a mañana del jueves compañeros de la Universidad me dieron la noticia del fallecimiento de John Saxe-Fernández. Me llenó de tristeza, pero también de recuerdos gratos y valiosos que he estado recobrando en los últimos días.
Durante años compartí con John y su esposa Teresa Castro Escudero una amistad. Solían abrir su casa, allá en los cerros del sur poniente de la ciudad, a sus muchas amistades y ofrecer deliciosas comilonas en la larga mesa de su cocina. La casa era sumamente acogedora en esas alturas tan húmedas, habitada por muchos perros juguetones, y por miles de libros, discos, un gran piano y ventanas amplías con vistas a los boscosos alrededores.
John fue mi maestro cuando cursé la carrera de Relaciones Internacionales en la FCPyS de la UNAM. Con él aprendí los fundamentos de la economía política. Recuerdo que por allá al final de los 80, cuando los estudiantes escogíamos materias, algunos compañeros dudaban si inscribirse a la clase de John por que se decía por ahí que era muy estricto e iracundo, y para otros incluso “demasiado radical”.
No fue fácil la inscripción a su curso porque al final sus clases estaban reple-tas. Pero sí evoco un par de ocasiones en las que John sí que se enojó. Una vez pidió a los fumadores salir del salón; exclamó que era “un verdadero suicidio fumar y más en esta ciudad” (la contaminación del aire era mucho peor entonces). Otro día llegó al salón con periódicos en mano y preguntó quién había leído las noticias de la mañana. No levantamos la mano. Era muy de mañana y estábamos adormilados. Dio un azotón de periódico en la mesa, seguramente La Jornada, y exclamó que no era posible pretender ser alumnos de esta facultad y no leer los diarios todos los días. Dejó la clase y dijo que esperaba que para la siguiente llegáramos bien informados.
John no era iracundo, era riguroso, sí, y apasionado de la política mundial y pare-cía no querer desperdiciar un segundo de vida para analizar y desmenuzar la truculencia del capitalismo, la hegemonía estadunidense y su imperialismo sobre América Latina.
Además de su tenaz crítica del neoliberalismo, y de sus libros como La compra-venta de México (lectura imprescindible), y de vincular la apertura económica y energética del país con los intereses geopolíticos Estados Unidos y con tantos otros temas, –desarrollados también en cientos de artículos en este diario–, John fue un defensor de la universidad como un bien público y crítico de la mercantilización de la UNAM, y de la subordinación financiera de la investigación científica a intereses empresariales, concretamente de trasnacionales estadunidenses, coludidas con las élites tecnócratas del poder en México. Fue maestro no sólo de una amplia gama y generaciones de alumnos de diversos centros e institutos (FCPS, CEICH, IIE, Clacso), sino de trabajadores, sindicatos, organizaciones en lucha ante el TLCAN, congresistas, políticos, la lista es larga.
En la lucha ante el TLCAN es quizás cuando más me vinculé con él. En el prólogo que hace del libro de nuestro amigo en común, Jeff Faux, La guerra global de clases (editado por la UACM), John dice tajantemente que “el libre comercio ha sido siempre el arma de las potencias para evitar que países como el nuestro apliquen su propia agenda para el desarrollo”. Frase sencilla, pero con base en investigación plasmada en miles de páginas, que buena falta nos hacen para entender hoy día como abordar el T-MEC. Y John era particularmente humilde y generoso –nada como algunas “vacas sagradas” de la academia– siempre dando crédito y haciendo referencias desde un o una alumna, a los más expertos de la geopolítica global. Así logré conocer a una gran lista de personajes en las tertulias en su casa y de Tere.
También me gustaba ir con él a comer al Allende, ese clásico restaurante en Copilco, conocido como una “extensión” de la UNAM. Entrar con él me daba orgullo, pues estudiantes y personajes de la intelectualidad universitaria se paraban a saludarlo y él me presentaba. Ahí tramábamos seminarios, publicaciones y siempre se esforzaba por articular a sus alumnos de distintas generaciones. Junto con Ana Esther Ceceña apoyó también a varios alumnos para hacer estancias de posgrado en Washington, auspiciados por mi propio instituto, el IPS.
Tuve la fortuna de pasar tiempo con él y no recuerdo pláticas mundanas o frívolas. Quizás cuando nos divertimos un poco fue paseando en una calle comercial en Ámsterdam, cuando fuimos a festejar el 25 aniversario del Transnational Institute en 1999, y el buscaba un sombrero, porque había perdido el suyo (www.tni.org).
Podría seguir buscando en mi memoria anécdotas. Y ahora que dije esa palabra, recuerdo como él me acercó a la revista Memoria para escribir algunos artículos por esas épocas; acerca del primer Foro Social Mundial de Porto Alegre, por ejemplo. En su casa conviví con varias personalidades de CEMOS.
Pero quizás de tanto trabajo, imposi-ble de describir a cabalidad aquí, lo más urgente hoy día es rescatar su defensa de Cuba. Sé que John dejó por publicar-se un libro sobre Cuba, pero años atrás dejó un ensayo en el que destaca que Fidel, tras su muerte, “dejó en claro algo de urgente importancia: ‘que las sociedades de consumo son las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente. Ellas nacieron de las antiguas metrópolis coloniales y de políticas imperiales que, a su vez, engendraron el atraso y la pobreza que hoy azotan a la inmensa mayoría de la humanidad” (ver en Cubadebate https://tinyurl.com/2hp6dfcb). Se echarán de menos sus artículos de los jueves en este diario, pero seguiré haciendo referencia al legado de John, como su crítica a la “globalización pop”.
Continuará...
* Institute for Policy Studies www.ips-dc.org












