o son las cifras. Seguramente los datos muestran un derrumbe en su economía y el cansancio de un pueblo que se niega a torcer el brazo, a pesar del estrangulamiento y acoso al que es sometido desde el triunfo de la revolución. No hay duda de la responsabilidad de sus dirigentes y organizaciones populares a la hora de evaluar errores, y reconocer fracasos. Pero poco o nada se habla de sus éxitos, avances y aciertos. Ha sido el único país latinoamericano que logró producir la vacuna contra el covid-19. Sin mencionar sus avances en materia de enfermedades tropicales, esclerosis múltiple o alzhéimer. Tampoco de los muchos estudiantes africanos y latinoamericanos becados para realizar estudios y graduarse como médicos, ingenieros, físicos, químicos o biólogos. Menos, ser receptor del pensamiento latinoamericano. El premio Casa de las Américas es un referente en las letras del continente. Todos estos son logros realizados en medio de apagones, problemas de transporte, falta de combustible, abastecimiento y carencias varias. El día a día de un cubano supone reinventarse para superar obstáculos. Las crónicas desde La Habana, escritas por Luis Hernández Navarro, publicadas en La Jornada, describen con crudeza la realidad, pero constituyen un ejercicio de periodismo de altura. No transmiten desesperanza. Su lectura es obligada.
Nadie, en su sano juicio, afirma que Cuba no padece la peor crisis desde el triunfo de la revolución. Pero otra cosa es mentir. Y esa ha sido la estrategia de la prensa y radios institucionales, al menos en España, donde resido. Son años en los que sólo escucho adjetivos y descalificaciones. Sin excepción, manipulan los datos. Más ahora, cuando la administración Trump declara a Cuba un riesgo para su seguridad nacional. Así, para el presentador y director de uno de los programas de mayor audiencia radiofónica de la cadena SER, A vivir que son dos días, Donald Trump deja de ser un autócrata egocéntrico para transformarse en un defensor de la libertad del pueblo cubano. En entrevista a Joe García, ex congresista demócrata de origen cubano, asiente con silencio a las descripciones de Cuba. En su explicación, la isla es un campo de concentración, un centro de torturas, donde nadie puede vivir, y el “régimen castrista”, así lo adjetiva, está cadáver, coincidiendo con el titular de El País. Asimismo, García se muestra partidario de las políticas del secretario de Estado, Marco Rubio, a la hora de evaluar el actual bloqueo. Para finalizar, el presentador agradece a Joe García su claridad y el conocer mejor la estrategia de Rubio por restablecer la democracia en Cuba, y en el cierre le desea una buena estancia en las islas Seychelles, donde pasa sus vacaciones (sic).
Los recuerdos de infancia marcan mi primer acercamiento a Cuba. Pósters adornan las paredes de Santiago, Chile, y fijan mi atención. Sus imágenes muestran sacerdotes con sotana, arrodillados, algunos manos en cruz, suplicando por su vida, pidiendo clemencia, otros rezando el rosario. En la escena, soldados con uniforme verde oliva, barba y fusiles apuntan en la sien a los religiosos. Una leyenda completa el cuadro: “¡Esto ocurre en Cuba! Chileno, no permitas que pase en Chile. Vota por Eduardo Frei”. Eran las elecciones presidenciales de 1964. La guerra sicológica, el anticomunismo y la campaña del miedo permeaba el ambiente. Con nueve años y sin saber cómo, ya tenía argumentos para ser anticomunista y, por extensión, anticubano. Mi entendimiento no daba para más.
Durante la siguiente campaña presidencial, 1970, y en plena adolescencia, me sentía de izquierdas. Creía, y sigo haciéndolo, en la justicia social, la igualdad y el socialismo. Con Salvador Allende de candidato y 15 años por cumplir, repartí propaganda, asistí a mítines, escuché sus discursos. En ellos, descubrí el significado del imperialismo, y el sentido de la lucha por el socialismo. Otra Cuba se fue perfilando en mi conciencia. Su revolución se convirtió en ejemplo de dignidad. A poco de andar, el gobierno de la Unidad Popular, el 12 de noviembre de 1970, restableció las relaciones diplomáticas, rotas en 1964. Estados Unidos y la derecha chilena protestarían. Eran tiempos de un bloqueo incipiente y la expulsión de Cuba de la OEA, acordada en Punta del Este, Uruguay, 1962. Sólo un país mantuvo su dignidad, votando en contra: México. El mismo que hoy muestra su solidaridad con el pueblo y el gobierno cubano.
En 1971, la visita del comandante Fidel Castro a Chile transformó definitivamente mi visión de Cuba; comprendí mejor el significado de la lucha antimperialista. En la memoria, su mitin de despedida el 2 de diciembre en el Estadio Nacional y la pegada de carteles con el lema: ¡Hoy como ayer, socialistas con Fidel! Leí las dos declaraciones de La Habana, La historia me absolverá y El hombre y el socialismo en Cuba. En sus lecturas descubrí el sentido de la revolución, en cuyo camino tenía en frente un enemigo sin escrúpulos, que haría lo posible por destruirla.
Pablo González Casanova unió amor y lucha. Llamó a pensar un mundo donde las relaciones de explotación, inherentes al capitalismo, fuesen superadas. Y puso toda su fuerza en defender el socialismo en Cuba. Supo estar en los momentos críticos. Hoy, sería la voz de la conciencia antimperialista de Nuestra América en defensa de Cuba.
Cuba sufre el recrudecimiento de un bloqueo inhumano que viola el derecho internacional y el principio de autodeterminación. Se busca por hambre, por agotamiento, su derrota. Hasta hoy le ha sido imposible. El pueblo cubano resiste, no renuncia a su proyecto, abandera las mejores causas por la dignidad humana. Una revolución que se reinventa sorteando obstáculos, que recibe la solidaridad de los pueblos decentes del mundo. Seguramente argumentarán que la dignidad no da de comer. Se equivocan: forja conciencias rebeldes, para las cuales claudicar no es una opción. En la defensa de la revolución cubana, América Latina se juega su futuro.











