Opinión
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La Dordoña: A tres años de tu partida
D

urante años mi padre repetía una frase como quien conserva una contraseña. No siempre recordaba el libro completo ni el orden de los capítulos, pero esa línea permanecía intacta.

Henry Miller, en El coloso de Marusi –ese libro inclasificable, a la vez viaje, autobiografía y manifiesto filosófico–, decía que la Dordoña sería el refugio de los poetas. Que esa vasta región apacible de Francia seguiría siendo un lugar sagrado para el hombre y que, cuando las ciudades hubieran acabado con todos los poetas, allí estaría la cuna de los poetas por venir.

La frase no hablaba sólo de un territorio. Hablaba del tiempo. Del silencio. De la posibilidad de seguir respirando cuando el mundo se vuelve inhabitable.

Payán leía esa cita como quien escucha una promesa. Nunca había ido. Tal vez nunca pensó que iría. Pero el deseo fue sedimentándose, año tras año, como una huella invisible. Con el tiempo entendí que no todos los sueños piden cumplirse; algunos sólo piden ser compartidos.

Un día, casi sin preámbulo, de visita en París, se lo dije: “vamos a la Dordoña. Cumplamos tu sueño”. No fue una declaración solemne. Fue una frase dicha al pasar, como si estuviéramos a punto de alterar algo profundo.

Planeamos el viaje con la torpeza feliz de quienes no saben exactamente qué buscan. París fue apenas una estación intermedia, un nombre necesario. El verdadero destino estaba más abajo, más lento. Tomamos el tren desde Gare d’Austerlitz al día siguiente, a las 7 de la noche. Afuera, el paisaje comenzaba a vaciarse. La ciudad luminosa se disolvía en sombras. Viajábamos hacia otra forma de luz.

Llegamos a Rocamadour, en el este de Burdeos, cerca de las 3 de la mañana. La estación no parecía una terminal. No había gente, ni taxis, ni anuncios. Sólo una caseta de teléfono con un directorio amarillento y, enfrente, un hotel que parecía haber estado allí desde siempre, esperando. Llamamos. Contestaron. Nos dieron una habitación para los dos, como si fuera lo más natural del mundo.

Recuerdo la habitación con una precisión casi irreal: las camas blancas, las paredes blancas, las ventanas blancas. Todo parecía dispuesto para recibir la luz. Dormimos poco, pero profundamente, como si el cuerpo supiera que había llegado a un lugar seguro.

Al amanecer abrí la ventana. La luz entró sin pedir permiso. No era una luz común. No iluminaba: atravesaba. Una claridad que no había visto jamás. No era sólo luz exterior. Era una forma de revelación. Entró por los ojos y se instaló en algún lugar más hondo. Era la mirada de un padre y un hijo cumpliendo un sueño que ya no pertenecía a ninguno de los dos por separado.

Salimos a recorrer el pueblo. Caminamos sin mapa. Nos sentamos en una terraza a tomar café. Leímos. Pinté en un bloc de papel con unos pasteles que llevaba, sin saber muy bien por qué. El tiempo parecía suspendido, como si alguien hubiera detenido el mecanismo invisible que lo empuja todo hacia adelante.

De pronto mi padre me miró. Me preguntó por qué lloraba. No me había dado cuenta. Le dije que era el paisaje. Que había una belleza que no reconocía en mi vida anterior. Belleza pura, sin utilidad. Belleza que no pedía nada a cambio. Y también –aunque no lo dije entonces– era la cercanía: estar ahí con él, compartiendo no sólo un lugar, sino una confirmación silenciosa de que habíamos llegado.

Pensé en Miller. Pensé que tenía razón. Que hay lugares que resisten. No porque permanezcan intactos, sino porque siguen ofreciendo refugio. La Dordoña no era sólo un territorio francés. Era una pausa. Un espacio donde el mundo todavía podía mirarse sin prisa. Donde un padre y un hijo podían sentarse a beber café y sentir que, por un instante, todo estaba en su sitio.

Tal vez eso era lo que Henry Miller quería decir: que mientras exista un lugar así, los poetas –y los hombres– aún tienen esperanza.