l pasado martes 10 nuestra Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) realizó un homenaje a Gerardo Estrada, mexicano comprometido con la palabra y con la cultura. Ofrezco a los autores una versión de mi participación en la ceremonia:
Gerardo Estrada es un universitario comprometido con la palabra y la academia, con la cultura no como ejercicio minoritario, al que se dedican unos cuantos privilegiados, sino como síntesis virtuosa entre conocimiento y expresión que una comunidad hace de su vinculación –o aislamiento– con el mundo; suma de mitos y de sus realidades.
Gerardo ha sido profesor universitario por más de 50 años, acucioso observador de la vida político-social, promotor cultural, diligente servidor público. Su paso por la dirección de Radio Educación, por la dirección de Literatura de Bellas Artes, por la coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, por la dirección de Asuntos Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores, o por la dirección del Instituto Mexicano de la Radio (IMER), por mencionar sólo algunas de las tareas encomendadas, dan cabal cuenta de sus empeños y desempeños.
Gerardo Estrada, que este año ha cumplido 80 productivos años, pertenece a una generación de mexicanos que contribuyó a desbrozar el camino hacia el cambio político y la democracia. En los años 60 cursó estudios de sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de nuestra universidad, una época en la que, recuerda nuestro homenajeado, “(…) nos tocó el momento más vital y cautivador de la revolución cubana. Aún vivía el Che Guevara y su imagen no era todavía ‘póster’ de supermercado (…) El conflicto chino-soviético, en lugar de cancelar las esperanzas en el socialismo, significó la apertura de un nuevo camino (…) Los hippies alegraban las calles del primer mundo ofreciendo flores y en México disfrutábamos la minifalda.
“A pesar de que mi generación fue la primera masiva (éramos 200 al ingresar a la universidad), todos nos conocíamos y la comunicación intergeneracional era fácil. Los maestros de entonces eran muestra de un grupo brillante que había hecho de las ideas y la práctica política una sola cosa. Presidida la Escuela por Pablo González Casanova, quien en 1965 publicara La democracia en México y terminaba un segundo periodo al frente de su dirección, se habían incorporado un equipo brillante de catedráticos: Francisco López Cámara (…) Enrique González Pedrero (…) Víctor Flores Olea (…)” (Gerardo Estrada, “Ciencias políticas en los años sesenta”, Revista Mexicana de Ciencias Políticas, México, 2019).
Eran tiempos de una vida estudiantil activa, enmarcada por una serie de cambios de orden diverso: desde guerras, pasando por todo tipo de segregaciones, hasta cineclubes y tocadas; vuelcos culturales que, en más de un sentido, daban cuenta de una serie de contradicciones. Es en ese medio que nuestro homenajeado inicia su andar ciudadano.
Gerardo fue un participante comprometido y un riguroso estudioso del movimiento estudiantil. Es autor de 1968, Estado y universidad: orígenes de la transición política en México, un texto que ha sido una referencia importante y que busca “(…) una explicación (…) de esa relación tan compleja que ha habido entre la UNAM y el Estado mexicano”. (conversación con Pablo Espinosa, La Jornada, 15/10/2004).
Una movilización en la que, por primera vez en el México del “aquí no pasa nada”, se dieron cita miles de jóvenes, quienes codo con codo marchaban con profesionistas, comerciantes, amas de casa, empleados… lo que le otorgó su original carácter: alegre, festivo, espontáneo, esperanzador.
Un movimiento que, de plantearse la defensa de derechos ciudadanos elementales, abrió compuertas a grandes transformaciones en todos los ámbitos de nuestra vida colectiva. Al respecto, el admirado filósofo mexicano Luis Villoro apuntó: “Que el cumplimiento de la Constitución tuviera que ser exigido por un movimiento tachado de ‘subversivo’ ponía al descubierto toda la mentira ideológica en que vivía el régimen”.
El de 68 fue un movimiento que, apuntó recientemente Gerardo, “representó la irrupción de las clases medias en la vida política del país, un sector que había disfrutado de los privilegios del sistema, pero que carecía de lo esencial: participación democrática” (Gaceta UNAM, 26/01/26).
Una participación, digo yo, que abrió los cauces para que la pluralidad política pudiera expresarse y tener representación formal, pero que ha sido incapaz, hasta ahora, de articular los esfuerzos colectivos por recuperar el sentido de justicia social y aspirar a un curso bueno de desarrollo.











