán. Quizá sus hijos o nietos. Por ello luchan, siempre insatisfechos, sublevados por lo inalcanzable pero justo.
Cuando se habla de Cuba siempre se hará también de resistencia.
–Si se lanzan –escribe Silvio Rodríguez en referencia a la confesión de Donald Trump de “tomar” Cuba –exijo mi AKM.
Lo crucial de su frase no es el fusil de asalto, sino el exigirlo. Se trata, por supuesto, del derecho a la resistencia, al “combate gozoso”, que vislumbró, aun desde su racionalismo, Spinoza. Luego, por supuesto, vendrán Frantz Fanon y Jean Améry, para quienes la confrontación es la reapropiación de la dignidad. No es un asunto interno que permita perdonar y redimir, sino un esfuerzo corporal. Su propósito no es otro que el agresor reconozca que la víctima tiene razón y que, por ello, existe.
Cuando hablamos de resistencia lo que está en el centro no es el cálculo sobre las posibilidades de triunfo ni sobre las consecuencias para la propia existencia, sino algo mucho más profundo que no admite tasaciones. La duración, la tenacidad, la persistencia es la victoria de los débiles. Sólo los débiles resisten. No hay resistencia de los blancos, heteros, cristianos y millonarios porque, en su caso, tienen más fuerza los despachos de abogados. Cuando un débil se pone de pie para enfrentar a un enemigo mucho más fuerte, se hace desde la convicción profunda de que se hace porque es justo, está bien, y vale la pena frente a su opuesto: una vida resignada, sometida, e indigna. Su resultado no es el de un combate ni de toda una guerra, sino el de las generaciones en un futuro. Morir luchando es decidir que no morirás cuando el que te oprime lo decida. Jean Améry, cuando estudió los levantamientos del gueto de Varsovia contra los nazis, no vio en esa decisión algo que tuviera que ver con la supervivencia ni con la libertad, sino más bien algo que se aproximaba a la memoria perpetua de la indignación. La contraviolencia es una forma de retener la dignidad en una situación de defensa asimétrica. Se muere sin conceder al atacante.
Estoy hablando de esto, de optar por el cielo que se te ofrece en la pira de quien la va a encender o tener una dignidad que sólo valdrá, si acaso, como memoria de la injusticia y el agravio acumulado. No hablo de negociaciones entre estados nacionales ni de los cálculos a que están obligadas las élites de la política. Tampoco de los académicos que llaman “numantina” a esta resistencia. Hablo, en cambio, del símbolo que representa Cuba para el mundo desde hace 60 años. Y debí comenzar por ahí pero, entonces, habría dejado en segundo término la clave de todo este litigio: negarse al cielo o, dicho en otras palabras, liberarse de la libertad.











