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Aprender a morir

¿Eutanasia? “Otro día”

C

uando llegó a su primera clase, un maestro de filosofía soltó este intimidatorio saludo: “Buenas tardes, futuros cadáveres”, y al ver las caras que pusimos añadió: “Para efectos de un saludo convencional da exactamente lo mismo que seamos o parezcamos hombres y mujeres, pues inevitablemente y sin la mínima posibilidad de error, los aquí presentes, e incluso los ausentes, aunque luzcamos jóvenes o saludables, todos, sin excepción, somos futuros cadáveres”. Algunos compañeros no volvieron.

Aunque resulte increíble, transcurrido el primer cuarto del siglo XXI, más aturdido, vertiginoso y manipulado que los anteriores, contados países del mundo se han atrevido a darle a la muerte digna de las personas carácter de ley con el debido, breve y claro reglamento que simplifique las cosas, no que las complique, pues ante el exceso de burocracia, requisitos y trámites, no pocos enfermos optan por la autoliberación, al ver restringido el único lugar que corresponde a la muerte digna: el sentir, el pensar y el actuar de cada quien.

Como hace milenios, los habitantes pensantes del planeta y sus gobiernos, envueltos en un vitalismo tan optimista como embustero, se empeñan en seguir entendiendo la muerte natural como castigo, cancelación, pérdida, ajuste definitivo de cuentas con un malhumorado juez del desierto, como si para su diseño de la naturaleza humana nos hubiese consultado antes. Establecer nuevos paradigmas de crecimiento individual y colectivo sigue siendo ciencia, no obstante que desde el momento en que llegamos a este mundo automáticamente engrosamos la ordinaria, inevitable y cada vez más abultada lista de futuros cadáveres. Necesitamos paradigmas que ayuden a enfrentar la muerte con una percepción serena, libre de miedos e interpretaciones sacralizadas enemigas del sentido común.

Desafortunadamente, los poderes decidieron identificar la fe con la obediencia y utilizan el miedo a la muerte y a decidir la propia como prueba de que su reino y su fuerza sí son de este mundo. El invocado libre albedrío sirve para trabajar, casarnos, tener hijos, enajenarnos mutuamente, pensar de acuerdo con lo establecido, endeudarnos y prolongar la vida por medios artificiales hasta que el bolsillo, no Dios, lo decida. Por ello, ofende a la inteligencia que algunos seres sintientes tengan más derecho a una muerte digna que los seres pensantes. ¿Deveras se necesita un debate nacional?