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A 15 años, recordamos a don Samuel Ruiz
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on Samuel Ruiz muere hace 15 años, a los 86 años, el 24 de enero de 2011. El Tatic, como lo llamaban en Chiapas, dio su vida no sólo por los indígenas mexicanos sino centroamericanos sometidos a siglos de explotación, marginación y desprecio. Dejó huérfanos a millones de indígenas a quienes defendió con pasión social y fervor religioso. Esta opción lo transformó en un personaje incómodo, especialmente para los acaudalados del poder secular y potestades religiosas, como Girolamo Prigione, Norberto Rivera y Juan Sandoval Íñiguez. Y altas autoridades vaticanas, como Angelo Sodano, secretario de Estado, quien hizo la opción por los Legionarios y por Augusto Pinochet.

Samuel Ruiz nace en Irapuato en 1924, en el corazón del Bajío marcado por el conservadurismo católico. Es notorio observar su travesía religiosa que va desde la fe cristera de su infancia, a la renovación vanguardista del Concilio Vaticano II, 1962-1965, en el que participa con tan sólo 37 años.

Asume los atrevimientos de la Conferencia de Medellín, 1968, la opción por los pobres, y la decidida defensa de los derechos humanos de los indígenas. Samuel Ruiz es heredero de Fray Bartolomé de las Casas, el dominico defensor de los indios en el siglo XVI, del Concilio y de la teología de la liberación. Ante tanta opacidad clerical, su ejemplo debería cundir entre las nuevas generaciones, pero los actuales sacerdotes siguen enclaustrados en el conservadurismo que impusieron Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger.

Don Samuel forma parte de una generación dorada en la historia de la Iglesia de América Latina y comparte búsquedas de justicia social al lado de obispos míticos, como Hélder Câmara (Brasil), Juan Landázuri (Perú), Leonidas Proaño (Ecuador), Jesús Silva Enríquez (Chile), Óscar Arnulfo Romero (El Salvador) y el propio Sergio Méndez Arceo.

No es casualidad que el 15 de febrero de 2016 el papa Francisco, durante su visita a México, haya ido a visitar su tumba en la Catedral de San Cristóbal. Le llevó una flores y durante varios minutos oró en silencio. Sin duda este gesto resignificó y reivindicó la trayectoria del obispo indigenista.

Regresemos en la línea del tiempo. A raíz del levantamiento armado en Chiapas, enero de 1994, numerosos medios de comunicación, personajes políticos, religiosos y opinadores se apresuraron a señalar a Samuel Ruiz como principal causante de la insurrección. Así lo denuncia Carlos Fazio en su libro: Samuel Ruiz, el caminante (1994); en su defensa, recordemos que el propio don Samuel, durante la breve vista del Papa a Mérida en agosto de 1993, advirtió sobre la explosividad de la realidad chiapaneca; entregó a Juan Pablo II un informe que documentaba su preocupación por un levantamiento.

La denuncia fue ignorada, incluso fue tachada de exhibicionismo por sus propios hermanos en el episcopado. El historiador Jean Meyer en su libro Samuel Ruiz en San Cristóbal (2000), establece que si bien no se puede adjudicar el alzamiento insurgente zapatista a don Samuel, tampoco éste se puede explicar sin su histórico aporte al frente de la diócesis de San Cristóbal. El trabajo pastoral de la diócesis formó a cerca de 100 mil catequistas, que indudablemente nutrieron las filas y la mística zapatista.

Samuel Ruiz fue un hombre de Iglesia. Difícilmente se enfrentaba públicamente con sus hermanos obispos a pesar de existir profundas divergencias. Don Samuel insistía en que el dinamismo de su diócesis no era el mérito de una sola persona, sino de un grupo amplio de religiosos y laicos.

La diócesis de San Cristóbal de las Casas experimentó un notorio empuje gracias a tres factores: a) la opción prioritaria de formación y crecimiento cuantitativo de catequistas, diáconos y agentes pastorales indígenas con un enfoque de inculturación. b) forja un gobierno diocesano abierto y participativo rebasando la rígida estructura autoritaria tradicional, y c) la diócesis de San Cristóbal fue refugio de una importante cantidad de sacerdotes, religiosos y laicos que por sus posturas sociales habían sido expulsados o marginados de otras diócesis.

La autoridad moral de Samuel Ruiz le llevó a ser mediador entre el gobierno y el EZLN, que evitó mayor derramamiento de sangre. También despertó resquemores y suspicacias tanto del gobierno como de un sector conservador de la Iglesia.

En ese año fatídico de 1994, cargado de magnicidios, intrigas sucesorias y crisis del salinismo, Samuel Ruiz fue objeto de una intensa campaña mediática de desprestigio, cuyo epicentro se ubicaba en la sede de la nunciatura, habitada por el entonces nuncio Girolamo Prigione, enemigo jurado del obispo indigenista.

“A Roma llega lo que a Roma va”, reza el adagio eclesiástico; efectivamente, Prigione casi logra su remoción. En contraparte, hubo otros sectores de la CEM, como Ernesto Corripio, Sergio Obeso y Bartolomé Carrasco, que lo apoyaron. Samuel Ruiz fue un hombre excepcional de Iglesia. Sin embargo, pese a sus opciones sociales apasionadas en defensa de la justicia y de los pobres, Samuel Ruiz fue conservador en el terreno moral. Por convicción y sentido de disciplina eclesial, hay que decirlo, seguía los dictámenes de Roma en temas como aborto, homosexualidad y nuevas parejas.

Su mayor aporte ha sido impulsar la teología india; es decir, la inculturación del Evangelio en el mundo indígena y construir modelos y figuras que prevalecen como propuestas novedosas. Don San, lo seguimos extrañando.