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Libris
Mi refugio y mi tormenta
Periódico La Jornada
Domingo 1º de febrero de 2026, p. a12

En Mi refugio y mi tormenta (Alfaguara, 2025), Arundhati Roy explora la compleja relación que tenía con su madre, Mary Roy, fallecida en 2022. Entre rebeldía, amor y reconciliación, la autora muestra cómo la presencia de su madre, a veces aterradora, fue decisiva en la construcción de su identidad. Presentamos un fragmento inicial del libro, con autorización de la editorial.

Gánster

Eligió septiembre, ese mes perfecto, para irse. El monzón se había alejado y Kerala refulgía como una franja esmeralda entre las montañas y el mar. Mientras el avión se inclinaba para aterrizar y la tierra se elevaba para recibirnos, me costaba creer que la topografía pudiera causar un dolor físico tan palpable. Nunca había visto ese paisaje querido, nunca lo había imaginado, nunca lo había evocado sin que ella formara parte de él. No podía pensar en aque- llas lomas y aquellos árboles, en los verdes ríos, en los arrozales encogidos y cubiertos ahora de cemento, salpicados de gigantescas vallas publicitarias que anunciaban horrorosos saris de boda y joyería aún más horrorosa, sin pensar en ella. Estaba entretejida en todas estas cosas; era en mis pensamientos más alta que cualquier valla publicitaria, más peligrosa que cualquier río en crecida, más implacable que la lluvia, más real que el propio mar. ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Cómo? Murió sin previo aviso. Impredecible como era.

La iglesia no la quería. Ella no quería a la iglesia. (Había una historia brutal ahí, nada que ver con Dios.) Y así, por su posición en nuestra ciudad, y por cómo era nuestra ciudad, tuvimos que organizarle un buen funeral. Los periódicos locales se hicieron eco de su fallecimiento en las portadas, y también se mencionaba en la mayoría de los periódicos de tirada nacional. Internet se iluminó con las muestras de cariño de varias generaciones de alumnos del colegio que ella había fundado, cuyas vidas había transformado, y otras personas que conocían la legendaria batalla judicial que libró y ganó por la igualdad de derechos de sucesión para las mujeres cristianas. La avalancha de obituarios nos obligaba aún más a actuar en consecuencia y despedirla como se merecía. Pero, ¿qué era lo mejor? Por fortuna, el día de su muerte el colegio estaba cerrado y los niños se habían ido a casa. El campus era nuestro. Fue un alivio inmenso. Tal vez esto también lo hubiera planeado.

Las conversaciones en torno a su muerte y a las consecuencias que tendría para nosotros, para mí en especial, empezaron cuando yo tenía tres años. Por entonces ella tenía 30, estaba debilitada por el asma, sin un céntimo (su único activo era una licenciatura en Pedagogía) y acababa de dejar a su marido, mi padre, debería decir, aunque por alguna razón eso suena algo extraño. Cuando murió estaba a punto de cumplir los 89, de modo que tuvimos seis décadas para hablar de su muerte inminente y de su última voluntad y testamento, que, dada su preocupación por las herencias y los testamentos, reescribía casi cada dos semanas. La cantidad de falsas alarmas, escapadas por los pelos y fugas espectaculares que llegó a vivir habría dado que pensar a Houdini. Nos adormecieron en una especie de complacencia ante la catástrofe. Yo creía sinceramente que viviría más que yo. Al no ser así me quedé destrozada, hecha trizas. Estoy atónita y algo más que avergonzada por la intensidad de mi reacción.

Mi hermano puso el dedo en esa llaga. “No entiendo tu reacción. A ti te trató peor que a nadie”. Quizá estuviera en lo cierto, aunque a mi juicio él se había llevado el premio gordo. Puedo entender que a sus ojos me humillaba al no reconocer lo que nos ocurrió cuando éramos pequeños. Pero yo había dejado atrás todo eso hacía mucho tiempo. He visto –y he escrito sobre– tanto dolor, tanta miseria sistémica, tanta maldad sin paliativos, tan di- versas repeticiones del infierno, que sólo puedo incluirme entre los más afortunados. He pensado en mi vida como una simple nota a pie de página de las cosas que de verdad importan. Nunca trágica, a menudo muy divertida. O tal vez sea esta la mentira que me cuento. Quizá he montado mi tienda donde el viento sopla más fuerte, con la esperanza de que me arranque el corazón del cuerpo. Quizá lo que estoy a punto de escribir sea la traición a mi yo juvenil por la persona en la que me he convertido. En tal caso, el pecado no es leve. Pero no estoy en posición de juzgarlo.

 

Me fui de casa –dejé de ir a casa, o a lo que se suponía que era mi casa– al cumplir los 18. Acababa de empezar el tercer curso en la Escuela de Arquitectura de Delhi.

