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Cuando el rock es tu padre
L

a longevidad del rock abrió capítulos inesperados, muchas veces tema del sensacionalismo, pero en el largo plazo experiencias significativas. El relato autobiográfico Un día contaré esta historia (Grijalbo, México, 2025, 259 pp.) de Amanda Lalena Escalante, mejor conocida como Amandititita, nos lleva al desenlace positivo de una ruta vital poblada de desastres que bien pudo terminar en el naufragio. El título mismo lo define: el día que esté en condiciones mentales de hacerlo, contaré esta historia.

La paternidad es un aspecto espinoso en la historia del rock, desde luego similar a otras historias personales y familiares en el orbe del espectáculo, la fama, el poder y la exposición mediática. Pero dada la, digamos, autoridad moral que llegaron a tener las figuras claves del rock y sus derivados, las historias de sus hijos e hijas sorprenden como una verdadera galería del mal ejemplo o la mala suerte. Entre el chisme infame, la historia y la crítica cultural, son relevantes algunos casos célebres. Los dos raseros de John Lennon: Julian, el abandonado (y semiadoptado por el tío Paul), y Sean, el consentido de Yoko, huérfano demasiado pronto. Cliff Morrison, quien no conoció a Jim su padre, heredó su voz y se dio a conocer cantándolo sin llegar muy lejos. Mejor les fue a Dweezil Zappa, Jakob Dylan o Ziggy Marley, entre otros que han seguido los pasos de sus famosos padres o madres. No pocos perdieron la batallas contra el exceso en que crecieron.

Hay un dramatismo inevitable en una escena cultural y musical que de origen se entregó al drama, el glamur, la comedia, la tragedia, el abuso, el exhibicionismo, el despilfarro, el oso mesiánico. La dosis de autodestrucción narcisista que los padres y las madres del rock administraron a sus vástagos no son para cualquier estómago, en la misma estirpe de Jan Kerouac, quien apenas si conoció a Jack, pero lo siguió en la pista On the Road más rápida y dolorosamente. O la hija de Nina Simone, que tuvo que soportar los desvaríos de la gran cantante. Muchos de estos hijos e hijas terminaron por ser “famosos” sin más, o como víctimas. Se ve en la escena internacional y también hay casos en la nacional.

Amanda Lalena (llamada así por dos canciones favoritas de su padre, Te recuerdo Amanda, de Víctor Jara, y Lalena, de Donovan) emprende el relato de su vida con fines de sanación (como se dice ahora) e intención literaria, en un libro triste como la chingada. Ora sí que Little Girl Blue en voz de Janis. A sus seis años murió su padre, el querido trovador urbano Rodrigo González, Rockdrigo, “profeta del nopal”, bajo los escombros del terremoto de 1985. La tragedia puso a prueba los equilibrios de su madre, periodista en un inicio y largamente víctima de sí misma, de sus evasiones, del alcohol y la pobreza autoinfligida.

Al momento de su deceso, Rockdrigo no era tan famoso. Sí conocido, y su público admiraba su humor, su ingenio, su carácter decidido. La fama y el mito vinieron después. Elegido por los dioses, lo inmortalizó su muerte. Su pequeña hija, que para siempre siguió siendo pequeña de estatura por destino o rebeldía, con algo del Oskar Matzerath en El tambor de hojalata, vivió la orfandad como lápida insoportable. Comenzando por los rituales, cada año más extraños, de su madre ante el sitio donde murió Rockdrigo, y la cadena de malos ratos y mala vida en la que la hunde sin querer esta mamá, personaje fundamental del libro.

Vemos la cara desmitificada de la fama, el buleo, la veleidad de los fandoms. A la niña olvidada en la pachequez borracha e irresponsable de los adultos, el tianguis del Chopo, los after parties y la vida loca, durmiendo en hoteluchos, de arrimada o de plano en la calle. Cuida a la madre peda, cruda o eriza. Al hermanito, y luego sus malos pasos. Desprecio de la familia paterna en Tampico. Una tía aprovechada. Tampoco ayuda la familia de la madre. Vive la Ciudad de México como un túnel. Busca la luz en gente buena, en guías espirituales. Explora el rumbo en los libros y la bondad de otros. Finca su humanidad en la música y la escritura. Cree en milagros.

Nacida en 1979, hacia los 28 años conoce la fama como intérprete de un género propio, anarcumbia, entre cumbia y rock. Para llegar ahí necesitó sobrevivir numerosas penurias. No podemos experimentar sino ternura, cariño, preocupación por su relato. La recuerdo antes de su fama (era “la hija de Rockdrigo” en las fiestas, adonde por fortuna la solían acompañar amigos-cuidadores): uno podía sentir su alma perdida. Un día contaré esta historia reconoce a los ángeles guardianes que no le han faltado, como Artemio Narro (y su padre Carlos), Guillermo Fadanelli, el tío más eficazmente improbable para una chica como ella, o el editor Andrés Ramírez.

Cantautora del rango naco-a-propósito y la crítica social heredera de Rockdrigo, pero más feroz y vengativa. Posee una desarrollada presencia escénica, una mirada fina y terrible pero también chistosa, que atrae a seguidores jóvenes y logra presentaciones épicas. Algunas de sus rolas serán tan memorables como las de su progenitor. Cantautora y escritora, Amanda Lalena se reconcilia al fin con el presente que le toca.