Viernes 13 de febrero de 2026, p. 2
El escritor neerlandés Cees Nooteboom es uno de esos autores que rayan en la genialidad pero no son víctimas de los reflectores, como Pascal Quignard, y operan en sentido contrario de muchas plumas medianas con harta marquesina.
Nooteboom es de larga rienda, hondos registros. Su novela Perdido el paraíso posee la belleza de la poesía, la altura del pensamiento filosófico y la maestría de un relato trepidante desde su página inicial.
Parte de una pregunta que se han planteado grandes autores (Wim Wenders, por ejemplo): “¿quién habrá desterrado del mundo la idea de los ángeles cuando yo sigo sintiéndolos a mi alrededor?”
La novela es cuatripartita: el prólogo es un fascinante juego de espejos, un episodio que le ocurrió en la vida real, cuando en una aeronave pequeña, una hermosa mujer está leyendo, en el asiento de la otra fila del avión, una novela que en realidad es la novela que estamos leyendo todos: Perdido el paraíso, de Cees Nooteboom.
El autor de Tenía mil vidas y elegí una sola y de Los zorros vienen de noche ubica las acciones de los siguientes capítulos en una favela en Río de Janeiro, y después traslada la acción a Australia, en una delicada maniobra narrativa donde pone a prueba los límites y ejecuta limpiamente un ritual de sanación, una mirada antropomórfica a la cultura aborigen australiana y finalmente un viaje interior.
No es casual que una de las especialidades de Cees Nooteboom hayan sido los libros de crónicas de viajes. Porque todo viaje es un viaje interior.