Por aquel entonces terminábamos el bachillerato a los 16 años. Esa era la edad que tenía en el verano de 1976, cuando llegué por primera vez a la estación de Nizamuddin, sola, sin siquiera un conocimiento elemental del hindi, para hacer el examen de ingreso en la Escuela de Arquitectura. Estaba muerta de miedo y llevaba un cuchillo en el bolso. Delhi se encontraba a tres días y dos noches en tren de Cochín, que a su vez está a tres horas en coche de nuestra ciudad, Kottayam, que a su vez está a pocos kilómetros de nuestro pueblo, Ayemenem, donde pasé mi primera infancia. Dicho de otro modo, Delhi era para mí un país totalmente distinto. Distinto idioma, distinta comida, distinto clima, distinto todo. La escala de la ciudad me resultaba incomprensible. Yo venía de un pueblo donde todo el mundo sabía dónde vivía todo el mundo. Hice el ridículo preguntándole al conductor de un autorickshaw si podía llevarme a casa de la hermana mayor de mi madre, la señora Joseph. Supuse que sabría dónde vivía. Dio una calada al beedi que estaba fumando y apartó la cabeza con aire hastiado. Dos años después era yo quien fumaba beedis y cultivaba ese aire inigualable de hastío cargado de desdén. Con el tiempo cambié mi cuchillo por unas buenas provisiones de hachís y pinta de urbanita. Había emigrado.

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▲ Portada del libro Mi refugio y mi tormenta, de Arundhati Roy.Foto

Dejé a mi madre no porque no la quisiera, sino para poder seguir queriéndola. Si me hubiera quedado, eso habría sido imposible. Cuando por fin me fui, pasé varios años sin verla ni hablar con ella. Nunca me buscó. Nunca preguntó por qué me había marchado. No era necesario. Las dos lo sabíamos. Optamos por contarnos una mentira. Una muy buena. La inventé yo: “Me quiso tanto como para dejarme marchar”. Esto lo escribí en la portadilla de mi primera novela, El dios de las pequeñas cosas, que está dedicada a ella. Mi madre citaba esta frase a menudo, como si fuera una verdad divina.

Mi hermano dice en broma que es el único pasaje de ficción de todo el libro. Hasta el final de sus días, nunca me preguntó cómo salí adelante esos siete años que estuve fugada. Nunca me preguntó dónde vivía, cómo terminé la carrera y conseguí el título. Yo nunca se lo conté. Me las arreglé bastante bien. Después de un reencuentro tenso y tentativo, volví a acercarme a ella, a visitarla con regularidad a lo largo de los años siendo ya adulta e independiente, arquitecta titulada, diseñadora de produc- ción, escritora, pero sobre todo siendo una mujer que observa a otra con amor y admiración –y una buena dosis de inquietud– no sólo por sus grandes cualidades, sino también por lo contrario. En aquel pueblo del sur de la India, sofocante y conservador, donde, en aquella época, a las mujeres solamente les estaba permitido cultivar una virtud empalagosa –o fingirla–, mi madre actuaba con la chulería de un gánster. Yo la veía dar rienda suelta a todo lo que era –su talento, su excentricidad, su bondad radi- cal, su valentía militante, su intolerancia, su generosidad, su crueldad, su agresividad, su cabeza para los negocios y su temperamento impredecible y salvaje– con total abandono, en nuestra diminuta y aislada sociedad cristiana siria que, debido a su educación y su relativa prosperidad, vivía al margen de la espiral de violencia y la pobreza lacerante que asolaban el resto del país. La veía hacer espacio para la totalidad de su ser, de todos sus seres, en ese pequeño mundo. Esto fue nada menos que un milagro: un terror y un prodigio para quien lo contemplaba. Cuando aprendí a protegerme (más o menos) de la mezquindad de este entorno que aplastaba el espíritu, llegó a fascinarme la ira de mi madre contra la propia maternidad. El descaro con que lo demostraba a veces me hacía reír. No con la risa que se manifiesta a carcajadas, sino con la que te asalta en soledad: cuando extirpamos quirúrgicamente un incidente de sus circunstancias y lo observamos con objetividad, fuera de contexto. Como si ella fuera la madre de otra persona y yo no fuera yo sino otra persona que era el blanco de su ira.

De pequeña yo la quería irracional, desesperada, aterradora, totalmente, como quieren los niños. De adulta intenté quererla fría, racionalmente y desde una distancia segura. Fallaba a menudo. A veces de un modo miserable. Escribía distintas versiones de ella en mis libros, pero nunca eran ella. Aun así, a ella le gustaban estas versiones, y recibió con los brazos abiertos el personaje de Ammu en El dios de las pequeñas cosas, al que se refería con “yo” y “mí”. Quería ser Ammu porque sabía de sobra que no lo era. Cuando un periodista retorcido le preguntó si de verdad había tenido una historia de amor trágica, como la de Ammu en la novela, ella lo miró a los ojos y dijo: “¿Por qué? ¿No soy lo bastante sexy?” Entonces tenía más de 60 años y era una diva hecha a sí misma. Podía decir lo que le apeteciera.

Cuando se publicó el libro, le preocupó qué secretos podría revelar. Para evitar riesgos, ingresó en un hospital. Allí lo leyó a todo correr y se quedó muy tranquila al ver que no se aireaba nada íntimo. Al principio dijo que no entendía a qué venía tanto revuelo.