n niño de mirada atónita contempla el cuerpo exánime de un obrero y sobre él a unas mujeres dolientes. El pintor Gerardo Cantú era ese niño. En su memoria mantuvo ésa y escenas parecidas y las recreó en una serie de obras memorables sobre los obreros de su natal Nueva Rosita. Su madre mantenía un chal ( shawl) en el respaldo de una silla para tomarlo apenas percibiera la señal de que se había producido un derrumbe o una explosión en alguna de las minas de la zona. Como en el resto de las mujeres, esa prenda podía ser necesaria en caso de un luto exigido por las circunstancias.
Las familias de los trabajadores mineros –antes, entonces y hoy– se contienen en una leve cápsula de angustia y riesgo de muerte. Por lo general, los accidentes a los que están expuestos son resultado de las condiciones de inseguridad en que los propietarios de los fundos mineros mantienen sus explotaciones, cuya riqueza están en contra de compartir con quienes la producen.
Salarios bajos o miserables, contratos colectivos –de haberlos– y prestaciones manipulables, presiones que llegan a ser operadas por cuerpos “de seguridad” privados o públicos y un sinnúmero de trampas laborales.
Ésa fue, hace 75 años, la experiencia que determinó a los mineros de Nueva Rosita, Palau y Cloete a realizar una huelga en la Mexican Zinc Company y Carbonífera de Sabinas, de la Asarco monopólica, en el propósito de normalizar sus derechos laborales y humanos, violados por estas empresas y el propio Estado mexicano encabezado por Miguel Alemán Valdés.
Fueron de inmediato objeto de hostigamientos y agresiones inenarrables. Y ante ello decidieron llevar a cabo una caravana cuyo objetivo era dirigirse a la sede de los poderes federales para demandar la solución de su problema al presidente de la República. Los más de 4 mil obreros caminaron con su precariedad y fatiga arriba de mil 500 kilómetros, pero su espíritu de solidaridad, el mismo que les mostraba la población a su paso, se expresaría ante la comunidad de los otomíes del Mezquital, que padecían una pobreza y un hambre superior a los suyos.
Al Zócalo capitalino llegaron el 10 de marzo de 1951. “Contra la patria”, cabeceó la revista Mañana el editorial que señalaba a los obreros de “agitadores” y “comunistas”. Coincidía con la mayoría de las publicaciones periódicas de la época en su complicidad con el gobierno priísta de Miguel Alemán. A la suya le llamaban la “Caravana de la Demagogia”. El alemanista era un gobierno, como los que surgieron del PRI, empeñado en hacer más ricos a los ricos; para los pobres, si se oponían a ese designio, una era su medida: la represión. La padecieron violenta los ferrocarrileros, los petroleros y ahora los mineros. La represión militar de su localidad se extendió a la capital del país. Los integrantes de la Caravana del Hambre, como se la conoció, permanecieron confinados en un estadio casi 100 días, sólo para atestiguar que las puertas de Palacio Nacional jamás se abrirían para ellos. La prepotencia de Alemán, ese presidente rapaz, corrupto y oligárquico, decidió regresarlos a su lugar de origen en calidad de bestias.
La otra etapa de la biografía de los mineros fue de penalidades: despidos, estigma, dificultad para encontrar empleo.
La memoria de esa digna marcha se debe a quienes se mostraron solidarios con sus protagonistas. Fueron periodistas y escritores, como Ángel Bassols ( Caravana de hombres libres), Mario Gill ( La huelga de Nueva Rosita), José Revueltas (“Marcha de hambre sobre el desierto y la nieve”, revista Hoy), los redactores de El Popular. La ausencia de un deslinde entre izquierda y derecha o de la lucha de clases son simples manipulaciones. Es inútil referir alguna causa popular defendida por la derecha.
A la de los mineros de Nueva Rosita les siguieron otras marchas reivindicatorias en el siglo XX: la de los universitarios nicolaítas, las multitudinarias de 1968; las encabezadas por Andrés Manuel López Obrador: Éxodo por la Democracia (1991-1992) y la Caravana por la Democracia (1994). Y en el siglo XXI continuarán: desde la marcha del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad hasta la del movimiento denominado Z.
En un apunte final me referiré a la caravana de los ixtleros y candelilleros en 1962. No sólo porque siguió el mismo patrón de respuesta del presidencialismo priísta, sino porque fue mi bautizo político. Vivía yo en Saltillo y cursaba la preparatoria. Un amigo me invitó a acompañar a aquellos campesinos en su intento de que el presidente de la República atendiera su demanda: elevar el precio de garantía de sus productos. La caravana se hizo a bordo de unos autobuses. Llegamos al auditorio de la Confederación Nacional Campesina (PRI). Allí escuchamos de pie a Javier Rojo Gómez, el líder de la central. Era portador de un “saludo cariñoso del señor presidente de la República, licenciado Adolfo López Mateos”.
Pero el objetivo de la movilización no podía reducirse a ese protocolo. Raúl Todd Estrada, el líder de los paupérrimos campesinos de las zonas áridas, y una comisión decidieron dirigirnos a Los Pinos. Descendimos a unos 300 metros de la residencia presidencial y empezamos a caminar hacia ella. De repente un automóvil llegó hasta la descubierta de la marcha. De él bajó Rafael Corrales Ayala, hombre del círculo presidencial. “Por órdenes del señor presidente, ustedes no pueden dar un paso más de aquí.” Lejos quedó el saludo cariñoso y la caravana, con pesadumbre y frustración, regresó al lugar de donde había partido. Poco tiempo después moría, en condiciones sospechosas, el líder Todd Estrada.











