Opinión
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Aprender a morir

Confirmación y relato

E

scribe Esther Robledo: “Qué razón tuvo al advertir de la primera venganza de Lucifer con el pretexto de la Navidad y sus celebraciones idiotas. Ahora, a pagar los que puedan”.

Óscar Ramírez comparte este relato: “Vencer su timidez no le fue fácil pero se armó de valor, se levantó de su asiento, estiró la espalda, carraspeó para aclararse la garganta y con pequeñas zancadas alcanzó a quien empujaba una silla de ruedas transportando a una mujer de aspecto muy viejo, delgadísima, casi en los huesos, vestida con ropa limpia, no tan vieja como ella, pero con innumerables zurcidos. Oiga, espere un momento, dijo en un casi inaudible susurro. El pasillo de la planta baja del Instituto Nacional de Cardiología parecía un puente entre el día y la noche emergiendo de la grisura. Una sala a cada lado del pequeño pasaje lo hacía aparecer como una cruz cuyos travesaños estuvieran plagados de hormigas con tantos pacientes a la espera por horas para ser atendidos. Algunos conversaban en voz baja.

“El ambiente en el pasillo y las salas era de murmullo. Había conversaciones, pero eran como el eco del ronroneo de una bomba de agua en una casa desierta. A veces había variaciones menores en el volumen, pero todo se silenciaba cuando una enfermera pronunciaba un nombre, Tomasa Cadena Peralta, Amador Uribe, Viridiana González, Sarita Soberanes, Roberto Rico, llamándolos a uno de los consultorios en otro pasillo, al fondo. Interrumpido cuando empujaba la silla, el hombre recién detenido, dejó salir en palabras su sorpresa, ¿por qué me detiene?, debo llevar a mi bisabuela lo más rápido posible al coche, hoy cumple cien años y le tenemos organizado un gran festejo, pero con todo listo ella se negó a hacer nada si antes no asistía a su cita en Cardiología, debo regresarla cuanto antes.

“El bisnieto hizo un comentario más: el médico la encontró, obviamente, vieja, pero bien, razonablemente bien, como le dicen en todas sus citas, a las cuales y pase lo que pase, asiste, como hoy, siempre puntual. Entienda entonces, no me detenga, no ve, que llevo prisa; no tengo por qué perder mi tiempo con usted. Con voz apagada, casi melancólica, triste, el aludido contestó, discúlpeme, no quería molestar, sino únicamente decirle que al llevar a su bisabuela en la silla, lo haga despacio para poder mirar con calma las blancas mariposas saliendo del lado izquierdo de su pecho al ser trasladada.”