Jueves 29 de enero de 2026, p. 5
A los 93 años, la noche del martes falleció el arqueólogo Roberto Gallegos Ruiz, decano de esa profesión en el país y descubridor de las tumbas 1 y 2 de Zaachila, Oaxaca, hallazgo que sirvió para comprobar la conexión entre las culturas zapoteca y mixteca.
El deceso fue notificado ayer por la familia a La Jornada. Las exequias se realizan desde ayer y hasta hoy al mediodía en la agencia García López del Pedregal.
El maestro dedicó gran parte de su trayectoria a descifrar el mensaje de “los antiguos”, aquellos que su abuelo le enseñó a admirar en su natal Los Reyes Quiahuixtlán, Tlaxcala, donde vio la primera luz en 1932.
En 1955, contra el deseo de su madre de que fuera médico, ingresó a la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Al concluir los estudios, se incorporó al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), donde desarrolló importantes trabajos en La Venta, San Lorenzo Tenochtitlán, Palenque, Teopanzolco, Tula, Tizatlán, entre otros sitios arqueológicos.
Su carrera de campo comenzó pronto, enfrentando el calor de la Chinantla oaxaqueña y, después, recomendado por su mentor Román Piña Chan –una de las más ilustres figuras de la arqueología mexicana—, colaboró en Palenque con Alberto Ruz Lhuillier, quien había descubierto la tumba de Pakal el Grande en el Templo de las Inscripciones, en ese sitio arqueológico de Chiapas.
En su más de medio siglo de trabajo, a Roberto Gallegos le tocó sortear infinidad de situaciones que forjaron su convicción y compromiso profesional.
“Pertenezco a una generación de arqueólogos que se enfrentó a la destrucción de edificios prehispánicos, a traficantes de piezas, a constructores de carreteras que sin miramientos trituraron material valioso; expusimos la vida, pero nunca me he sentido defraudado de la profesión que elegí”, sostuvo en una entrevista con este diario en 2012.
Hallazgo en Zaachila
Su momento cumbre llegó en 1962: el hallazgo de dos cámaras funerarias en Zaachila, Oaxaca. Con un presupuesto de 10 mil pesos del INAH y la encomienda de trabajar dos meses o “hasta donde te alcance el dinero”.
Tras semanas de trabajo, su equipo descubrió una fractura en el piso de estuco. Al retirar la primera losa y asomarse, todo estaba oscuro. “Un trabajador me pasó una lámpara y entonces vi una maraña de huesos y mucha cerámica”, narró.
La luz le reveló también en las paredes glifos de Mictlantecuhtli, el señor de los muertos; una lechuza de piedra y, en la cámara principal, el destello de “un anillo de oro y, justo a un lado, la extraordinaria vasija del colibrí”. Eran las tumbas donde yacían los señores 9 y 7 Flor, prominentes jerarcas de una poderosa cultura que habitó la región entre los años 1000 y 1450.
“Ha sido el trabajo más importante de mi vida, por todo el empeño, interés y acuciosidad con los que realizamos el rescate”, dijo el especialista en dicha conversación.
Antes de llegar a Zaachila, y siendo aún estudiante, participó en la conservación y mantenimiento de varios sitios antiguos cercanos a la Ciudad de México. En los primeros años de la década pasada, realizó trabajos de investigación de la zona arqueológica de Mixcoac, mal conocida, sostenía, como San Pedro de los Pinos.
Más allá de los hallazgos, este decano de la arqueología mexicana se distinguió por su respeto hacia las comunidades. En Zaachila, por ejemplo, justificó la reticencia de los pobladores: “los entiendo, tienen razón en proteger su patrimonio”.
Criticaba a colegas que “actúan con arbitrariedad”, argumentando que se apoyan en la ley para realizar trabajos de investigación y rescate: “en el INAH no somos dueños del patrimonio, somos custodios”.
Tal filosofía guio su labor como director de centros INAH en el estado de México y Tlaxcala, así como al frente de la zona de Teotihuacan. Fue profesor fundador de la Universidad Autónoma Metropolitana y catedrático en la Universidad Nacional Autónoma de México por más de cuatro décadas; además, colaboró en el Comité Olímpico Mexicano y fundó con su homólogo José Servín Palencia la Escuela de Guías de Turismo Izcalia.
“Nunca me he arrepentido un instante de esa decisión”, aseveró a este diario acerca de consagrar su vida a la arqueología.












