ace un año, el entonces recién estrenado vicepresidente JD Vance usó su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich para lanzar un ataque frontal contra sus socios europeos, en una serie de declaraciones que prefiguró la animosidad del trumpismo hacia el viejo continente en todo el año. Con ese precedente y el antecedente inmediato de los amagos de Donald Trump para apoderarse de Groenlandia, el clima previo al encuentro de este fin de semana era de previsible tensión. Sin embargo, la sustitución de Vance por el secretario de Estado, Marco Rubio, como enviado de la Casa Blanca ayudó a limar asperezas y relanzar un diálogo que si no está completamente roto es por el estoicismo de los dirigentes europeos, decididos a digerir cualquier humillación antes que enfadar a Trump.
Según Rubio aseguró: “no buscamos separarnos, sino revitalizar una vieja amistad”, pero en el entendido de que Estados Unidos quiere “aliados que se enorgullezcan de su cultura y su herencia, que comprendan que somos herederos de la misma gran y noble civilización, y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla”. Cabe recordar que cuando los políticos e intelectuales conservadores apelan al “orgullo” occidental por su cultura y su historia, se refieren a reivindicar su pasado colonial y su pretendido derecho a imponer al resto del mundo su cosmovisión, intereses y poderío, tal como encarnan el Destino Manifiesto, la doctrina del excepcionalismo y la Doctrina Monroe, pilares ideológicos del imperialismo estadunidense.
Hace unas semanas, cuando Trump llegó a afirmar que arrebataría Groenlandia a Dinamarca “por las buenas o por las malas”, algunos gobernantes europeos comenzaron a reconocer la necesidad de contar con una política exterior y un sistema de defensa independientes de un país que desde diciembre pasado hizo oficial que ya no ve a la Unión Europea como su principal aliado, sino como un rival que debe ser tratado como Washington y Bruselas tratan al resto del mundo: mediante un injerencismo abierto en sus asuntos internos, el patrocinio a grupos políticos que le son afines y extorsión financiera. La llamarada soberanista duró poco: el secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, descartó cualquier posibilidad de que el viejo continente disponga de una disuasión militar creíble sin Estados Unidos, y el jueves el canciller alemán, Friedrich Merz, dio por terminada la tímida rebelión. Para el conservador, el único camino es mantener la alianza bajo la batuta estadunidense y satisfacer la exigencia de Trump de que los miembros europeos del pacto eleven su gasto en defensa a 5 por ciento del producto interno bruto, un nivel tan delirante que supera a las erogaciones promedio durante la guerra fría. Para dimensionar lo que significa ese derroche en las finanzas públicas, vale mencionar que México destina 0.48 por ciento de su PIB a defensa. Más allá de los discursos, Bruselas ha hablado con los hechos al hacer de lado sus objetivos en materia de combate al calentamiento global y, ante todo, al replicar las políticas xenófobas que están en el corazón de los viejos y nuevos fascismos.
La ultraderecha ni siquiera ha necesitado ganar elecciones para hacer realidad su agenda, pues la derecha tradicional ha hecho suyas las banderas neofascistas mediante el debilitamiento del derecho al asilo, la aceleración de expulsiones, el envío de migrantes a campos de concentración eufemísticamente llamados “centros de retorno” y la criminalización feroz no sólo de los propios migrantes, sino de cualquiera que les preste algún tipo de asistencia.
Como se ha señalado en este espacio, la obediencia geopolítica de Europa a Estados Unidos se basó siempre en un arreglo tácito por el cual las medianas potencias cedían su soberanía a cambio de que el “hermano mayor” corriera con la mayor parte de los gastos militares. Pero si desde Bruselas y Londres ya están desmantelando a marchas forzadas sus estados de bienestar a fin de cumplir con su “cuota” presupuestal en la desbocada carrera armamentística, queda claro que el alineamiento con el trumpismo ya no responde a razones prácticas, sino a que, aunque no les guste verse en ese espejo, la mayoría de los líderes europeos tiene más coincidencias que diferencias con el fascismo trumpiano.











