ajo el título de “Clásicos del Cine Cubano”, la Cineteca Nacional integró una retrospectiva de 10 películas de la isla caribeña que abrió con aquella amarga obra maestra Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea, relato de enorme profundidad social y política sobre el ocaso de la burguesía y el triunfo de la revolución; tema de otros relatos fundamentales como El brigadista, Lucía, Las doce sillas, Manuela, Clandestinos y más. Ello, en un ciclo que incluyó algunas de las anteriores y otras como Vampiros en La Habana, Soy Cuba, De cierta manera, La última cena, Retrato de Teresa y Se permuta.
Y es que existe una historia del cine cubano antes y después de la revolución de 1959. El cine precastrista –por etiquetarlo de alguna manera– era casi inexistente, como lo ejemplifican otras cinematografías latinoamericanas (Uruguay, Venezuela o Paraguay). Cuba fue sobre todo el paraíso de la locación exótica: las playas doradas, los cabarets, los ritmos afrocubanos y sus mujeres exuberantes y sensuales que llenaron incluso toda una etapa importante de cinematografías como la mexicana de los años 40 y 50. En breve, un nuevo cine cubano abría la esperanza fílmica latinoamericana y uno de los responsables fue Tomás Gutiérrez Alea apodado Titón.
Luego de su inevitable paso por el documental y seguido de su primer largometraje, Historias de la revolución, realiza la divertida comedia Las doce sillas para emprender después una de las grandes películas del cine latinoamericano: La muerte de un burócrata, que lo convierte en el gran explorador de la burocracia, uno de los azotes de la Cuba de entonces y de hoy y a su vez mostrando el desencanto y la ilusión de un pueblo cuyas dudas si se estaba mejor afuera que adentro eran tan válidas como cualquiera.
Fresa y chocolate (1993) codirigida con Juan Carlos Tabío, ganadora del Premio Especial del Jurado y el Oso de Plata en Berlín, abre con un divertido prólogo, el de un fallido coito en un hotel de paso entre David (Vladimir Cruz) y su novia mientras se intercalan irónicas frases como “somos felices aquí”, para pasar a la mítica heladería Coppelia, donde tiene lugar un ligue fallido entre David y Diego, fotógrafo gay (Jorge Perugorría) que se convertirá en una profunda y tolerante amistad.
Inspirada en El bosque, el lobo y el hombre nuevo del entonces joven y afamado escritor cubano Senel Paz, abordaba un tema prácticamente tabú en la literatura y el cine de Cuba: la homosexualidad, lo que servía como pretexto para ahondar sobre la intransigencia en la religión, el arte y las ideas políticas. Ambientada en una Habana plagada de impresionantes carteles de propaganda nacional y castrista, supuestamente en 1980, poco antes de la salida de los llamados “marielitos”, el filme puede verse como una protesta a esos años de represión en los que se limitaba la libertad y la creatividad de la comunidad gay, reducándolos en las temibles Unidades Militares de Ayuda a la Producción. No obstante, la casi total falta de referencias permitían situar la trama en los 90.
A ritmo de Beny Moré y con obligadas referencias a José Martí, José Lezama Lima y otros dignos representantes de las letras, la política y la cultura popular cubana, se narra la historia de David, aspirante a escritor y miembro de las juventudes comunistas, dogmático, cargado de prejuicios que atraviesa por una crisis afectiva y de Diego, homosexual amanerado y católico, amante y conocedor del arte y la cultura nacional, cuya amistad empieza a fraguarse a la vez que el primero supera su homofobia y el segundo se ve inmerso en duras presiones estatales que terminan por obligarlo a dejar la isla en contra de su voluntad en medio de frases irónicas y alegatos a favor y en contra del régimen.
Lejana a la excepcional –y en realidad la gran cinta crítica de la revolución– Alicia en el pueblo de las maravillas (Daniel Díaz Torres, 1990) y sin los dogmatismos revolucionarios de Mi socio Manolo (Julio García Espinoza, 1992), Fresa y chocolate transitaba por un terreno riesgoso en el que coinciden las reflexiones sociales de Gutiérrez Alea y el humor sarcástico de Tabío en Se permuta o Plaff (de donde surge el personaje de Nancy, la fayuquera y santona) con un eficaz y emotivo tono emocional que superaba las limitantes de producción. Un rotundo clásico.
Fresa y chocolate (Cuba-España-México, 1993) se exhibe hoy en la sala 10 de Cineteca Xoco a las 19:30 horas.












