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Faltan las voces de los hijos de los convulsos años 80 y 90 en AL, sostiene Saia Vergara
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▲ La historiadora y viceministra de Cultura de Colombia escribió el libro La hija del guerrillero y la loca, basado en su experiencia como descendiente de un militante exiliado del M-19.Foto Penguin Random House
 
Periódico La Jornada
Martes 10 de marzo de 2026, p. 5

Para la historiadora Saia Vergara Jaime, los hijos de quienes quisieron hacer la revolución, no sólo en Colombia, sino en el resto de los países donde hubo rebeldes exiliados, vivieron un proceso complejo. Pretende transmitir ese sentir en La hija del guerrillero y la loca (Grijalbo, 2026), historia real de la autora, quien a partir de los tres años vivió una década en México debido al exilio de su padre, integrante del Movimiento 19 de Abril, conocido como M-19.

“Siempre digo que el país está en deuda de escuchar a los hijos de los militares, policías, narcotraficantes, paramilitares y políticos que participaron en toda esa época tan convulsa de los años 80 y 90. Son personas como yo que tuvieron vidas nómadas, con incertidumbres, escuchando hablar de cosas horribles, escondiéndose. ¿Dónde están esos relatos? Quisiera escucharlos, porque estoy segura de que encontraríamos cosas que nos unen más allá de lo que nos separa. Ojalá que este libro contribuya a abrir las puertas a que más personas se animen, no sólo a escribir de lo que les pasó, sino de hablarlo, como en sicoanálisis, son el fin de empezar a entenderlo, ya que daría voz a lo que siempre ha estado estuvo”, dice a La Jornada la viceministra de Cultura en Colombia.

La hija del guerrillero y la loca nació como una forma de lidiar con un profundo duelo a raíz de la muerte de su padre, quien falleció a los 11 días del inicio del gobierno de Gustavo Petro, el 7 de agosto de 2022. Vergara Jaime llegó al Ministerio de las Culturas como coordinadora del programa de las escuelas-taller, al tiempo que pasaba por una situación “incomprensible”, ya que “nunca había sentido tanto dolor; lloraba todos los días, a todas horas”.

Después de cinco meses decidió que no podía seguir así, y se tomó un tiempo. “La escritura para mí siempre ha sido fundamental para entender la vida. Conforme escribía –al principio no era un libro– me di cuenta de que necesitaba remontarme a mi infancia, donde empieza mi historia con mi papá y nuestra experiencia de desarraigo en el exilio en México, aunque también es un relato de cómo conocimos un país maravilloso que nos hizo entender que la vida era mucho más rica que nuestro pequeño terruño que era Colombia”.

El primer capítulo, Las casas, las mudanzas, está narrada a través de la voz de la niña Cielito. Eso se debe a que “en aquel entonces mi hermano y yo éramos como muebles que nos movían de un lado para otro, pero nunca nos explicaban nada. Niñas como yo lo escuchábamos todo y lo procesábamos como podíamos.

“El libro está contado en presente todo el tiempo, y con mucho detalle de lo que van viendo alrededor. Quería dar lugar a esa niña, pero al mismo tiempo me daba cuenta de que había cosas que necesitaba explicar desde mi ser adulta.”

En los siguientes capítulos, se introducen otras voces, la de la mujer adulta y luego de aquella en duelo por la pérdida de su padre.

Reconoce que demoró tres o cuatro meses en escribir el libro, por el “riesgo” de que al narrar con una voz infantil pudiera sonar falso o impuesto. “Deseché mucho de lo que escribí hasta que empezó a hablar la niña. En la medida que escribía como niña se me despertaban muchos recuerdos”.

Vergara Jaime aclara: “no es un libro que exalta sólo la revolución y los procesos de jóvenes idealistas de los años 70, sino que hay una mirada crítica de decir: ‘oigan, se les olvidó que tenían hijos y que tenían que cuidarlos’. No es un libro naif para nada”.