l lunes pasado, el Consejo de la Unión Europea (UE) aprobó la prohibición de compras de gas natural licuado (GNL) ruso al inicio de 2027 y de gas bombeado por gasoducto para otoño del mismo año. De acuerdo con el presidente en turno del Consejo, el ministro de Energía, Comercio e Industria de Chipre, Michael Damianos, con dicha medida “el mercado energético de la UE será más fuerte, más resiliente y más diversificado. Nos desvinculamos de una dependencia perjudicial del gas ruso y damos un paso importante, en un espíritu de solidaridad y cooperación, hacia una unión de la energía autónoma”.
Las palabras de Damianos constituyen un monumental autoengaño y un ejemplo de cómo los integrantes de la Unión Europea se sabotean a sí mismos en el afán de destruir a Rusia. Los datos son contundentes: la reducción paulatina de las adquisiciones de hidrocarburos rusos desde el inicio de la guerra de la OTAN contra Moscú en territorio ucranio no ha llevado ni a la diversificación ni a la autonomía. Por el contrario, los 27 dependen de importaciones para satisfacer 90 por ciento de su consumo de petróleo y gas; el 61 por ciento del GNL del exterior ya proviene de Estados Unidos, y se estima que en los próximos años esta cuota alcanzará 80 por ciento. Es decir, se sustituyó una dependencia por otra mucho más lejana y costosa. Aquí también los números son elocuentes: mientras el gas estadunidense se vende en Europa por entre 33 y 50 megavatios hora (MWh), la molécula rusa tiene un precio de entre 20 y 27 MWh. El costo más bajo del hidrocarburo norteamericano es mayor que el precio más alto del euroasiático.
El sinsentido de comprar energía cara se traduce en que la UE ya gasta más de 427 mil millones de euros anuales en importaciones energéticas, lo cual supone una fuga de 2.5 por ciento de su producto interno bruto y la pérdida de hasta 1.5 puntos de crecimiento económico al año, ilustrada por el éxodo de industrias que abandonan el territorio comunitario para instalarse en Estados Unidos o China, donde la energía es hasta 80 por ciento más barata. Para Alemania, hasta hace poco la envidia de gran parte del mundo, el precio del gas estadunidense se mide en dos años de recesión y uno con dos décimas de crecimiento. Además, los europeos se expusieron a sí mismos a las bruscas fluctuaciones que caracterizan al desregulado mercado estadunidense: debido a las condiciones climáticas y a la especulación habilitada por ellas, el precio de referencia del gas extraído allí se disparó 50 por ciento en sólo cinco días, y 140 por ciento en las últimas semanas. El valor de venta del GNL en Europa pasó de 29 a 40 euros por MWh, y los expertos del sector prevén que los costos se mantengan altos por semanas o meses.
En pleno trumpismo, la catástrofe financiera se convierte también en humillación política. En su discurso en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, Donald Trump criticó a Alemania por abandonar las plantas nucleares y el carbón en el intento de realizar su transición hacia fuentes de energía con bajas emisiones de gases de efecto invernadero. El magnate aseguró que por culpa de esas decisiones Berlín paga 64 por ciento más en sus facturas energéticas y produce 22 por ciento menos electricidad que en 2017.
Como es habitual, el discurso trumpiano está plagado de afirmaciones que van desde lo inexacto hasta la plena invención de una realidad paralela, pero resulta paradójico que los dirigentes alemanes tengan que digerir esos ataques cuando sus tribulaciones en materia de energía provienen de haberse subido al delirio rusófobo del ex presidente Joe Biden y de continuar pagando el sobreprecio de los hidrocarburos estadunidenses.
De concretarse el veto total al gas ruso, la Unión Europea reforzará su situación de dependencia hacia un aliado que cada día lo es menos, acelerará su pérdida de competitividad y abonará a la crisis de deuda a la que ya se dirige por financiar su hipermilitarismo mediante déficit. Incluso si logra su cometido de obligar a Moscú a retirarse de Ucrania estrangulando su economía, se trataría de otra derrota autoinfligida, pues tendría como vecino a una nación empobrecida, resentida, incapaz de absorber las exportaciones europeas como hacía antaño y sumamente volátil en su política interior y exterior.












