De sus equivalentes en el mercado
esgraciadamente, no vivimos en el paraíso, donde las equivalencias entre el trabajo invertido en los satisfactores básicos para mantener a una población, regirían la justicia del reparto de bienes necesarios para la supervivencia de los individuos y las familias. Efectivamente, la aparición del dinero, equivalente universal del valor del trabajo y sus productos, permitió crear el espejismo de la riqueza en función de un cúmulo de valor expresado en monedas, papel moneda y títulos de propiedad. Lo que permite transacciones más fluidas, pero sobre todo favorece la acumulación de riqueza (y de la pobreza) como si fuera un juego de magia de feria o de casino, que si bien no deja satisfechos a los perdedores, fascina a los ganadores y a los intermediarios de los valores que hacen aparecer y desaparecer la riqueza y sus migajas, con admirables “pases” incomprensibles para cualquier ciudadana o ciudadano “derechohabiente”; o sea, los que tienen derecho a poseer unos papeles que “representan” dinero, pero que, si antes retiraban comisiones los usureros, hoy son sus sucesores: los bancos e instituciones paralelas, las que obtienen prodigiosos montos “legítimos” por manipular cifras en documentos, en papel moneda o en páginas virtuales de informática, cuyo manejo deja fortunas palpables y transformables en “equivalentes” de inmoral uso, aspecto y destino; como son los establecimientos, servicios, objetos de uso personal, entretenimientos y un largo etcétera, al alcance de un porcentaje mini mini mini de la población mundial. Mientras la mayoría muere de enfermedades curables o simplemente de hambre y de condiciones no aptas para la vida digna, en la mayor superficie del planeta. Pero no del nuestro, sino el de ellos, de quienes lo dominan.
Curiosamente, la aplastante mayoría de la población de nuestro planeta, nace sólo para morir. No porque su genética esté programada en este sentido, sino que una minoría empoderada históricamente, con alternancias de mandamases y de rebeldes iluminados (que casi siempre desaparecen antes de lograr marcar una diferencia virtuosa en la vida cotidiana y la supervivencia de lo humano) todavía no influyen (no influimos) en el devenir-porvenir de la humanidad. Humanidad como sujeto activo de la historia y no como el espectador y auditor que, en cierta narrativa escolar o religiosa, paraliza el papel activo de nosotros: los humanos. Nosotros quienes no entramos en la violencia para acabar con la violencia, y tal vez sea legítimo nuestro recular, porque al final de todo, sólo tenemos una vida: ésta, ¿por qué habríamos de situarnos sólo como espectadores de nuestro tiempo, para desaparecer hechos polvo en los aires de la esfera terrestre?
En la historia de la humanidad han desaparecido pueblos enteros, anatómica y culturalmente, mismos que recogemos, estudiamos y ponemos en vitrinas para ilustrar nuestro pasado. Pero hoy, en 2026, la matazón de niños y adolescentes en Gaza (lo escribimos con dolor agudo e inútil) y en el resto del mundo, arrojándolos a la pobreza, enfermedades curables, maltratos y drogas…. Estamos permitiendo que en la faz de la Tierra se aniquile parte de la población humana (como se hizo con la negritud mediante el desgaste humano de la esclavitud), ya que Palestina no tendrá al menos dos nuevas generaciones si no es que más, y al morir sus viejos, su población se verá tan disminuida por el diabólicamente inteligente plan israelí, por cierto, inspirado en su propia historia…
Sea como fuera, hoy, febrero de 2026 en México, tenemos la obligación y la urgencia de enseñar en escuelas, institutos y hasta universidades, que la destrucción de la humanidad, desde sus integrantes en carne y hueso, hasta sus productos cuyo origen tiene miles de años, es vida y no hay una mala vida. Sólo sucede que hay algunos vivos con instintos suicidas ligados a fantasías de cuentos infantiles y que, como en éstos, perderá y desaparecerá.











