a Ciudad de México tiene dos estaciones: la del polvo y la de la lluvia, me dijo José Emilio Pacheco una tarde primaveral, mientras caminábamos por las calles de París sin frío ni calor. Cierto, en la capital mexicana no hay nevadas en invierno y la canícula veraniega de la ciudad francesa es más bien un calor sofocante en el antes llamado Distrito Federal, quizás a causa de la altura de su posición.
Yo fui descubriendo los cambios de las estaciones en París. Me tocó llegar uno de los últimos días de una primavera pálida donde aún era necesario ponerse un suéter y cubrirse con un buen saco. Como debía encontrar una editorial que editara El ojo de Buñuel, de mi sicoanalista y gran amigo Fernado Césarman, apenas desembarcada en París tomé el avión a Madrid. Eran los últimos días del franquismo en 1975 y, hambrientos sexuales a causa del sistema represivo que vivían, los hombres saltaban sobre las turistas buscando calmar sus apetitos. Casi en lágrimas por los asedios masculinos cuyas manos intentaban toquetear mi piel, me refugié en el hotel antes de salir a Barcelona, donde el ambiente era distinto tal vez por la posición casi fronteriza con Francia: una joven mujer podía caminar por las calles sin ser molestada y agredida por tipos que la veían como una posible presa a cazar. Al regreso a París, inicios del verano, reinaba el calor. Los vagones del Metro apestaban el sudor de los parisienses. Yo iba de sorpresa en sorpresa a causa de los cambios de clima. Un atardecer, pude ver, desde las ventanillas del autobús, las aguas del Sena enrojecidas: reflejaban el cielo de los atardeceres de otoño. Así, iba descubriendo las estaciones que no había conocido en la capital mexicana.
En París existían la primavera, el verano, el otoño y el invierno, estaciones que, hasta entonces, había creído poder imaginar sin haberlas vivido. El roce de la brisa primaveral cuando se sale del invierno, el calor que envuelve el cuerpo durante los largos días veraniegos, la frescura de los atardeceres otoñales cuando se ven caer la hojas de los árboles que se desnudan al recibir el soplo invernal de las fiestas navideñas.
La del polvo y la de la lluvia, las dos estaciones que vive la capital mexicana. Pero si la de los aguaceros ha existido desde siglos atrás, la del polvo se inició, al parecer y según cuenta la gente de edad que guarda el recuerdo de viejos tiempos, cuando secaron el lago de Texcoco. Yo no sé qué hay de cierto en esta afirmación, pero es una verdad que el lago fue despojado de sus aguas a causa de una de esas decisiones gubernamentales inspiradas en falsas ideas a la moda que se toman sin pensar en las consecuencias.
Pero la memoria del agua es más perdurable que el olvido y el lago de Texcoco ha logrado sobrevivir a través de los siglos. Corazón del sistema lacustre del valle de México y el escenario donde nació una de las civilizaciones que dan origen a la identidad nacional. Con los mexicas, el lago se volvió el centro: la fundación de México-Tenochtitlan inspiró una ingeniería hidráulica notable, donde Texcoco fue la base de la organización social y económica. Con la llegada de los españoles, el lago fue visto como un peligro y se buscó drenarlo. Proyectos como el Gran Canal y el Drenaje Profundo aceleraron su desaparición. Tras varios proyectos aeroportuarios, ahora se busca rehabilitar el lago, de importancia ecológica y cultural. Hoy día, el antiguo lago de Texcoco sigue siendo un territorio valioso. Aunque en gran parte urbanizado, sigue siendo esencial para el equilibrio ambiental. Su historia ayuda a entender los retos actuales del valle de México y a imaginar un futuro más equilibrado entre ciudad y agua.
Acaso en un futuro no tan lejano, los ojos de sus habitantes podrán contemplar de nuevo la maravillosa ciudad, esa Venecia de las Américas que descubrieron los ojos asombrados de Hernán Cortés y los de sus tropas, desde lo alto de las montañas que rodean el valle de México.











