nte el inicio de la primera ronda de negociación con Estados Unidos en torno al tratado comercial de América del Norte (T-MEC), el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, informó que la postura mexicana prevé la permanencia del carácter trilateral del acuerdo y la eliminación de los aranceles introducidos de manera unilateral por el gobierno de Donald Trump. Asimismo, el ex canciller destacó “cabeza fría y firmeza” como las guías de la legación mexicana frente a los conocidos exabruptos del magnate.
Por otra parte, especialistas entrevistados por los corresponsales de este diario en Nueva York señalan las bajas probabilidades de concretar la renovación del T-MEC antes de la fecha límite de julio o incluso este año, pues factores como las elecciones intermedias en Estados Unidos empujarían a la Casa Blanca a posponer cualquier decisión. De acuerdo con una analista que se ha dedicado durante más de 30 años a temas de comercio para organizaciones laborales y de consumidores, incluso existe el riesgo de que Trump decida anular el tratado si no obtiene los cambios que busca para reducir el creciente déficit comercial de su país con el nuestro y fortalecer la defensa industrial común contra las importaciones desde China.
Frente a esta visión catastrofista, es preciso recordar que el T-MEC expira hasta 2036 y la revisión que arranca esta semana no tiene como propósito ratificarlo o anularlo, sino ajustarlo y, en todo caso, decidir si se extiende su vigencia más allá del periodo original. Si esto no ocurriera, no significaría tampoco una cancelación, sino el tránsito de revisiones sexenales a anuales, situación indeseable para todas las partes por la permanente incertidumbre a que se verían sometidos los actores económicos. Por último, si Trump decide “dejar expirar” el tratado, debe emitir una notificación escrita y comenzar un proceso de cuando menos seis meses para retirarse de forma anticipada. También debe considerarse que la administración republicana se encuentra bajo presión constante del empresariado para renovar un acuerdo cuyos mayores beneficiarios son los grandes industriales estadunidenses. El contexto internacional es otro elemento favorable para una negociación rápida y sin sobresaltos, pues el trumpismo ya lidia con los altos precios del petróleo y la disrupción de las cadenas de suministro desatadas por su aventura bélica contra Irán.
En todo caso, cabe mantener la serenidad y preguntarse si en vez de apurar un acuerdo no sería conveniente para México dejar que pase el tiempo en espera de un escenario político menos incierto y sombrío en Washington. La paciencia ayudaría también a sortear el riesgo de firmar cláusulas condicionadas por el laberinto interno y externo en que se encerró Trump: a fin de cuentas, sin importar lo que diga o haga el magnate, la integración económica trinacional seguirá cuando él se haya ido; lo que debe evitarse, en todo caso, es que su insensatez y su volatilidad conduzcan a una negociación desfavorable para nuestro país.











