ay Davies, el retratista y narrador más prolífico y afortunado del rock desde 1964 hasta la fecha, sería feliz si lo retratara Mark Twain como un inglés flemático y travieso, tan londinense que duelen los pies. Populachero, observador, empático, igualitario pero crítico, creó con su grupo The Kinks la galería más vibrante de camafeos, retratos, viñetas (y varios grandes frescos) de hombres y mujeres tan sensacionales y sencillos como cualquiera que pisa las calles cargando su vida. Su lente minimalista en canciones de tres minutos encarna ese ingenio (wit) británico que admiraron Julio Verne, Juan de Mairena y Jorge Luis Borges. No se parece a Charles Dickens porque los dos son lo mismo; hijos de su tiempo en un Londres antiguo y contemporáneo. Alguna vez John Berger dijo (seguro la cita la estoy inventando, a estas alturas) que hay ciudades que son mujeres, o señores de diversas edades. Y Londres le parecía un mozalbete, un chamaco mañoso y vivaz.
Llama la atención la ausencia de la multiculturalidad londinense en el cancionero de los Kinks. Sus personajes e historias son muy british, de pub y porra futbolera, de salón de baile y parques llenos de gente cazando un mínimo rayo de sol. Esto se percibe en sus influencias directas, más allá del mero blues. Apenas varían su estilo musical y la temática de su comedia humana. Nunca se pusieron los Kinks de africanos ni reggae, su blues siempre fue blanco, no se “anegraron” a lo Eric Burdon, Steve Winwood o Joe Cocker, sin dejar de encarnar como ellos, si no es que más, la conciencia proletaria, su defensa permanente de la igualdad (su palabra favorita es everybody, chéquenla), su gana roquera. Los migrantes y colonizados sólo aparecerán hasta la posterior obra solista de Ray.
El punk y The Clash no se explicarían sin los riffs sorprendentes de You Really Got Me en 1964, más recio que The Beatles, ya no digamos los incipientes Stones. Son el grupo más británico de la edad dorada del rock. En parte por la indestructible fascinación de Ray Davies por su ciudad, la gente común, los paisajes y la vida heroica de los Cada Quien. No siguieron a sus contemporáneos en el viaje a Estados Unidos, India y los demás rincones del Universo. Aunque rozaron la sicodelia, ya tempranamente en Face to Face (1966), una revolución pre Revolver pero en clave simple, los Kinks nunca dejan de ser el cuarteto (con el tiempo quinteto) para el inagotable cancionero costumbrista de Ray Davies.
¿De dónde la importancia de sus canciones para nosotros acá, digamos, si son tan locales y fechadas? Crónicas con hora y día, cargadas de simpatía por el débil, de ironía, burla refinada, celebración, provocación sexual o política. Con la mirada más aguda entre sus pares, por algo lo admiran tantos y le guardan envidia de la buena.
Lo celebran músicos que llegaron más lejos, emprendieron proyectos mayestáticos, óperas y obras “serias”: Pete Townshend, Elvis Costello, David Bowie, Paul Weller, Roger Waters, Peter York. El rock británico hubiera sido otro sin él. El propio Davies ha explicado que su poco cosmopolitismo y su tardanza en “hacer la América” en el mercado yanqui fue por culpa de la policía.
Apañados con mota en 1965 en Estados Unidos, la puritana American Federation of Musicians los vetó en ese país hasta 1969, lo cual marcó su obra y limitó la repercusión mediática y mercantil de sus productos. Fueron los últimos en salir del cliché “la ola inglesa”.
No siempre trabajaron con otros músicos, pero defendieron a los “hombres de sesión” como trabajadores menospreciados. Uno de sus extras, y constante, fue el formidable pianista Nicky Hopkins antes de convertirse en el mejor Rolling Stone de la historia. La impronta de Dave Davies, su hermano menor, es de gran importancia en el sonido y la vitalidad de los Kinks. A lo largo de los veintitantos álbumes del grupo, la guitarra y la voz de Dave resultan inseparables del genio de Ray. Cabe mencionar que, durante los años 60, Rasa, esposa de Ray, fue corista en muchas ocasiones sin recibir el crédito. El patriarcado comienza en casa.
Desde sus inicios, Dave Davies inventó la guitarra distorsionada, pilar sonoro del naciente rock artístico que en pocos años estallaría con la pirotecnia de Hendrix. Dave también creó el rasgueo respingón de la lira que definiría al punk y haría de los Kinks el Gran Grupo menos desagradable para la siguiente generación. Lo que es pelar a la clase trabajadora y no adornarte de más. Las voces de Ray y Dave son epítome del brothers-sisters singing, tan fértil en armonías (ponga usted sus ejemplos).
En 1966, cuando Inglaterra gana la Copa Mundial de futbol en el estadio Wembley, la selección canta en los vestidores el himno de la victoria que inunda calles, difusoras, pubs, parques: Sunny Afternoon. Por años se ha celebrado la felicidad de una canción de la que Paul McCartney decía: “yo debí escribirla”: Waterloo Sunset.
Los Kinks tocan el corazón de la audiencia, no con zalamería pero sí con humanidad y buena onda. Donde Ray pone el ojo, pone la rola.











