Opinión
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Legado perenne
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ay seres cuyo paso por la vida fue tan fructífero y trascendente que su obra permanece iluminando el presente generación tras generación. Es el caso de Miguel León Portilla, quien en unos días cumpliría 100 años de vida.

Cuando falleció en 2019, a los 93 años de edad, comentamos que su voz era una luz que revelaba el pasado y esclarecía el presente, sabio, brillante, generoso, una auténtica conciencia moral de nuestro país que dejaba un sentimiento de orfandad.

En su ser convivía el enorme historiador, filósofo y lingüista con el hombre sencillo, afable, con gran sentido del humor, amoroso y profundamente humano.

Este rasgo tan significativo de su personalidad lo profundizó en su cercanía con Manuel Gamio, quien era su tío y fue su cercano colaborador en el Instituto Indigenista Interamericano. Siempre admiró el profundo humanismo de Gamio, que se expresó de manera imperecedera en la defensa y apoyo a los pueblos originarios. Lucha que León Portilla acometió en muchos frentes, entre otros, en su lucha por el reconocimiento de los Acuerdos de San Andrés, en Chiapas.

La colaboración en el Instituto estrechó fuertemente los lazos afectivos que convirtieron a Miguel en su confidente, amigo y su mano derecha, una relación que evocaba la de padre e hijo. Durante los años finales, con la salud muy mermada, Gamio depositó en el entrañable y capaz sobrino buena parte de las labores del instituto y a su muerte quedó al frente del organismo y realizó una destacada labor.

Ya hemos mencionado que su obra nos permitió conocer un lado luminoso de nuestra herencia ancestral que nos dio identidad y orgullo. Nos descubrió la filosofía, religión, poesía, cantos; en pocas palabras, la cosmovisión de los antiguos mexicanos, y develó la grandeza que guardaba.

En defensa de sus culturas, en lo que ocupan papel destacado las lenguas, propició la creación y sostenimiento de la Casa de los Escritores en Lenguas Indígenas, en el afán de mantenerlas vivas y estimular la creación actual. En muchas ocasiones dijo que cuando muere una lengua, la humanidad se empobrece, porque se pierde una manera de ver el mundo. Lo mismo podemos decir de su ausencia.

Fue miembro del Consejo de la Crónica que dirigí en calidad de secretaria ejecutiva a lo largo de 13 años, mismos que me permitieron estrechar la relación que existía por los lazos familiares y constatar cercanamente su profundo amor y compromiso con México y su ciudad capital.

Su padre y mi abuela materna eran hermanos; lo recuerdo de niña en casa de mis abuelos, un joven muy listo y agradable, con quien era evidente que mi abuelo Manuel –su tío político–, disfrutaba platicar. Años más tarde, cuando regresó de realizar estudios en Estados Unidos, como comentamos líneas atrás, colaboró con él en el Instituto Indigenista Interamericano que Gamio dirigió los últimos 20 años de su vida y nuevamente, con frecuencia, aparecía en la casa de los abuelos.

Poco se sabe de que en 1974 fue nombrado Cronista de la Ciudad de México, “sin pretenderlo”, decía con gracia. Cargo honorífico en el que duró un par de años, ya que le dificultaba su labor en la Universidad Nacional Autónoma de México. A pesar de no contar con apoyo presupuestal, realizó importantes trabajos y dejó propuestas que aún están vigentes.

Consideraba que la labor mas importante de un cronista es crear una conciencia histórica en la ciudadanía, esto –decía– puede hacer que la vida en la metrópoli sea menos hostil, más grata, más humana.

Para recordarlo en su centenario se han organizado varios actos a los que hay que asistir para revivir su su memoria y herencia invaluables. Les comparto algunos: mañana, en el Colegio Nacional, a las 18 horas, Eduardo Matos coordinará la mesa en que participarán Elisa Speckman, Javier García Diego y Ascención Hernández Triviño, la querida “Chonita”, gran historiadora y viuda de León Portilla, donde también se presentarpá el libro póstumo Miguel León Portilla: Soy mi memoria.

Para el jueves, a las 18 horas, la Academia Mexicana de la Lengua, en su recién renovada sede en Donceles 66, organiza un homenaje que encabeza su director Gonzalo Celorio, en el que participarán distinguidos miembros de la institución. El próximo domingo, a las 12 hrs, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, se llevará a cabo un evento celebratorio con la participación de Patrick Johansson, Natalia Toledo y Natalio Hernández.