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Las auroras boreales de Philip Glass
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▲ Philip Glass (centro) con los músicos wixaritari Daniel Medina de la Rosa (izquierda) y Erasmo Medina Medina en la Ciudad de México el 10 de mayo de 2018. Glass presentó una serie de conciertos en el Palacio de Bellas Artes, incluyendo el debut en México de su Sinfonía Tolteca y una colaboración con artistas wixaritari.Foto Ap
 
Periódico La Jornada
Sábado 31 de enero de 2026, p. a12

El compositor Philip Glass cumple hoy 89 años, consolidado como un clásico en el sentido de inmortal, sempiterno, referente.

Celebremos escuchando sus 14 sinfonías, experiencia nutricia por excelencia.

Porque la música de Philip Glass transcurre como el pensamiento. Es en sí misma una manera de pensar. Discurre del mismo modo que el proceso cognitivo consciente e incluye el juicio y el razonamiento, la elaboración de conceptos, el planteamiento y la resolución de dilemas y, en general, toda deliberación.

Es una música francamente compleja, pero en contraste posee un atractivo irresistible cuya eficacia radica en que está elaborada persiguiendo la belleza, la sencillez, la verdad.

En una de las varias entrevistas que he realizado con él, me dijo, tajante: “No me preocupa pasar o no a la historia, así como no me preocupa el destino de mi música para la posteridad. Me parece patética la actitud de quienes creen escribir para la posteridad cuando ni siquiera escriben bien”.

Escribió la ópera Einstein on the Beach cuando tenía 38 años y trabajaba de taxista en Nueva York, a pesar de ser ya una celebridad. “Era apenas mi primera obra de larga duración. Dura unas cinco horas. Mi anhelo había sido siempre escribir una obra de larga duración que no perdiera en ningún momento la atención del público, de manera que tuve que desarrollar técnicas y estrategias para lograrlo. Sostener el tiempo”.

Respecto del evidente contenido de temas sociales en toda su producción, me dijo: “Para mí tiene una importancia capital. Empecemos por decir que la música, por encima de todas las actividades sociales, habla siempre de las personas. Y en ello la interacción entre el músico y su público es definitiva. Ahí empieza y termina todo. Esa es la razón por la que he decidido ejecutar mi propia música, aparecer en escena. Di mi primer concierto en público cuando tenía 10 años de edad y desde entonces esa actitud, la de interactuar con la gente, ha formado parte de mi carrera de músico.

“Esa actitud –continúa Philip Glass– me lleva a los aspectos sociales. No solamente hago música en defensa del Tíbet, sino que hago obras musicales con músicos tibetanos. Los temas de mis obras tienen una preocupación por lo social. Por ejemplo, mi ópera Satyagraha, basada en Gandhi, sustenta una tesis: es necesario articular los cambios sociales en un cierto balance, en un equilibrio social.”

Esas razones explican las decisiones de este compositor, como la que publicamos en La Jornada hace tres días, cuando decidió retirar de la programación del Kennedy Center el estreno de su Sinfonía núm. 15, porque su espíritu, inspirado en Abraham Lincoln, está en conflicto con las intromisiones de Donald Trump, obstinado en “eliminar a los artistas woke”.

Sus 14 sinfonías, mientras tanto, forman galaxias, confines, constelaciones.

Son colosales masas de sonido que aparecen como relámpagos y se mueven como auroras boreales. Son sinestésicas. Uno puede ver esos sonidos y sus colores en movimiento.

En su apasionante libro titulado Palabras sin música, que me hizo el honor de pedirme presentarlo en público –cosa que ocurrió la noche del 30 de noviembre de 2015 en el Museo Nacional de Antropología–, Philip Glass confirma lo que intuimos al escuchar sus monumentales sinfonías: la notable influencia de quien yo considero el máximo sinfonista de la historia: Anton Bruckner.

De Bruckner y Mahler, escribió Philip Glass en ese libro: “No sólo me interesaba la orquestación, sino también la longitud extrema de sus piezas, que podían alcanzar fácilmente la hora y media o las dos horas de duración. Me gustaba su escala.

“En cierto sentido eran excesivas, pero también eran como un gran lienzo pintado en clave de tiempo… Bruckner componía sinfonías épicas que parecían construcciones barrocas de música sinfónica. Enormes objetos graníticos, pero en música. Su música me recordaba mucho a la sacra y más tarde me enteré de que Bruckner había sido organista. En sus sinfonías parecía haber buscado que la orquesta sonara como un órgano. Hasta ese punto la dominaba.”

Cuando estaba componiendo la ópera Satyagraha, narra Glass, “me descubrí haciendo un tipo parecido de orquestación: todas las cuerdas tocaban juntas en bloque, todos los instrumentos de aliento tocaban juntos en bloque, y yo cogía esos bloques y conseguía moverlos de nuevas maneras. No era consciente de estar tratando de emular a Bruckner y fue sólo cuando escuché en vivo a la Orquesta Bruckner, una orquesta austriaca, tocando mi música, mis sinfonías Sexta, Séptima y Octava, entre otras piezas, que me dije: ¡esto suena bien! Y entonces me di cuenta de que la razón por la que sonaba bien era porque todavía en mi mente quedaban reminiscencias de las sinfonías de Bruckner que había escuchado hacía muchos años”.

La música de Philip Glass es un tratado sobre la percepción, la invención y las permutaciones perceptibles.

Sucede como en su monumental pieza Music in Twelve Parts, donde la música evoluciona rápidamente en su ejecución, pero muy lentamente en su proceso de cambio; hay largos pasajes donde el escucha pareciera no percatarse de cambio alguno, cuando en realidad se están realizando modificaciones en los patrones rítmicos y en la morfología de la composición. Una suerte de aura o de aurora boreal.

Posee capacidades fascinantes. Recuerda, por ejemplo, el comportamiento de los fractales, esos entes físicos donde se repite el mismo patrón a diferentes escalas y con distinta orientación, y que están presentes ante nuestros ojos, pero cuyo mensaje sólo recibimos si observamos con atención consciente.

El término atención consciente es propio del budismo, donde el centro de todo es la meditación, siendo la meditación de atención consciente la meta a conseguir; es decir, ser capaz de estar meditando sin necesidad de estar sentado en posición de flor de loto y con los ojos cerrados.

Philip Glass, por cierto, es budista.

Su búsqueda y su práctica espiritual incluyen visitas recurrentes a la comunidad wixárika, donde participa en los rituales sagrados. Es histórico el momento en que llevó al máximo recinto cultural del país, el Palacio de Bellas Artes, a músicos wixaritari para que interpretaran su música junto con la música que él ha escrito con ellos.

La Séptima Sinfonía de Philip Glass está dedicada a la cultura wixárika.

Así como tres de sus sinfonías están basadas en la música de David Bowie y Brian Eno, con quienes las preparó: Low Symphony, Heroes Symphony y Lodger Symphony.

Su Sexta Sinfonía, llamada Plutonian Ode, es una intensa cantata para soprano y orquesta con el poema de ese título de su querido amigo y colaborador Allen Ginsberg.

Philip Glass cumple hoy 89 años y recuerda su niñez, sus estudios especiales en una escuela de Chicago dedicada a niños genios, donde compartía aulas con Carl Sagan y Susan Sontag.

Hoy es cumpleaños de uno de los más grandes músicos de la historia, y el mundo es mejor porque ha escrito una cantidad impresionante de música que se mueve con la misma gracia, magia y poder hipnótico que una aurora boreal.

Feliz cumpleaños, querido Philip Glass.

X: @PabloEspinosaB

disquerolajornada@gmail.com