Opinión
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De Madrid al cielo
N

o cabe duda de que no hubo pocos españoles que vivieron muy conformes bajo la salvaje dictadura de Francisco Franco Bahamonde, a quien reconocían ni más ni menos como “Caudillo de España por la gracia de Dios”. Sin embargo “no hay mal que dure cien años”, aunque éste se acercó bastante… y el 20 de noviembre de 1975, al menos los mexicanos bien nacidos y no pocos “refugiados” españoles que aún vivían en nuestro país, pudieron celebrar, junto con el aniversario número 65 de la Revolución Mexicana, la muerte de uno de los mayores criminales que en el mundo han sido.

No obstante, por más que los españoles progresistas, con bastantes cortapisas, festejaron el acontecimiento que auguraba una gran mejora, no llegaron a más que abrir las puertas a una monarquía que no resultó, ni de lejos, un régimen en verdad democrático. El entorno de Franco ha sobrevivido muchos años, y no pocos de sus descendientes han continuado “partiendo el queso”, especialmente en el Poder Judicial.

Bien puede decirse que, dada la vocación de muchísimos españoles por el absolutismo, el franquismo dista mucho de haber sido erradicado de su país. Más aún: en los tiempos recientes hay señales de que ha mejorado su salud y hay preparativos para que vuelva por sus fueros: no en vano se habla ya de la resurrección de la “España profunda”.

Vale tener presente que “El Caudillo” tuvo que ceder el paso a una monarquía “legitimada a chaleco”, con un rey dócil que distó mucho de tomar la sartén por el mango, más preocupado por las faldas y el alcohol.

Pero esa no había sido la primera y preferida opción. Recuérdese que algunos años atrás, cuando empezó a “sentir pasos en la azotea”, el dictador había convertido a un muy fiel servidor y asaz criminal, de apellidos Carrero y Blanco, en vicepresidente de gobierno, con la intención explícita de que “continuara su obra” cuando él ya no pudiera seguir apretando el pescuezo de los españoles progresistas, que también los hay. Pero no las podía ganar todas: una organización antigubernamental y sobre todo anhelante de liberar al País Vasco de España, la famosa ETA (Euskadi ta Ascatazuna: “patria vasca y libertad”), abocada también a una mayor justicia social y atendiendo a sus legítimos deseos independentistas, el 20 de diciembre de 1973 tuvo a bien mandar, por la vía rápida, al vicepresidente Carrero “de Madrid al cielo” –como dice el dicho–, en este caso empleando una enorme carga de explosivos que elevaron al blindado automóvil, con todo y propietario, por arriba de un tercer piso, para que cayera en el patio del mismo convento donde el distinguido almirante, como todos los días, había estado rezando para conseguir la protección divina a la que estaba convencido de que tenía derecho. Tal parece que Dios prestó más oídos al patriotismo de los nacionalistas vascos.

Es cierto que ETA perdió después su gran prestigio ganado entonces, debido a algunas operaciones que “se salieron de madre”, pero el caso es que a la llamada Operación ogro, que culminó próxima a la Navidad, se le debe que, a la muerte del generalísimo ocurrida casi dos años después, la monarquía que lo sucedió, aun contra la voluntad y el sentimiento de su majestad Juan Carlos I, poco interesado en el trabajo que implicaba gobernar, el Estado español no tuvo más remedio que democratizarse tantito, pero sin que la oligarquía franquista perdiera ciertas posiciones, como es el caso de la ya apuntada de los altos tribunales, misma que conserva muy bien amarrada hasta la fecha.

De cualquier manera, en especial por la conveniencia de colgarse del cabús de Europa y beneficiarse de ello y de la fácil comunicación que podía establecer con el continente latino o hispanoamericano si le tendía la mano, para 1981 comenzó una campaña de acercamiento en la cual jugó un importante papel la proximidad del quinto centenario del llamado “descubrimiento de América”; es decir, del primer viaje que, en el año de 1492, hizo el tal Cristóbal Colón (o Colom, como parece ser lo correcto) a nuestro continente.