onocí a Vicente Estrada Vega en los primeros días de febrero de 1975, en la crujía B de Lecumberri. Me trasladaron ahí después de 72 horas en la crujía de turno, junto a mis compañeros de causa, para distribuirnos después dispersos en las crujías de presos comunes. Llegué con un empiojado uniforme azul de recluso y una cobija como única pertenencia, de la que de inmediato fui despojado en la celda que servía de oficina al escribiente y en donde el Mayor ordenó que me dieran unos golpes para que entendiera quién mandaba ahí y que mi vida valía muy poco porque venía “recomendado”.
Después de la advertencia, a empujones y patadas, me llevaron a los baños para tallar el piso con un ladrillo, en cuclillas, desnudo y bajo constantes baños de agua fría. Con la experiencia que cabe en 18 años de vida, imaginaba la cárcel como en la película La Celda Olvidada, en la que Burt Lancaster domesticaba gorriones en una celda solitaria.
Mi ingenuidad se topó pronto con la realidad. Tiritando de frío, sin comer y con las escasas fuerzas de mis 48 kilos de entonces, intentaba no caer para seguir tallando el piso y evitar otra golpiza. Inesperadamente, El Orizaba, ayudante del cabo de fajina, me dijo “descansa carnal, siéntate, nomás que no se dé cuenta Reynaldo, el cabo, y cómete esto que te mandan, pa’ que aguantes”. Era un bolillo calientito, relleno de frijoles refritos que me supieron a gloria. Al poco tiempo, se presentó ante mí un señor alto, corpulento, con uniforme y cuartelera de preso, me preguntó mi nombre y a qué grupo pertenecía. El exquisito bolillo había ganado mi confianza y se lo dije. Era Vicente Estrada. Él me había mandado el manjar que acababa de terminar y gracias a su buena relación con El Orizaba –la misma que después constaté tenía con otros presos que lo respetaban– tuve desde ese momento pequeños privilegios como el poder dormir por ratos en el baño, porque en el cuartel de fajineros lo hacíamos en cebolla, sentados en cadena uno tras otro, viendo saltar piojos en el mar de cabezas y respirando con dificultad.
Durante los tres meses que pasé en la B, junto con mi familia, Vicente fue para mí como la sombra de un árbol protector. De palabra pausada, con ese acento guerrerense calentano, que acompañaba con el movimiento de sus enormes manos callosas, era un maestro que compartía su experiencia y su manera de concebir la vida y la lucha a la que se había entregado desde muy joven. Discreto y prudente, pero muy firme, me hacía recomendaciones que me fueron valiosas para sobrellevar el ambiente violento y lleno de abusos de la cárcel.
Me consta cómo ayudó a varios presos comunes de origen campesino y cómo su liderazgo le granjeó el respeto de los propios mafiosos que dirigían la crujía. Su esposa Tere también fue solidaria conmigo y con mi familia, lo que me hizo sobrellevar esos difíciles años de la mejor manera posible. Nunca lo ostentaron, pero mi fragilidad y juventud los llevó a crear un ambiente de protección para mí.
Nos trasladaron juntos a la O Poniente en mayo del 75, si la memoria no me falla. Ahí me di cuenta de lo conocido que era entre los guerrilleros presos, del respeto que se había sabido ganar, de su paso por el movimiento magisterial de los años 60, del jaramillismo, de su experiencia espartaquista, de la red de apoyo que tejió para el Partido de los Pobres de su compañero Lucio Cabañas.
A muchos había tendido la mano, del MAR, del FUZ, de la Unión del Pueblo, del Partido de los Pobres, del ACNR, etcétera. En la O formó un taller de peletería en el que trabajaban, hasta donde recuerdo, Jesús Esqueda Villaseñor, Juanotas, Eufemio González Mancilla, El General, Rigoberto Lorence, y no sé si Enrique Téllez Pacheco, que era su compañero de celda, al igual que David Mendoza Gaytán, el querido Pocho. Otros nombres se me escapan. Decía que había que saber trabajar y resolver problemas prácticos si queríamos hacer la revolución y entender a la gente necesitada. Cosa que no se aprendía en los libros. En ese universo de encierro, en el que había disputas y diferencias, Vicente aportaba equilibrio y sensatez.
En el 76 nos trasladaron al reclusorio Oriente y a otros de la O, al Norte. En el Oriente no perdió el tiempo y organizó la siembra de hortalizas en los terrenos de los dormitorios que permanecían ociosos. Nuevamente aglutinó a compañeros disímbolos. Recuerdo a Valente Irena Estrada, a Jesús Arellanes Meixueiro, a Nelson Reyes Palomino, a Carlitos Conde, a Juan Avilés Lino, a Ricardo Rodríguez, entre otros, además de presos comunes de origen campesino, que hicieron productiva esa tierra. Aprendí a criar conejos, alentado por Vicente. Predicaba con el ejemplo y tenía una extraordinaria capacidad de organización.
Ya en libertad, la vida nos llevó por distintos caminos, pero siempre tuve noticias de él por amigos comunes y admiré su congruencia. El mismo Vicente que conocí en la crujía B de Lecumberri, fue el que vi en 2010 o 2012, en su persistente trabajo con campesinos de Morelos, entusiasmado por las posibilidades de cambio que abría el obradorismo.
Nunca peleó posiciones para sí, sino políticas públicas en beneficio de los campesinos. Fue puntual en sus críticas en ese sentido al gobierno de AMLO y al actual, a pesar de su simpatía por el cambio. Así fue hasta el día de su muerte. Honesto y de una pieza, como pocos. Sirvan estas líneas como un modesto homenaje a su memoria.
* Secretario técnico del director general del Conafe, sobreviviente de la guerra sucia












