La muestra en El Estanquillo rinde homenaje al pintor // Su obra ha sido opacada por “la mirada sicologizante” que la permea, según historiador // Permanecerá hasta junio
Lunes 16 de febrero de 2026, p. 2
A 40 años de su temprano fallecimiento, la obra del jalisciense Enrique Guzmán (1952-1986) rompe un silencio de más de dos décadas para reivindicar su maestría técnica y su lugar en el arte mexicano.
La exposición El virtuosismo técnico de Enrique Guzmán, inaugurada el sábado pasado en el Museo del Estanquillo, no sólo rinde homenaje al creador, sino que también da inicio a las celebraciones por el 20 aniversario de ese recinto.
Alejandro Brito, director del museo, explicó la relevancia de la muestra. “La crítica es unánime: se trata de uno de los artistas más importantes de la historia del arte mexicano, sobre todo en la etapa contemporánea de la segunda mitad del siglo XX”.
Esa opinión es secundada por Uriel Vides, autor del texto introductorio de la muestra, quien destacó que ésta es una invitación a releer la obra de ese creador.
“Es un artista que ha recibido muy poca atención. A pesar de sus importantes contribuciones, permanece relegado, marginado, un tanto olvidado; esta exposición, además de conmemorativa, busca subsanar esos aspectos.”
El historiador del arte resaltó que uno de los objetivos principales de esta propuesta es superar “la mirada sicologizante” que ha permeado la lectura de la obra de ese autor, centrada en su biografía y en su trágico suicidio, a los 33 años.
El investigador profundizó en la figura de Guzmán, artista prolífico y difícil de clasificar. Nacido en Guadalajara y criado en Aguascalientes, llegó a la Ciudad de México en 1969, donde arrancó su carrera, detalló.
“Desde muy joven comenzó a ganar premios y la crítica lo celebró como un talento prematuro”, dijo. Sin embargo, su carrera, a la que comparó con “una botella de champán que se abre, emana su espuma y de repente se diluye”, se desvaneció de la escena artística antes de su muerte.
Vides resaltó que, pese a la leyenda negra que cuestionaba una supuesta falta de formación académica del creador –al no concluir sus estudios en La Esmeralda–, la muestra evidencia su dominio técnico.
El eje rector de la exposición son 14 dibujos a lápiz de carácter autobiográfico realizados en 1976. Lejos de ser meros ejercicios académicos, el especialista los describió como dibujos autorrepresentativos.
En ellos, indicó, sólo aparece su mano izquierda sosteniendo distintos objetos –una navaja, una canica, un papel, una moneda– que se prestan a interpretaciones, una ambigüedad que el propio artista nunca aclaró.
Comentó que Guzmán era de personalidad reservada y no solía hacer declaraciones sobre su propuesta. Por tal razón, es poco lo que se conoce sobre dicha serie a partir del artista o la crítica.
Lo que sí se sabe, explicó, es que “son dibujos autorreferenciales que pueden interpretarse como autorretratos, pero no en el sentido convencional del término, al romper con esa tradición occidental de querer mostrar el rostro”.
Vides destacó que una de las principales contribuciones de Guzmán fue el trasfondo conceptual en sus dibujos, que anticipan tendencias en el arte contemporáneo mexicano.
“No es la representación en sí, sino más bien la idea de la representación que hay detrás”, dijo. “Aquí son ejercicios de autorrepresentación en los que sostiene objetos que nos evocan muchas cosas, entre ellas su cotidianidad.”
La exposición también incluye dos óleos que contrastan la evolución de su estilo, desde lo onírico hasta lo más estético y, en el caso del titulado Adiós –un cielo con nubes sin ningún otro objeto–, hasta premonitorio, al, quizás, anticipar su muerte.
Armando Colina, director de la galería Arvil y propietario de la obra, expresó el honor de participar en este 20 aniversario del Museo del Estanquillo, creado por su entrañable amigo Carlos Monsiváis.
Reiteró la calidad de los dibujos de Guzmán, que no se exhibían desde hace dos décadas, cuando se presentaron en el Museo de Arte Carrillo Gil. “Es una obra exquisita, de calidad maravillosamente fina”.
Los especialistas abordaron las influencias y obsesiones de Guzmán. Señalaron que la serie de 1976 se inspiró en un manual francés del siglo XIX, La Science Amusante: Cent Nouvelles Experiences.
Hablaron además de sus “objetos fetiches”, como las navajas de rasurar, a las que cargaba de simbolismo, tal vez como una amenaza constante de muerte o a la felicidad.
Al abordar la influencia del artista en generaciones posteriores, Vides sostuvo que una de sus principales aportaciones fue la subversión de los símbolos nacionalistas y religiosos, así como su tendencia a la autorrepresentación.
Son rasgos que inspiraron a figuras claves del neomexicanismo, como Julio Galán o Nahúm B. Zenil. “Es un artista que no tiene parangón”, sentenció Brito, y citó al escritor Carlos Monsiváis, quien lo definió como “discípulo de sí mismo”.
El virtuosismo técnico de Enrique Guzmán permanecerá en el Museo del Estanquillo (Isabel La Católica 26, Centro Histórico) hasta junio, y marca el principio de los festejos por el 20 aniversario del recinto, los cuales, personal del museo adelantó a La Jornada, tendrán su parte cumbre en noviembre, con En otro orden de aparición, muestra que evoca el título de la exposición con la se inauguró ese espacio, en 2006, y ocupará los tres pisos del inmueble.











