A la ciudad la han acabado, dice // Hicieron del Zócalo un mercado // La frecuentaban María Félix y Siqueiros
Viernes 6 de febrero de 2026, p. 30
Después de 99 años, la peletería Hermanos Migliano, ubicada en la calle República de Uruguay, casi esquina con la avenida José María Pino Suárez, cerrará sus puertas. Alberto Luis Migliano Maure, a cargo del establecimiento, junto con su hermano Eugenio, precisó que no se trata de un desalojo, porque la propiedad, de planta baja y tres niveles, fue construida por su padre, Antonio Migliano Aimonetty, en 1926 y el lugar se inauguró en 1927.
A cuatro meses de cumplir 80 años, don Alberto Luis aseguró que el motivo es porque no hay quién siga con el negocio familiar, que se caracteriza por el olor a la piel que aún vende por decímetros, lineal –de cola a cabeza– o por kilo: “las cosas se acaban, no hay de otra”.
En las siguientes semanas, una franquicia de la cafetería La Parroquia de Veracruz ocupará el lugar que hace varias décadas enviaba pergaminos a Miami, Las Vegas, Estados Unidos, y a Acapulco, y que daba salida a la piel de cabra importada de Alemania y Francia, que era la más solicitada para confeccionar zapatos y pantuflas.
Entrevistado en el negocio centenario –que tiene vitrinas y anaqueles hechos con madera de encino blanco y pino–, reprochó: “a la ciudad la han acabado; el Centro está sucio, pero es hermosísimo. Hicieron del Zócalo un mercado”.
“María Félix tenía mucha razón: ‘el Centro apesta’. (Ella) venía aquí a comprar piel de becerro importado o de res para hacerse un cinturón”, relata, mientras señala con el dedo índice que en cada visita de la diva las personas se aglomeraban en la calle, y que David Alfaro Siqueiros también visitó el lugar “para ofrecer a mi papá cuadros, pero nunca le compró nada”.
Mencionó que se vendían pieles de res, caballo, conejo y borrego: “lo que todo mundo quería era el sillero, la baqueta, fornitura se llamaba, que era el curtido vegetal”, así como accesorios para el arado.
En ese tenor, reprochó que se dejara entrar la mercancía, particularmente “98 o 99 por ciento china, y la industria nacional valió gorro”.
Mostró los broches para pañales, camisas y para pantalones que dejaron de ser buscados, porque las prendas de ahora “ya tienen todo”.
En el edificio estilo ecléctico que tuvo su auge en el porfiriato, recordó que la peletería “era la única que tenía curtiduría. Años atrás mi abuelo era introductor de leche y de ganado en la Ciudad de México y hacía sillas de montar y todo lo que se requería para el caballo. Eso le costó que lo mandaran al paredón tres veces, pero lo perdonaron las tres.
“Los conservadores o los revolucionarios agarraban a una persona y la silla de montar tenía la inscripción Juan Migliano, y decían ‘el traidor’ e iban por él. La tercera vez, mi abuelo tenía un caballo inglés, y Villa lo quería. Mi abuelo lo escondió, pero lo encontraron, y el abuelo sacó la pistola y dijo ni para Villa ni para mí y mató al animal”.
Aún no olvida que para curtir se necesitan 75 litros de agua por kilo de cuero crudo y el promedio de la res es de 22 kilos, con lo que, dijo, hasta el momento “nada suple al cuero”.












